Me gusta Rick & Morty. Me parece una serie radicalmente creativa, porque inventa mundos imposibles y rompe las reglas del universo… salvo una. En todos esos mundos (por extraños o distópicos que sean) el sistema monógamo sigue ahí: parejas exclusivas, celos, drama afectivo, familia nuclear.

Puedes tener clones, civilizaciones postapocalípticas o portales interdimensionales. Da igual: la organización de los afectos sigue siendo la misma. ¿Por qué?

Esta pregunta es el punto de partida de este bloque del nuestra web. No se trata de defender una forma alternativa de vincularse, ni de dar instrucciones para “abrir” relaciones. Tampoco es un manifiesto de superioridad moral. Lo que queremos hacer aquí es más incómodo: mirar al sistema monógamo como lo que es: una estructura de poder que modela cómo nos relacionamos, cuidamos y deseamos.

Hemos reunido cuatro ensayos breves pero conectados para empezar. Cada uno se puede leer por separado, pero juntos dibujan un mapa crítico:

  • El primero define el sistema monógamo como un modelo político, no como una elección íntima. Una forma de gobernar cuerpos, afectos y futuros.
  • El segundo analiza las violencias que este sistema produce: desde los celos institucionalizados hasta la exclusión legal de quienes no encajan en su molde.
  • El tercero lo conecta con otras opresiones (patriarcado, capitalismo, heteronorma, etc.) y desarrolla la idea de “monogamismo” como engranaje del poder.
  • El cuarto propone un “contrapoder afectivo”: no como utopía ideal, sino como práctica concreta de desobediencia emocional y construcción de redes de cuidado.

Este bloque no nace de certezas, sino de la necesidad urgente de pensar otras formas de organizar nuestras relaciones. No como imposición, sino como posibilidad colectiva.

Si algo de lo que leas te incomoda, te agita o te deja con preguntas, entonces ya estamos logrando algo: romper el hechizo de lo que parecía natural.

Porque lo que Rick & Morty aún no ha mostrado (y tal vez no se atreva) es un universo donde el sistema monógamo no modele los afectos. Otras autoras sí lo imaginaron. Como Ursula K. Le Guin, que en La mano izquierda de la oscuridad concibió una sociedad sin géneros ni jerarquías vinculares, y en Los desposeídos, un mundo sin Estado ni vínculos exclusivos, sostenido por una ética comunal.

Imaginar otros mundos no es escapismo. Es crítica radical. Es preguntarnos por qué nos vinculamos como nos vinculamos, y si eso realmente lo elegimos.

Este bloque es una invitación a mirar de nuevo. A extrañarse de lo que dábamos por hecho. A sospechar de las formas de organización afectiva que nos parecen naturales.

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