I. Introducción: pensar lo afectivo más allá del Estado

Tras haber nombrado el sistema monógamo, analizado las violencias que produce y reconocido su condición de opresión estructural, emerge una pregunta inevitable: ¿es posible imaginar formas de vida que no reproduzcan su lógica? ¿Qué tipo de vínculos, prácticas o instituciones podrían interrumpir (de raíz) la regeneración constante del monogamismo como estructura civilizatoria?

Para responder a esa pregunta, nos alejaremos (por un momento) del campo de batalla conceptual que hemos venido transitando y nos desplazaremos hacia otro horizonte: el de la antropología anarquista, particularmente en los aportes de Pierre Clastres y David Graeber, quienes estudiaron sociedades que, lejos de resistir pasivamente al poder estatal, desarrollaron mecanismos simbólicos y materiales para impedir su surgimiento.

En esas sociedades sin Estado, la distribución del poder no era simplemente horizontal: era activamente antijerárquica. El poder no era algo que se suprimía, sino algo que se dispersaba, se disolvía, se ritualizaba para que no pudiera concentrarse. No había solo ausencia de Estado: había instituciones para impedir que el Estado naciera.

Inspirándonos en esa lógica, proponemos en este ensayo pensar en la posibilidad de un contrapoder afectivo: es decir, formas de relación que no solo escapen del sistema monógamo, sino que impidan su reconfiguración. Vínculos, prácticas, narrativas y cosmovisiones que no necesiten sustituir la monogamia por su reverso (como el poliamor jerárquico o la promiscuidad cuantificable), sino producir otras ontologías vinculares, otros modos de estar-juntxs.

No buscamos aquí un nuevo “modelo relacional” ni una receta moral. No se trata de ofrecer un protocolo alternativo al contrato monógamo. Lo que se plantea es más radical: abrir un espacio imaginativo donde el deseo, el cuidado y la conexión no estén organizados por la escasez, la exclusividad ni la pertenencia. Pensar cómo desobedecer no solo al sistema, sino a los afectos que él mismo ha modelado.

Este ensayo no pretende cerrar, sino abrir. Porque allí donde el Estado afectivo pretende clausurar lo vivible, el contrapoder afectivo (como el pensamiento libertario) habita lo posible antes de que tenga nombre.

II. El sistema monógamo como Estado afectivo

El Estado, en tanto forma histórica de organización del poder, no se define solo por su aparato burocrático o coercitivo. Como han señalado pensadores anarquistas y antropólogos críticos, su función central no es simplemente gobernar, sino producir las condiciones necesarias para que el gobierno se vuelva deseable, necesario o inevitable. El Estado se sostiene no solo por la fuerza, sino por la implicación subjetiva de quienes lo habitan.

En este sentido, la monogamia no opera como una mera norma cultural o una política moral, sino como un Estado afectivo: una forma institucionalizada de distribuir poder, centralizar vínculos, jerarquizar relaciones y organizar la vida en torno a una célula mínima (la pareja) que replica la lógica estatal en su interior.

La pareja monógama, tal como la configura el sistema monógamo, reproduce las funciones clásicas del Estado, aunque lo haga en el plano del deseo y la intimidad:

  • Registro y legalidad: Define qué vínculos merecen existir en el espacio público y jurídico, qué relaciones pueden ser nombradas, validadas, documentadas.
  • Centralización del poder: Instala un centro afectivo (la pareja) desde el cual se ordena la vida emocional, los tiempos, las prioridades y el acceso al cuidado.
  • Exclusividad territorial: Del mismo modo que el Estado reclama soberanía sobre un territorio, la pareja exige exclusividad sobre el cuerpo y el deseo del otrx.
  • Gestión del futuro: La pareja establece un contrato (implícito o explícito) que proyecta estabilidad, planificación, reproducción: un porvenir cerrado.
  • Monopolio del reconocimiento: Solo ciertos tipos de vínculos reciben respaldo institucional, simbólico o económico. Los demás quedan en la intemperie social.

Pero lo más poderoso del sistema monógamo (como del Estado) no es su capacidad de coerción, sino su capacidad de implicación. No necesita imponer por la fuerza lo que logra hacer que deseemos por voluntad. Así como las personas aprenden a identificarse con el Estado como su garante de pertenencia (ciudadanía, nación, ley), aprenden también a identificarse con la pareja como su garante de valor afectivo y subjetivo.

La implicación afectiva con el sistema monógamo funciona como una forma de auto-regulación emocional: se internalizan sus coordenadas hasta el punto en que la exclusividad, la celotipia, el sacrificio o la renuncia dejan de vivirse como síntomas de dominación y pasan a percibirse como signos de amor.

Este es el verdadero poder del Estado afectivo: no necesita reprimir si puede estructurar el deseo. No necesita vigilar si el sujeto se vigila a sí mismo. No necesita castigar si el abandono, la inseguridad y la vergüenza cumplen esa función.

Así entendido, desmontar el sistema monógamo no es solo liberarse de una norma, sino desactivar un dispositivo de implicación vital. Y para eso, como enseñan Clastres y Graeber, no basta con resistir al Estado: hay que crear instituciones, prácticas y cosmologías que impidan su surgimiento.

En ese horizonte, pensar un contrapoder afectivo no es un gesto simbólico: es un acto de reorganización de la vida misma.

III. ¿Qué es un contrapoder afectivo?

En el campo de la antropología anarquista, el concepto de contrapoder no designa simplemente una fuerza de resistencia o una alternativa al poder establecido. En la obra de Pierre Clastres, las sociedades sin Estado no son sociedades sin organización o sin autoridad, sino sociedades que han desarrollado mecanismos para impedir activamente la formación del poder centralizado. Son culturas que no solo resisten al Estado: lo previenen, lo neutralizan, lo desorganizan antes de que exista.

David Graeber retoma esta intuición y la amplía: en lugar de asumir que la evolución política lleva de lo disperso a lo estatal, propone pensar cómo muchas sociedades diseñaron estructuras relacionales, rituales, simbólicas y materiales que saboteaban la posibilidad de que el poder se convirtiera en gobierno. El contrapoder, entonces, no es simplemente antiautoritario: es antiinstituyente.

Esta perspectiva puede trasladarse (sin forzarla) al ámbito de lo afectivo. Si el sistema monógamo funciona como un Estado afectivo, como vimos en la sección anterior, entonces pensar un contrapoder afectivo implica imaginar formas de relación que no solo escapen al molde de la pareja monógama, sino que impidan la reconfiguración del poder en términos afectivos jerárquicos. Es decir, formas de vida relacional que desactiven la producción de centralidad, posesión, exclusividad, dependencia y pertenencia.

El contrapoder afectivo no es una identidad, ni una orientación relacional, ni un nuevo modelo a seguir. No es el reverso del monogamismo. No es poliamor, ni anarquía relacional, ni “amor libre” como etiqueta. Es una ontología política del vínculo: una forma de entender el deseo, el cuidado, el tiempo, la presencia y el valor sin recurrir a las categorías heredadas del régimen conyugal.

Para pensar qué podría ser este contrapoder afectivo, proponemos algunas dimensiones fundamentales:

1. Descentralización vincular

Así como las sociedades sin Estado impiden que un jefe acumule poder, el contrapoder afectivo impide que un solo vínculo concentre todos los afectos, cuidados, decisiones o proyecciones. Esto no implica eliminar la intimidad ni prohibir los vínculos fuertes, sino distribuir la atención, la energía y el cuidado de forma no excluyente.

La descentralización vincular permite romper con la idea de “pareja prioritaria”, y habilita redes afectivas más resilientes, más autónomas, más horizontales.

2. Desjerarquización del deseo

El sistema monógamo no solo regula los vínculos, también jerarquiza el deseo. Hay deseos legítimos (exclusivos, románticos, orientados al futuro) y deseos sospechosos (múltiples, corporales, erráticos, no reproductivos). El contrapoder afectivo rompe esa lógica de clasificación, permitiendo que el deseo no tenga que justificar su valor a partir de una forma de vínculo.

Desjerarquizar el deseo es permitirse desear sin culpa, sin expectativa normativa, sin dirección obligatoria. No se trata de intensificar el deseo, sino de liberarlo de su función disciplinaria.

3. Comunalización del cuidado

Una de las funciones clave del sistema monógamo es privatizar el cuidado: hacerlo exclusivo, escaso, un bien a obtener a cambio de lealtad relacional. El contrapoder afectivo debe invertir esta lógica: devolver el cuidado a lo común.

Esto no significa que todxs cuiden a todxs todo el tiempo, sino que el acceso al cuidado no dependa del éxito o la existencia de una pareja exclusiva. La crianza compartida, las redes de apoyo intergeneracional, los vínculos no clasificados que sostienen la vida cotidiana son formas concretas de comunalizar el cuidado.

4. Temporalidades abiertas

La monogamia impone una cronología progresiva: conocer, salir, formalizar, convivir, casarse, tener hijes. Cada etapa lleva a la siguiente, y desviarse del guion produce ansiedad o sospecha. El contrapoder afectivo desactiva esa línea de tiempo única, permitiendo vínculos que duren un día o toda una vida sin que su valor dependa de su duración o progresión.

Los vínculos pueden aparecer, desaparecer, transformarse. La relación no necesita “evolucionar” hacia algo, ni rendir cuentas a un modelo narrativo. El tiempo se vuelve circular, fragmentado, caótico, pero no por ello menos fértil.

5. Lenguaje flexible, relaciones sin nombre fijo

El sistema monógamo se apoya en una gramática rígida: novio, pareja, ex, mejor amigx, amante. Estas categorías no solo nombran, jerarquizan y norman el afecto. El contrapoder afectivo propone una relación más lúdica, poética, situada con el lenguaje, que permita nombrar sin fijar, que describa sin encerrar.

El vínculo no necesita tener nombre para tener sentido. O puede tener muchos, o cambiar con el tiempo. La amistad, el deseo, el cuidado pueden entrelazarse sin que eso implique crisis, amenaza o falta de claridad. La relación se define por su práctica, no por su clasificación.

6. Ética del consentimiento radical y la autonomía situada

Lejos de las dinámicas de posesión o absorción, el contrapoder afectivo se basa en una ética que combine autonomía real con responsabilidad recíproca. No se trata de desvinculación individualista ni de caos emocional, sino de construir relaciones en las que los límites, los acuerdos, los cuidados y los deseos se negocian desde la escucha, no desde el mandato.

El consentimiento aquí no es un formulario previo ni una etiqueta de protección legal: es una práctica continua de atención mutua.

7. Cosmovisión desobediente del amor

Finalmente, el contrapoder afectivo necesita de una reconfiguración de lo que entendemos por amor. No como fusión, ni como salvación, ni como centralidad vital. No como deuda, ni como propiedad. Sino como espacio compartido donde dos o más subjetividades se encuentran sin devorarse.

Una forma de amor que no quiere capturar, que no exige sacrificios, que no se funda en la escasez ni en la exclusividad. Una forma de amor que no se convierte en institución, sino en relación viva.

Estas dimensiones no pretenden constituir un nuevo dogma relacional. Todo lo contrario: son tentativas, bordes, grietas, ensayos de vida posible. El contrapoder afectivo no se decreta, no se enseña, no se normaliza. Se practica, se intuye, se fracasa y se reinventa.

En un mundo donde los afectos han sido disciplinados por siglos para servir a estructuras de poder, crear otras formas de relación no es un lujo, sino una necesidad política. Y quizá, como en las sociedades sin Estado, lo verdaderamente revolucionario no sea enfrentarse al poder de frente, sino impedir que vuelva a surgir desde la raíz.

IV. Prácticas y principios de desmonogamización radical

Si el sistema monógamo funciona como un Estado afectivo (centralizador, exclusivo, normativo y productor de dependencia), entonces la desmonogamización radical no puede consistir únicamente en no ser monógamx, ni en sumar más vínculos, ni en cambiar el número sin cambiar la lógica.

Una práctica contrahegemónica no puede limitarse a imitar lo que combate en clave cuantitativa. No basta con sustituir “pareja monógama” por “varias parejas” si se mantiene la jerarquía afectiva, la posesión simbólica, la estructura contractual o la distribución desigual del cuidado.

Por eso, hablamos aquí de desmonogamización radical: un proceso que no consiste en modificar formas superficiales, sino en desarticular desde la raíz los principios de orden, poder y valor que sostienen el régimen monógamo. Esto implica una transformación profunda del modo en que se vive, se desea, se cuida, se nombra y se prioriza.

A continuación, se presentan algunos principios y prácticas que pueden encarnar, de manera situada, el espíritu del contrapoder afectivo:

1. Redistribuir la atención y el cuidado

El sistema monógamo centraliza los recursos afectivos en un único vínculo, volviendo escasa y valiosa la atención. Una práctica desmonogamizante implica romper con esa economía de la escasez, reconociendo que el cuidado no es una sustancia que se agota, sino una capacidad que se expande.

Esto puede traducirse en:

  • Revalorizar vínculos no románticos (amistades, compañerismos, afectos vecinales).
  • Sostener la pluralidad sin jerarquías fijas: que no haya una sola persona a la que se le delegue todo lo vital.
  • Producir espacios colectivos de sostén, donde el bienestar no dependa de una estructura conyugal.

2. Romper con la línea de tiempo relacional

La monogamia establece una temporalidad progresiva (enamoramiento, exclusividad, convivencia, hijxs, propiedad, vejez). Desmonogamizar es deconstruir esa narrativa obligatoria y permitir que los vínculos se desarrollen sin mapa predeterminado.

Algunas estrategias:

  • Nombrar vínculos sin necesidad de proyectar hacia un “futuro correcto”.
  • Aceptar relaciones que empiezan y terminan sin tragedia, sin fracaso.
  • Permitir ritmos diferentes, pausas, mutaciones, coexistencias no lineales.

3. Desjerarquizar el lenguaje afectivo

El régimen monógamo depende de una gramática que ordena el mundo relacional: pareja, amante, amigx, ex, vínculo serio, relación casual. Cada palabra es una casilla de significado y valor. Desmonogamizar es también crear nuevos lenguajes, o al menos resistir a la fijación de los vínculos en etiquetas que los limitan.

Esto no implica no nombrar, sino:

  • Inventar términos propios que respondan a las vivencias, no a las categorías prestadas.
  • Aceptar la ambigüedad como una forma de verdad afectiva.
  • Permitir que las palabras cambien cuando lo hace la relación.

4. Cuestionar la exclusividad como virtud

La monogamia ha instalado la idea de que amar es excluir al resto del mundo. Que la profundidad del afecto depende de que no haya otros afectos en juego. Esta lógica convierte al otrx en propiedad, y al deseo en amenaza.

Desmonogamizar implica:

  • Separar el compromiso del control.
  • Reconocer que los vínculos múltiples no diluyen la conexión, sino que la transforman.
  • Explorar el deseo sin vigilancia, desde la confianza y la soberanía afectiva.

5. Practicar la escucha situada y la autonomía interdependiente

El contrapoder afectivo no busca producir caos relacional, sino ética situada. Una desmonogamización radical necesita de una escucha profunda entre sujetxs autónomxs que se reconozcan también vulnerables, interdependientes y cambiantes.

Esto puede tomar forma como:

  • Espacios de conversación continuada sobre límites, deseos, necesidades.
  • Revisión periódica de acuerdos no como “fallo del sistema”, sino como práctica viva.
  • Fomentar la autonomía sin desligar el vínculo: no dependencia, pero tampoco indiferencia.

6. Dejar de pedir permiso para existir

Muchas personas que no siguen la lógica monógama se sienten obligadas a justificar sus elecciones ante la familia, la psicología, los movimientos políticos, los Estados. Esta necesidad de validación externa es un síntoma del monogamismo: lo que no se parece a la pareja conyugal necesita defensa.

Desmonogamizar radicalmente implica:

  • Afirmar los vínculos no normativos sin necesidad de explicarlos.
  • Rechazar el marco de “lo correcto” como criterio de existencia.
  • Practicar la auto-legitimación colectiva: sostener las formas de vida en comunidad, no en la tolerancia ajena.

Estas prácticas no son normas nuevas. No hay fórmula para el contrapoder afectivo. Cada vínculo, cada comunidad, cada territorio afectivo debe inventarse desde su materialidad, su deseo y su necesidad. Pero lo que une a todas estas tentativas es una ética común de desobediencia estructural: la decisión de no seguir alimentando la arquitectura emocional del Estado afectivo.

La desmonogamización radical no es una postura identitaria ni una moda relacional. Es un trabajo constante, una tensión creativa, una apuesta por formas de vida que no necesiten jerarquizar para cuidarse, ni excluir para sostenerse.

V. Obstáculos y tensiones del contrapoder afectivo

Nombrar y ensayar un contrapoder afectivo no es un gesto puramente teórico ni una promesa ingenua de armonía relacional. Se trata de una práctica conflictiva, llena de contradicciones, fragilidades y tensiones inevitables. No hay “afuera” limpio del sistema monógamo: hay bordes, grietas, tentativas. Por eso, más que negar los obstáculos, es urgente reconocerlos como parte del terreno mismo de lucha.

1. La cooptación cultural de lo no monógamo

El mercado y la cultura dominante han comenzado a incorporar ciertas formas de no monogamia, pero lo hacen vacías de contenido político. El poliamor es comercializado como estilo de vida “cool” o como “elección sexual alternativa”, mientras se reproduce en muchos casos la lógica jerárquica de la pareja principal, el reparto desigual del afecto y la centralidad de la productividad emocional.

Esta forma de monogamismo reformado actúa como una vacuna simbólica: permite que el sistema sobreviva precisamente porque parece haberse flexibilizado. Como ocurre con el capitalismo verde o el feminismo institucional, el peligro es que el deseo de emancipación se vuelva marca o mercancía.

2. La reducción a sexualidad sin compromiso

Otra forma de obstáculo es la interpretación superficial (y patriarcal) de la desmonogamización como liberación sexual individualista. En este modelo, lo afectivo se borra, el cuidado se descarta y el vínculo se convierte en consumo.

Esta versión banalizada reproduce la lógica capitalista del deseo como acumulación, conquista o uso temporal, sin desactivar los principios jerárquicos que organizan el sistema monógamo. Así, lo que se presenta como libertad es, en realidad, otra forma de desresponsabilización afectiva.

3. El deseo modelado por el poder

Uno de los desafíos más profundos es que nuestro deseo no es neutro. Ha sido educado, formado, moldeado por siglos de pedagogía monógama. Incluso cuando creemos elegir, muchas veces estamos deseando dentro de los límites del sistema.

Queremos exclusividad, queremos ser “especiales”, queremos estabilidad narrativa, queremos permanencia. Y eso no es un error ni una traición: es el efecto más íntimo del régimen monógamo. El deseo, en este sentido, es campo de disputa, no punto de partida libre.

Desmonogamizarse no es “dejar de desear la monogamia”, sino reconocer cómo se produce ese deseo, qué función cumple, qué mundos cierra.

4. La falta de infraestructura para lo común

Muchas veces, el problema no es ideológico sino material. Vivimos en sociedades donde todo (el trabajo, la vivienda, los cuidados, la salud, los derechos) está organizado en torno a la pareja o la familia nuclear. Intentar habitar otras formas relacionales implica, a menudo, exponerse a la precariedad legal, económica o emocional.

Faltan marcos jurídicos para reconocer redes múltiples de cuidado, para criar fuera del modelo familiar, para heredar, para habitar espacios comunes sin propiedad privada. Las instituciones no están hechas para sostener vidas no monógamas. Y resistir sin infraestructura genera desgaste.

Esto no invalida el proceso, pero nos obliga a ser conscientes de que la transformación afectiva necesita también un mundo material que la sostenga.

5. El miedo al abandono y la inseguridad vincular

Una de las heridas más profundas del sistema monógamo es haber ligado el amor a la exclusividad, y la seguridad al control. Por eso, cuando se intentan relaciones abiertas o redes afectivas no jerárquicas, emerge el miedo: a no ser suficiente, a ser reemplazadx, a perder el lugar.

Estas emociones no son fallas individuales, sino síntomas estructurales. El miedo no desaparece con la teoría. Por eso, la desmonogamización radical requiere una pedagogía emocional de la incomodidad, una ética del cuidado que no niegue la fragilidad, sino que la sostenga colectivamente.

6. El aislamiento político-afectivo

Por último, muchas personas que intentan habitar formas de vida afectiva disidentes se sienten solas, incomprendidas o juzgadas, incluso dentro de espacios supuestamente progresistas. La crítica al sistema monógamo sigue siendo marginal. Se la toma como capricho, como moda o como problema personal.

La falta de comunidad es uno de los principales obstáculos para sostener una práctica de contrapoder afectivo. Por eso, crear redes de reconocimiento, espacios de pensamiento y acompañamiento, blogs como este, no son gestos secundarios: son formas materiales de resistencia.

En definitiva, el contrapoder afectivo no es un lugar al que se llega, sino una tensión que se habita. Está lleno de fallas, límites, contradicciones. Pero en cada intento, en cada vínculo que se resiste a la lógica de la exclusividad, en cada red que se teje fuera del guion conyugal, algo del Estado afectivo se agrieta.

VI. Conclusión: vivir como si el sistema monógamo no existiera

El sistema monógamo no se sostiene solo por leyes, normas o instituciones. Se reproduce en gestos mínimos, en silencios cómplices, en deseos aprendidos y en vínculos que repiten (sin saberlo) la arquitectura del Estado afectivo. Por eso, no basta con criticarlo desde afuera: es necesario producir formas de vida que impidan su reaparición desde adentro.

A lo largo de este ensayo hemos propuesto la noción de contrapoder afectivo como una figura posible para esa desobediencia estructural. No como una alternativa fija, sino como una práctica de saboteo cotidiano a la lógica de la exclusividad, la jerarquía y la dependencia emocional.

Este contrapoder no se decreta, no se institucionaliza, no se ofrece como modelo. Se ensaya, se inventa, se practica con el riesgo del error y la posibilidad del encuentro. Es relacional, situado, imperfecto. Pero cada uno de sus gestos (un vínculo sin centro, un cuidado compartido, un deseo sin dueño) interrumpe la maquinaria del monogamismo y abre espacio para otras formas de vida.

Lo importante no es alcanzar una forma “pura” de relación desmonogamizada. Lo importante es la dirección del movimiento: salir de la obediencia afectiva y entrar en el campo de lo vivible. Dejar de reproducir sin pensar. Habitar los afectos como si fueran también política, territorio, imaginación radical.

Quizá no podamos abolir el sistema monógamo de inmediato. Pero sí podemos, aquí y ahora, vivir como si no existiera. Como si la exclusividad no fuera prueba de amor. Como si la pareja no fuera el centro de la vida. Como si cuidar pudiera ser común. Como si el deseo no necesitara permiso.

Y si eso se sostiene (no como utopía abstracta, sino como práctica cotidiana), entonces ya estamos haciendo grietas en el Estado afectivo.

Grietas por donde pasa el mundo que todavía no existe.

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