Genealogía de la dominación civilizatoria
1. La monogamia como núcleo reproductivo del Estado
“No hay poder sin estructuras relacionales que lo sostengan. Y pocas son tan eficaces y persistentes como la familia.”
— M. E. O’Brien, Family Abolition
La monogamia ha sido tradicionalmente tratada como una cuestión privada, moral o incluso sentimental. En el mejor de los casos, se la ha criticado como una norma que restringe la libertad afectiva o sexual. Sin embargo, en este ensayo partiremos de una premisa estructural: el sistema monógamo es una institución política clave, cuya función histórica ha sido producir sujetos obedientes, unidades familiares aisladas y relaciones sociales que reproduzcan las condiciones necesarias para el ejercicio del poder.
La tesis central es la siguiente: el sistema monógamo no es un accesorio del orden social, sino su núcleo arquitectónico. La monogamia es a la familia lo que la familia es al Estado: una unidad mínima de organización, disciplinamiento y control. No se puede comprender ni combatir eficazmente la forma-Estado sin cuestionar y desmantelar el orden monógamo que lo sustenta desde la base.
1.1. El Estado como entramado institucional del poder
En este contexto, Estado no se define exclusivamente como una entidad administrativa o legal (la “máquina burocrática” moderna), sino como el conjunto de instituciones jerárquicas que organizan, norman y reproducen la vida social. Esta lectura sigue la tradición de la antropología anarquista, que no restringe lo político al aparato estatal formal, sino que incluye lo que David Graeber denominó infraestructuras de obediencia: familia, mercado, escuela, policía, propiedad privada.
El Estado no es sólo el parlamento o el ejército: también está en la forma en que nos relacionamos afectivamente, en la manera en que criamos, en cómo heredamos, en cómo nos organizamos para amar y ser amados.
1.2. La monogamia como sistema
Definimos aquí sistema monógamo no como la simple práctica de mantener una relación exclusiva entre dos personas, sino como un modelo estructural normativo que:
- jerarquiza el vínculo conyugal sobre todos los demás,
- asigna valor moral y legal a la exclusividad,
- organiza la sexualidad y la reproducción en torno a unidades privadas,
- y genera obligaciones materiales, afectivas y políticas sostenidas por el aparato estatal.
No es una elección personal: es un dispositivo de gobierno de la intimidad.
1.3. Abolición de la familia y crítica estructural
A la luz de esta definición, afirmamos con contundencia: no puede haber abolición real de la familia sin abolición del sistema monógamo. Tal como argumenta M. E. O’Brien, la familia es la institución que garantiza la reproducción de la vida bajo condiciones de opresión y escasez. Pero esta familia no existe sin un sistema afectivo que la preceda, la legitime y la reproduzca: la monogamia.
Por tanto, los discursos que abogan por abolir la familia sin cuestionar la monogamia operan de forma incongruente. La familia no es solo una forma de convivencia: es la expresión concreta del régimen monógamo en el terreno material, económico y político.
1.4. Objetivo y recorrido del ensayo
El objetivo de este ensayo es demostrar que la monogamia ha sido históricamente y sigue siendo hoy la piedra angular del orden estatal y civilizatorio. Lo haremos recorriendo su origen antropológico, su función de control institucional, su papel en la construcción de la subjetividad moderna y su continuidad bajo formas “alternativas” que la reproducen.
Al mismo tiempo, se analizarán críticamente las propuestas actuales de superación del sistema monógamo, defendiendo la anarquía relacional como la única estrategia coherente con un horizonte verdaderamente antiautoritario.
2. El origen político de la monogamia: antropología y domesticación
“La monogamia no es un accidente cultural, sino una tecnología de poder al servicio de la organización jerárquica de la vida.”
— John Zerzan
Para desmontar el sistema monógamo no basta con rechazar su forma contemporánea. Es necesario comprender su función política en el desarrollo de las sociedades estatales, su vinculación directa con la aparición de la propiedad, del patriarcado y del aparato institucional de control. Esta sección ofrece una aproximación desde la antropología anarquista, que permite observar cómo la monogamia surge como instrumento de domesticación social, no como una expresión espontánea de los afectos humanos.
La historia de la monogamia es la historia de la transformación del deseo en obediencia, del vínculo en propiedad, del cuerpo en territorio a administrar. A través de esta genealogía, analizaremos cómo las sociedades sin Estado organizaron la afectividad de forma no jerárquica, y cómo la imposición del modelo conyugal sirvió como estructura básica del orden civilizatorio. Lejos de ser una norma moral, la monogamia es un principio organizativo que antecede, sostiene y reproduce la forma-Estado.
2.1. De lo común a lo conyugal: el paso de la comunidad a la unidad reproductiva privada
“El paso decisivo hacia la civilización consistió en transformar los vínculos colectivos en obligaciones privadas.”
— David Graeber, Debt: The First 5000 Years
La consolidación del sistema monógamo no fue un fenómeno espontáneo o meramente cultural, sino un proceso político-económico vinculado al surgimiento de la propiedad, la división sexual del trabajo y la organización estatal. Las relaciones afectivas, que en muchas sociedades eran comunales, polivalentes y no exclusivas, fueron convertidas en unidades cerradas de reproducción biológica, económica y simbólica. La pareja conyugal no surge como una forma de amor o elección libre, sino como un mecanismo de gestión de recursos, herencias y cuerpos.
Del vínculo colectivo al pacto cerrado
En sociedades sin Estado, la reproducción y la crianza estaban integradas en redes sociales amplias. El parentesco no se organizaba necesariamente por filiación directa ni se regulaba mediante la exclusividad sexual. La comunidad entera participaba del cuidado, del afecto y de la sostenibilidad de la vida. La aparición de la agricultura intensiva y de la propiedad privada (como han señalado autores como John Zerzan) transformó radicalmente este paradigma.
El modelo monógamo se convierte entonces en una célula de encierro:
- sexual (limitando el deseo a una sola persona),
- reproductiva (controlando la descendencia y su legitimidad),
- y patrimonial (vinculando posesión, parentesco y herencia).
El paso de lo colectivo a lo conyugal no es una evolución natural, sino una mutación funcional: la unidad doméstica privada sustituye la responsabilidad comunal por una obligación exclusiva entre partes. El amor se convierte en contrato; la sexualidad, en derecho exclusivo; la crianza, en tarea privatizada.
Genealogía material del vínculo monógamo
Este cambio no fue únicamente simbólico: se produjo en condiciones materiales concretas. Como plantea Graeber, la economía del crédito informal fue reemplazada por relaciones de deuda controladas por el Estado y las élites. El matrimonio se convirtió en un dispositivo para regular y legalizar la transmisión de deudas, herencias y descendencia. Lo que antes era social y fluido pasó a ser fijado, vigilado y sancionado.
En este proceso, el cuerpo femenino fue uno de los principales objetos de apropiación. La función reproductiva de las mujeres se convirtió en una variable estratégica para controlar la acumulación, como detallará Federici más adelante. El vínculo monógamo, en su forma heteropatriarcal, garantiza la certeza de la descendencia, condición esencial para la transmisión patrimonial bajo un régimen de propiedad.
La pareja como unidad de producción civilizatoria
Desde este marco, la monogamia no puede seguir tratándose como una elección privada. Es, en términos estructurales, una unidad de producción civilizatoria, al mismo nivel que el salario o la propiedad. La pareja monógama es la forma mínima de domesticación recíproca. Es allí donde se entrena la obediencia, la regulación de los afectos, la gestión de la escasez y el miedo a la pérdida.
Se crea una dependencia mutua institucionalizada que sustituye el apoyo colectivo por un contrato afectivo-económico cerrado. El romanticismo, en este contexto, aparece como la ideología legitimadora de una estructura que, lejos de liberar, encierra.
La transformación del amor y la sexualidad en propiedad privada no es una distorsión reciente ni una consecuencia accidental. Es la base sobre la que se asienta el Estado moderno y sus formas de control social. El sistema monógamo, lejos de ser un resguardo íntimo frente al poder, es la forma más básica y temprana de su reproducción.
2.2. Sociedades sin Estado, sin monogamia: una mirada etnográfica
“El deseo de evitar el surgimiento del Estado es tan poderoso en muchas sociedades que han desarrollado instituciones específicamente diseñadas para impedir que alguien tenga poder sobre los demás.”
— Pierre Clastres, La sociedad contra el Estado
En este apartado exploramos las formas relacionales y afectivas de diversas sociedades que han vivido (y en algunos casos, aún viven) al margen de las estructuras estatales y de la monogamia normativa. El objetivo no es idealizar estas culturas, sino mostrar evidencia antropológica concreta de que la monogamia no es universal ni necesaria para la organización social. La institución de la pareja exclusiva y legalizada no solo es históricamente localizada, sino que coincide con el surgimiento de jerarquías, acumulación y estructuras de poder coercitivo.
Afectividad no monógama como práctica política
En muchas comunidades sin Estado, la vida afectiva no se rige por la exclusividad ni por el parentesco legal. La sexualidad y la crianza no están encapsuladas en una célula doméstica privada, sino distribuidas en redes sociales amplias y flexibles. Como mostró Clastres, la ausencia de estructuras coercitivas centralizadas suele ir acompañada de mecanismos culturales activos de descentralización del poder, también en el ámbito reproductivo y afectivo.
Estas formas relacionales no sólo desestabilizan la idea moderna de “pareja”, sino que ponen en cuestión la propia necesidad de vincular la sexualidad con la autoridad, la reproducción con el control, el afecto con la obligación.
Ejemplos etnográficos relevantes
Mosuo (China)
- Sociedad matrilineal sin matrimonio formal ni convivencia conyugal.
- Las relaciones íntimas son conocidas como visitas nocturnas y no implican obligación de exclusividad.
- La crianza es colectiva, dentro del clan materno; la figura del padre biológico carece de peso social.
- No existe la noción de “pareja principal”, y no se vincula la sexualidad con la estructura familiar.
Na (Himalaya)
- Similar a los Mosuo, sin estructuras matrimoniales permanentes ni cohabitación con la pareja.
- Las mujeres tienen hijos con distintos hombres sin formar núcleos familiares.
- El parentesco se organiza en torno a la línea materna y al hogar materno.
Pirahã (Amazonas)
- Cultura profundamente igualitaria y no jerárquica, sin matrimonio formal ni conceptos de propiedad.
- Las relaciones son fluidas, sin compromiso exclusivo, y los hijos son cuidados por la comunidad.
- No hay nombres propios permanentes, ni genealogías patriarcales.
Trobriandeses (Melanesia)
- Las mujeres controlan el acceso a los recursos agrícolas y el linaje es matrilineal.
- Aunque existen relaciones duraderas, no se basan en el matrimonio como contrato, ni en la exclusividad sexual como obligación moral.
San (África austral)
- Pueblo cazador-recolector de estructura social descentralizada.
- Relación flexible con la sexualidad y la reproducción.
- Alto nivel de cooperación y crianza compartida sin unidades familiares rígidas.
Implicaciones antropológicas
Estos ejemplos no son meras anomalías exóticas. Demuestran que la monogamia no es una condición natural ni universal para la vida humana. Son sociedades que han funcionado durante siglos (y algunas aún hoy) sin necesidad de imponer vínculos exclusivos ni controlar la sexualidad a través de instituciones jurídicas o religiosas.
De hecho, la inexistencia de matrimonio formal o de parejas exclusivas coincide con la ausencia de jerarquías políticas centralizadas. El parentesco matrilineal, la crianza colectiva y la libertad afectiva son pilares que impiden la concentración de poder, la formación de linajes dominantes y la acumulación de propiedad.
La diversidad etnográfica contradice frontalmente la idea de que la monogamia sea una forma natural de organización afectiva. En realidad, es un producto histórico-cultural asociado a la emergencia del Estado, la propiedad privada y la opresión de género. Las sociedades sin Estado han desarrollado, de forma consciente o adaptativa, formas de vida no monógamas que favorecen la autonomía, la reciprocidad y la distribución colectiva del cuidado. En ellas, lo común no es una consigna: es una forma de vivir lo íntimo sin controlarlo.
3. Monogamia como maquinaria de dependencia institucional
“La familia es la institución que transfiere a lo privado la responsabilidad de sobrevivir en un mundo estructurado por la escasez.”
— M. E. O’Brien, Family Abolition
Tras haber expuesto que el sistema monógamo no es universal ni inevitable, sino que surge en relación directa con la aparición del Estado y la propiedad, debemos ahora analizar cómo se mantiene, se reproduce y se impone en el presente. Esta sección se centra en su función política e institucional actual, mostrando cómo la monogamia continúa siendo una herramienta de dependencia estructural que facilita el control estatal sobre los cuerpos, los afectos y la reproducción social.
El sistema monógamo no solo organiza las emociones o las elecciones sexuales: organiza las condiciones materiales de la existencia, al distribuir la responsabilidad del cuidado, la reproducción y el sustento en unidades familiares aisladas que no pueden sostenerse sin el auxilio del Estado y el mercado. Esta fragmentación estratégica impide formas de organización comunitaria autónoma y mantiene a la población expuesta al chantaje estructural de las instituciones.
3.1. Familia, reproducción y chantaje del Estado
“El aislamiento de las unidades domésticas convierte la dependencia en virtud, y la necesidad en obediencia.”
— Silvia Federici, Calibán y la bruja
La familia monógama cumple una función material concreta: encierra las necesidades dentro de unidades afectivas cerradas, que deben resolver por sí mismas el cuidado, la reproducción y el sustento cotidiano. Esta estructura (aparentemente íntima) es profundamente política: convierte lo colectivo en privado, lo público en individual, y traslada al ámbito doméstico las responsabilidades que antes eran compartidas socialmente.
Dependencia como forma de gobierno
La fragmentación de los vínculos afectivos en núcleos conyugales obliga a los individuos a depender de la pareja como único apoyo emocional, económico y logístico. Si esta falla (por precariedad, enfermedad, violencia o agotamiento) la única alternativa viable es la asistencia institucional: guarderías, hospitales, pensiones, subsidios, cuerpos policiales.
Esta dependencia no es accidental: es el producto de un diseño histórico deliberado. Como plantean las corrientes de abolición de la familia (O’Brien, Weeks, Le Guin), al privatizar la reproducción, el Estado logra:
- liberar al mercado de la obligación de sostener la vida,
- controlar el ritmo reproductivo de la población,
- mantener el orden disciplinario mediante la promesa de protección familiar y la amenaza de su pérdida.
La monogamia, en este marco, es el dispositivo afectivo que asegura la funcionalidad de la familia como unidad de aislamiento.
Imposibilidad de autonomía sin ruptura estructural
Bajo este régimen, no existe posibilidad real de autonomía personal ni colectiva. Quien no reproduce el modelo conyugal queda excluido de beneficios materiales, jurídicos y simbólicos:
- derechos de herencia,
- acceso a vivienda y ayudas públicas,
- legitimidad afectiva y reconocimiento social.
La estructura monógama funciona así como una condición de acceso a la ciudadanía material. Aceptarla garantiza una cierta inclusión en el sistema. Rechazarla, en cambio, implica exponerse a la precariedad emocional, legal y económica.
Crítica antinatalista y antifiliadora
Esta crítica debe extenderse a la dimensión natalista y filiadora del régimen monógamo. El mandato de reproducir (biológica o culturalmente) se presenta como un destino afectivo deseable y natural, cuando en realidad es una exigencia funcional del sistema.
Desde una mirada antinatalista, se denuncia que:
- la reproducción es inducida bajo condiciones de inseguridad estructural,
- los hijos son, en muchos casos, garantes de continuidad familiar más que proyectos autónomos,
- el deseo de descendencia está mediado por el miedo a la soledad y la exclusión.
Desde una mirada antifiliadora, se critica que la relación padre-hijo esté codificada por la propiedad, la autoridad y la obediencia. El modelo familiar monógamo no reproduce la vida libre, sino la sujeción.
La familia monógama no es una institución privada con funciones afectivas neutrales. Es una estructura de aislamiento diseñada para garantizar la dependencia del Estado y el mercado. La reproducción queda privatizada, el cuidado se convierte en carga individual, y la vida queda subordinada al cumplimiento de normas afectivas jerárquicas. Esta es la forma contemporánea del chantaje civilizatorio: obedecer para poder sobrevivir.
3.2. Monogamia, propiedad y control del cuerpo
“La institución de la familia monógama es el lugar donde la sexualidad se convierte en trabajo y la reproducción en obediencia.”
— Silvia Federici, El patriarcado del salario
El vínculo entre monogamia, propiedad y control de los cuerpos no es metafórico ni cultural solamente. Es estructural. La función histórica de la monogamia ha sido garantizar la certeza sobre la descendencia y, por tanto, sobre la transmisión de bienes, apellidos, linajes y títulos. En este sentido, la monogamia es una institución patrimonial, una forma jurídica y emocional que convierte la afectividad en un sistema de aseguramiento del orden económico y social.
Engels y la genealogía del patriarcado
Friedrich Engels formuló en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado una tesis fundacional: la monogamia surge en las sociedades clasistas como necesidad del hombre para controlar la fertilidad de la mujer y asegurar así la herencia de sus bienes. La familia conyugal, en esta lectura, no es anterior al capitalismo, pero sí es una de sus condiciones de posibilidad.
El cuerpo femenino se convierte en vehículo de transmisión del capital. Para que ese capital tenga continuidad, el deseo debe ser vigilado, la sexualidad reglamentada, y la reproducción normalizada. La monogamia es el dispositivo que permite esta vigilancia de forma aparentemente voluntaria: las personas consienten en encerrarse porque se les ha enseñado a desearlo.
Federici: la reproducción como trabajo no remunerado
Silvia Federici amplía y actualiza esta crítica desde el feminismo materialista. En Calibán y la bruja, documenta cómo la transición del feudalismo al capitalismo necesitó disciplinar los cuerpos reproductivos femeninos para garantizar una fuerza de trabajo estable y obediente. La caza de brujas fue el instrumento para imponer un modelo de feminidad centrado en la maternidad, el hogar y la obediencia sexual.
El matrimonio monógamo fue el marco donde esta reorganización se consolidó:
- El cuerpo femenino pasó a ser territorio productivo controlado por el varón y sancionado por el Estado.
- El amor heterosexual y exclusivo fue elevado a ideal normativo.
- La reproducción se convirtió en trabajo no pagado, obligatorio y naturalizado.
Federici demuestra que la imposición del modelo monógamo no fue un fenómeno cultural espontáneo, sino parte de una reestructuración económica global que exigía un nuevo tipo de subjetividad: productiva, dócil y reproductora.
Monogamia como modelo de propiedad emocional
En la actualidad, aunque el marco legal haya cambiado, la lógica de la monogamia sigue operando, ahora bajo formas neoliberales. La pareja conyugal sigue funcionando como una relación de propiedad mutua, donde:
- el deseo debe ser exclusivo,
- la sexualidad debe ser declarada y registrada,
- y el tiempo y la energía deben ser regulados dentro del vínculo.
Los celos, la “fidelidad”, los rituales matrimoniales o el ideal de “media naranja” son síntomas de una economía afectiva fundada en la escasez y el control. El vínculo no se basa en la libertad mutua, sino en la propiedad emocional, el acceso exclusivo y la reciprocidad obligada.
La monogamia, lejos de ser una forma de protección o intimidad, ha funcionado históricamente como una tecnología de propiedad: del cuerpo, del deseo, del tiempo y de la reproducción. Es inseparable del patriarcado y del capitalismo. Como han demostrado Engels y Federici, el orden social necesita que el amor funcione como contrato patrimonial, y que la sexualidad se organice de acuerdo con la lógica del trabajo, la deuda y la obligación. La abolición del sistema monógamo es, por tanto, una tarea política imprescindible para desarticular la economía afectiva de la dominación.
4. Monogamia como mito fundacional de la humanidad civilizada
“La civilización empieza cuando alguien traza un límite entre lo salvaje y lo domesticado, y decide que lo humano debe encerrarse en ese trazo.”
— John Zerzan
Hasta ahora hemos abordado la monogamia en su dimensión antropológica, económica e institucional. En esta sección exploraremos su dimensión simbólica y filosófica, es decir, cómo el sistema monógamo ha sido elevado a condición ontológica: no solo como forma de vida válida, sino como criterio para definir lo humano frente a lo animal, lo civilizado frente a lo salvaje.
La monogamia no se presenta solo como una norma: se representa como esencia de la humanidad, como marcador de identidad. Esta operación simbólica es clave para entender cómo la monogamia legitima todo el aparato civilizatorio, funcionando como su relato fundacional, tanto en las narrativas míticas como en las prácticas institucionales.
4.1. Filosofía de la monogamia: la humanidad como su producto
“No tener pareja no es solo una desviación: es perder la condición de sujeto humano.”
— Langosta (Yorgos Lanthimos)
La película Langosta (2015), dirigida por Yorgos Lanthimos, ofrece una representación extrema pero certera de cómo la sociedad moderna asocia la monogamia con la propia existencia como ser humano. En su universo distópico, las personas deben formar pareja en un plazo determinado o serán convertidas en animales. La amenaza no es la muerte, sino la deshumanización. Estar fuera de una relación conyugal implica ser expulsado de la comunidad humana.
Este argumento no es solo una alegoría. Expresa una operación filosófica profundamente arraigada en la cultura occidental moderna: la idea de que lo humano se define por su capacidad de formar un vínculo exclusivo, estable y legalizable. De este modo, la monogamia se convierte en una ontología política: es el marco desde el cual se decide quién es sujeto y quién no lo es.
Humanidad y domesticación
Desde esta perspectiva, la humanidad no es entendida como una condición biológica, sino como una forma de domesticación. Lo humano no es aquello que se piensa, siente o hace en común, sino aquello que se somete al orden de la exclusividad afectiva. El vínculo monógamo no es una opción personal sino una marca de pertenencia civilizatoria.
Las personas que no desean pareja, que no desean reproducirse, que no se organizan según la lógica de “nosotros frente al mundo” (en la forma de la pareja nuclear) son interpretadas como fallos ontológicos, disfunciones sociales o anomalías psicológicas.
Esta lectura es reforzada por múltiples discursos:
- El psicoanálisis, que interpreta la vida afectiva fuera de la pareja como patológica o regresiva.
- La biopolítica médica, que normaliza el deseo con base en la pareja exclusiva.
- Las leyes del Estado, que organizan derechos y ciudadanía en torno a la pareja legalmente reconocida.
La pareja como forma mínima de ciudadanía
Desde el punto de vista del poder, la pareja monógama funciona como el primer umbral de inclusión política. Quien accede a ese régimen accede a una serie de beneficios simbólicos y materiales: reconocimiento, protección, legalidad, derechos de herencia, acceso a vivienda, etc.
La ontologización de la monogamia (su presentación como condición del ser) es funcional al proyecto civilizatorio: establece quién puede ser considerado sujeto moral y político, y quién debe ser relegado al margen de lo social. No es casual que en muchos Estados modernos los derechos fundamentales estén vinculados a la condición de pareja (heterosexual u homologada).
La monogamia no es solo un régimen relacional. Es una tecnología de producción de humanidad. Define la frontera entre lo humano y lo no humano, entre lo civilizado y lo salvaje, entre el sujeto válido y el residuo social. Al asumirla como norma, el aparato civilizatorio garantiza su continuidad simbólica y su legitimidad moral. Solo desactivando esta operación filosófica podremos imaginar una humanidad no fundada en la exclusión, la obediencia y la posesión afectiva.
4.2. ¿Natural o civilizadora? La epopeya de Gilgamesh
“El hombre salvaje fue domesticado cuando conoció a una mujer. Con ella dejó el bosque, el deseo libre y el lenguaje de los animales. Con ella comenzó la historia.”
— La epopeya de Gilgamesh
Uno de los textos fundacionales más antiguos de la tradición escrita occidental, La epopeya de Gilgamesh (aprox. 2100 a. n. e.), ofrece un relato arquetípico sobre el paso de lo natural a lo civilizado, a través de la monogamia. La figura de Enkidu (un hombre que vive en comunión con los animales y la naturaleza) representa lo indómito, lo no sujeto, lo precivilizatorio. Su transformación en “hombre verdadero” se produce tras mantener relaciones sexuales con Shamhat, una sacerdotisa enviada para seducirlo.
A partir de ese encuentro, Enkidu pierde la capacidad de vivir entre los animales, su fuerza cambia, y se le abren los ojos a la conciencia moral y social. Es entonces cuando se integra a la ciudad, al orden simbólico, a la amistad con Gilgamesh y, en última instancia, a la tragedia del destino humano. Es el inicio del relato de la humanidad como criatura escindida, separada del mundo natural y sometida a un orden superior.
La sexualidad exclusiva como pasaje ontológico
El mito no representa solo una anécdota, sino una operación filosófica clave del pensamiento civilizatorio: la domesticación del deseo como condición para la entrada en la humanidad. Lo que legitima a Enkidu como sujeto no es el lenguaje, ni la moral, ni la conciencia: es la experiencia de un vínculo sexual exclusivo. Este acto marca el abandono de la vida libre y comunal para ingresar en el sistema de relaciones normadas.
Aquí la monogamia aparece no como una consecuencia del orden social, sino como su principio fundador. Es el acto que transforma la libertad en cultura, el goce en deber, la vida silvestre en civilización. El deseo, al ser canalizado hacia un vínculo cerrado, deja de ser amenaza y se convierte en herramienta de gobierno.
Lo humano como ruptura con lo natural
Este mito opera una doble violencia simbólica:
- Rompe con la naturaleza, estableciendo una distancia jerárquica entre lo humano y lo animal.
- Subordina la sexualidad, que deja de ser expresión vital y se convierte en tecnología de integración social.
La monogamia no es natural (en el sentido biológico ni en el sentido ético), sino una estrategia de ruptura con lo natural. Es el fundamento del relato civilizatorio que presenta a la cultura como superación de la animalidad, y al sujeto moderno como un ser domesticado por el vínculo exclusivo, por el sacrificio del deseo múltiple y la dependencia de una unidad cerrada.
Este marco aún opera en las nociones actuales de “madurez afectiva”, “estabilidad emocional” o “amor verdadero”: todas ellas están sustentadas por una narrativa civilizadora que sitúa la monogamia como conquista y destino.
La epopeya de Gilgamesh no solo inaugura la literatura escrita: inaugura también la narrativa fundacional de la civilización, en la que la monogamia es el paso necesario del caos a la ley, del deseo a la norma, de la vida libre a la existencia gobernada. El acto sexual exclusivo, en tanto ruptura con la naturaleza, establece la condición de posibilidad para toda estructura jerárquica posterior. Al reproducir este relato (en el derecho, la moral, la cultura popular), perpetuamos la lógica civilizatoria que hace del amor una forma de sumisión.
5. La monogamia más allá del matrimonio: sus nuevas máscaras
“Las estructuras cambian de nombre, pero no de lógica. Una relación puede no llamarse matrimonio y seguir reproduciendo la misma jerarquía emocional y dependencia afectiva.”
— bell hooks, All About Love
Hasta aquí hemos analizado la monogamia como institución formal, asociada a la familia nuclear, al matrimonio legal y a las formas tradicionales de organización relacional. Sin embargo, el sistema monógamo no desaparece cuando se disuelven sus formas visibles. Sobrevive, se adapta y se reproduce en nuevas configuraciones afectivas que, aunque se presentan como alternativas o disidentes, siguen operando bajo la lógica estructural del régimen monógamo.
Esta sección examina cómo la afectividad está organizada por patrones de escasez, dependencia y vigilancia, más allá de su envoltorio legal o cultural. Desde los vínculos románticos “no convencionales” hasta los colectivos alternativos, el orden monógamo persiste en la forma de necesidad afectiva no resuelta, jerarquización emocional y separación comunitaria.
5.1. Afectividad domesticada: necesidades y trauma estructural
“En una cultura de dominación, no aprendemos a amar; aprendemos a necesitar. Y lo que necesitamos, lo vigilamos.”
— Bell Hooks, All About Love
Una de las funciones más persistentes del sistema monógamo es producir necesidades afectivas que solo pueden resolverse dentro de su propio marco. El modelo relacional dominante no solo prescribe cómo se debe amar, sino también qué se debe necesitar: exclusividad, pertenencia, reconocimiento íntimo y una figura que funcione como ancla emocional única.
Según Bell Hooks, en el contexto del capitalismo afectivo, el amor ha sido despojado de su potencia transformadora y reducido a una economía emocional de carencia y compensación. Las personas no buscan amar libremente, sino llenar un vacío estructural que ha sido generado por el aislamiento, la competitividad y la fragmentación comunitaria.
La producción social de la necesidad
La monogamia funciona como un dispositivo que organiza el deseo bajo condiciones de escasez emocional. Desde la infancia, las personas son educadas en la idea de que:
- el amor debe concentrarse en un solo vínculo,
- solo un tipo específico de relación (romántica, sexual, con compromiso exclusivo) otorga valor subjetivo,
- y los afectos múltiples deben ser subordinados a una relación principal.
Este marco produce una estructura de necesidad artificial, en la que la afectividad se vuelve equivalente al recurso limitado. El miedo a la pérdida, a la soledad o a la exclusión funciona como mecanismo disciplinario interno, que mantiene a las personas dentro de relaciones jerárquicas, incluso cuando estas no se nombran como “pareja”.
El trauma estructural como norma
La escasez afectiva no es accidental, sino estructural. En contextos de precariedad social y emocional, la figura de la pareja se convierte en:
- red de seguridad económica,
- garante de continuidad vital,
- y refugio emocional ante el colapso comunitario.
El vínculo monógamo (o sus equivalentes funcionales) es presentado como la única forma realista de sostén psíquico. Esta idea naturaliza la dependencia emocional, inhibe el desarrollo de redes colectivas de cuidado, y refuerza la lógica de “a cada persona, su otro privado”.
Además, esta estructura emocional produce traumas intergeneracionales vinculados a:
- el abandono percibido fuera del modelo de exclusividad,
- la imposibilidad de sostener vínculos múltiples por falta de herramientas culturales,
- y la idealización de una figura afectiva totalizante que constantemente defrauda.
Aunque el matrimonio pierda centralidad y las relaciones se diversifiquen en su apariencia, la lógica de la monogamia continúa organizando nuestras necesidades afectivas. Las personas siguen buscando en un vínculo exclusivo lo que no puede ser resuelto individualmente: el trauma del aislamiento estructural. En lugar de resolver esa carencia a través de una reconstrucción comunitaria del afecto, se sigue optando por la concentración emocional, la dependencia mutua y la vigilancia interna.
Desarmar el sistema monógamo exige revisar profundamente cómo entendemos el amor, la necesidad y el deseo, y reconocer que el problema no es cuántas personas amamos, sino cómo ha sido construido lo que creemos necesitar para vivir.
5.2. Estructuras monógamas en espacios disidentes: lo viejo con otro nombre
“Las formas cambian con rapidez. Pero las estructuras de poder tienden a desplazarse más que a desaparecer.”
— Pierre Bourdieu
El sistema monógamo no se sostiene únicamente a través de su expresión normativa clásica (el matrimonio heterosexual, la familia nuclear, la pareja conyugal), sino que se reproduce en prácticas y discursos que, en apariencia, se presentan como su superación. Espacios como el poliamor ético, las “familias escogidas”, las ecoaldeas o los círculos de cuidado suelen declararse explícitamente contra la monogamia. Sin embargo, cuando no se desmontan las lógicas estructurales de jerarquía, exclusividad y pertenencia cerrada, lo que se reproduce es el mismo régimen afectivo bajo otras formas.
Este fenómeno no debe ser interpretado como un fracaso moral o personal, sino como la persistencia de una estructura de poder internalizada, que sobrevive incluso en contextos políticamente conscientes. Desde una mirada estructuralista, es clave analizar cómo el contenido de las relaciones puede cambiar mientras la forma (su lógica de organización y distribución del afecto) permanece inalterada.
La jerarquía emocional encubierta
En muchas comunidades disidentes o “alternativas”, se observa que:
- se mantienen relaciones principales y secundarias, aunque se evite usar esos términos,
- la “pareja de referencia” sigue concentrando recursos afectivos y logísticos,
- los compromisos están estratificados, y se espera exclusividad emocional aunque no sexual.
Esto evidencia que la jerarquía no ha sido desmontada, sino desplazada. La estructura monógama se mantiene operando como una matriz organizadora de valor y reconocimiento entre vínculos, aunque no se legitime legalmente.
Fronteras del nosotros: afectividad como pertenencia exclusiva
Otro rasgo típico de la persistencia estructural de la monogamia en espacios disidentes es la delimitación rígida del “nosotros”. Grupos afectivos cerrados, asociaciones íntimas o “tribus emocionales” tienden a:
- establecer fronteras afectivas,
- operar bajo dinámicas de “adentro vs. afuera”,
- priorizar la lealtad interna sobre la apertura comunitaria.
Este funcionamiento reproduce la lógica del hogar nuclear o del clan cerrado, incluso cuando se le da un envoltorio cooperativo o alternativo. Lo que cambia es el nombre del grupo, no su arquitectura de poder.
La vigilancia emocional como forma de autocontrol
Un tercer mecanismo es la vigilancia emocional codificada en lenguajes terapéuticos o éticos. En algunos entornos no monógamos, se observa:
- monitoreo constante de los afectos propios y ajenos,
- exigencia de transparencia total como forma de seguridad,
- presión para gestionar emociones “correctamente” como señal de madurez o compromiso.
Este control emocional no está mediado por el Estado o la Iglesia, pero sí por normas internas que reproducen el principio de vigilancia afectiva. Se espera coherencia, autorregulación, estabilidad, fidelidad ética… En muchos casos, el resultado es la inhibición del deseo y la creatividad vincular, en nombre de la responsabilidad emocional.
La crítica al modelo monógamo no puede limitarse a formas externas o declaraciones ideológicas. Si las prácticas no desmantelan la lógica de la exclusividad, la jerarquía y el encierro afectivo, el sistema monógamo sigue operando, incluso sin pareja, sin matrimonio y sin sexualidad normativa.
La transformación real exige una revisión profunda de las estructuras vinculares, no solo de sus etiquetas. Como toda forma de poder, la monogamia puede mimetizarse, adaptarse y sobrevivir en aquellos espacios donde no se la desactiva a nivel estructural. Por eso, el trabajo político no es solo “salir de la pareja”, sino transformar radicalmente cómo concebimos el afecto, la pertenencia y la libertad en lo cotidiano.
6. Propuestas actuales de superación del sistema monógamo
“Más importante que con cuántas personas te acuestas es preguntarse de qué modo el pensamiento monógamo estructura todo lo que hacemos.”
— Brigitte Vasallo, Pensamiento monógamo, terror poliamoroso
En los últimos años, ha emergido con fuerza un conjunto de propuestas que buscan desbordar, sustituir o abolir el sistema monógamo tradicional. Estas propuestas se desarrollan tanto en el plano teórico como en las prácticas cotidianas, y van desde el poliamor ético y las redes afectivas horizontales, hasta los experimentos comunitarios de cuidado no jerárquico.
Esta sección examina críticamente dichos enfoques, reconociendo sus aportes como ruptura con el modelo normativo, pero también señalando los límites estructurales que enfrentan cuando no logran desactivar la lógica monógama que subyace a muchas de sus prácticas. El objetivo es analizar cuándo una propuesta transforma realmente las condiciones del vínculo y cuándo simplemente redistribuye las piezas dentro del mismo tablero.
6.1. Poliamor, redes, cuidados: avances y límites
“La libertad relacional no se mide por el número de vínculos, sino por la capacidad de abolir la lógica de la propiedad.”
— Andie Nordgren, The Short Instructional Manifesto for Relationship Anarchy
El poliamor ético, en sus múltiples variantes, ha sido uno de los movimientos más visibles en la crítica al régimen monógamo. Se presenta como una práctica de múltiples vínculos afectivos y/o sexuales consensuados, con énfasis en la honestidad, la comunicación, el consentimiento y la autonomía. Esta formulación ha abierto espacio para cuestionar la exclusividad afectiva, visibilizar formas no normativas de amar y fomentar una cultura del consentimiento más explícita.
Avances: visibilidad, disidencia, experimentación
El poliamor ha generado rupturas importantes con los mandatos tradicionales:
- visibiliza la posibilidad de amar y desear a más de una persona sin traición ni culpa,
- cuestiona la idea de que una sola relación debe cubrir todas las necesidades afectivas y vitales,
- permite desarrollar vínculos más personalizados, adaptados a las características y deseos concretos de cada persona.
También ha servido como puerta de entrada a debates más amplios sobre:
- los límites del amor romántico,
- la distribución del cuidado,
- la gestión de los celos como síntoma cultural,
- y la necesidad de autonomía afectiva en contextos de interdependencia.
Límites: neoliberalismo emocional y reproducción de jerarquías
Sin embargo, la mayoría de las prácticas poliamorosas no logran romper con las estructuras del sistema monógamo, sino que redistribuyen sus elementos. Entre los principales límites encontramos:
1. Jerarquías encubiertas
Muchas relaciones poliamorosas continúan organizándose con una “relación principal” y vínculos “secundarios” o “satélite”, manteniendo la jerarquía relacional como estructura básica.
2. Gestión individualizada del vínculo
La carga emocional y logística recae en la autorregulación de cada persona, lo que en la práctica favorece el individualismo afectivo y reproduce una lógica de gestión personal de la complejidad emocional.
3. Mercantilización del afecto
En algunos contextos, el poliamor se transforma en una forma de consumo emocional, donde se acumulan vínculos como bienes relacionales, generando estrategias de optimización afectiva, similares a la lógica de mercado.
4. Desvinculación del colectivo
Al centrarse en la dinámica entre personas específicas, muchas propuestas poliamorosas no articulan un proyecto colectivo, manteniéndose en el plano privado, lo cual limita su capacidad transformadora a nivel social o político.
Redes de cuidados: potencial emancipador y riesgos de informalidad
En paralelo, han emergido propuestas basadas en redes afectivas horizontales y cuidados compartidos, que buscan descentralizar la responsabilidad emocional y desprivatizar el afecto. Estas redes apuntan a:
- construir comunidades de apoyo emocional,
- redistribuir la carga del cuidado más allá de la pareja,
- y cuestionar la familia como única forma legítima de sostén.
Sin embargo, si estas redes no se piensan políticamente (como estructuras resistentes al poder), pueden derivar en informalidades frágiles o reproducciones encubiertas del modelo familiar, simplemente expandido.
El poliamor y las redes de cuidados han sido herramientas importantes para debilitar la centralidad de la pareja monógama, pero muchas veces se detienen en el plano de la ampliación del repertorio, sin alterar los fundamentos estructurales de jerarquía, dependencia o propiedad emocional.
La superación del sistema monógamo requiere algo más que multiplicar vínculos o descentralizar el afecto: exige una transformación radical del marco en el que esos vínculos se producen, se valoran y se organizan.
6.2. Anarquía relacional: una apuesta por la disolución del poder en lo íntimo
“No queremos cambiar los nombres de las estructuras. Queremos que dejen de ser estructuras.”
— Andie Nordgren, Manifiesto de la anarquía relacional
Frente a los límites del poliamor y la redistribución de vínculos afectivos dentro de una lógica aún jerárquica o contractual, la anarquía relacional (AR) emerge como una propuesta que no busca ampliar el catálogo de relaciones, sino desmantelar el marco normativo que las condiciona. A diferencia del poliamor, que a menudo mantiene la pareja como unidad estructurante, la AR parte de una crítica radical a la jerarquía emocional, a la normatividad afectiva y al concepto mismo de “modelo de relación”.
La anarquía relacional no es una técnica, ni una identidad, ni un estilo afectivo. Es un posicionamiento político, que traslada los principios del anarquismo (autonomía, horizontalidad, apoyo mutuo, antipatriarcado, rechazo de toda autoridad impuesta) al terreno de las relaciones. Se trata de una forma de vida relacional que no reproduce estructuras de poder, posesión o centralización afectiva.
Principios fundamentales de la anarquía relacional
Según los textos fundacionales del movimiento (especialmente el Manifiesto de Nordgren), la AR se rige por algunos principios clave:
- Rechazo de la jerarquía normativa entre relaciones. No se privilegia a las relaciones románticas o sexuales sobre otras y la sobre la comunidad.
- Construcción situacional de los vínculos. Cada relación se define por las necesidades y deseos de quienes la componen, no por roles predefinidos.
- Autonomía relacional. No se asume el derecho a regular, poseer o limitar los deseos, actividades o emociones de la otra persona.
- Cuidado activo sin dependencia. La responsabilidad afectiva se entiende como compromiso ético horizontal, no como deber exclusivo ni contrato tácito.
Más allá de la pareja y la identidad
Uno de los aportes centrales de la AR es que desmonta la categoría de “pareja” como unidad básica de organización social. No se trata de tener muchas parejas, o de alternarlas con amigos o cómplices afectivos, sino de romper el binarismo pareja/no-pareja, y de disolver las fronteras que hacen de ciertos vínculos “más reales”, “más importantes” o “más legítimos” que otros.
La AR también rechaza las identidades relacionales fijas. No se trata de ser poliamoroso, célibe, relacional o no relacional, sino de crear vínculos desde el presente, sin predefinir su trayectoria, duración ni forma. La estructura no precede al vínculo; se construye desde la práctica concreta.
Implicaciones políticas: el afecto como territorio de lucha
Esta propuesta se alinea con el horizonte libertario de abolición del Estado, el patriarcado y la propiedad, porque plantea que el poder no solo se reproduce en las instituciones visibles, sino también en los gestos cotidianos, en las dinámicas íntimas, en los afectos.
La AR:
- cuestiona el régimen de propiedad afectiva (los celos, la fidelidad impuesta, el control del tiempo y los cuerpos),
- desactiva el modelo de “nosotros cerrado” que estructura la familia y sus réplicas alternativas,
- y abre un espacio para la creación colectiva de cuidados horizontales, sin centralización ni dependencia.
Es, en este sentido, una apuesta para desorganizar la afectividad como campo disciplinario, y reimaginarla como un espacio político donde lo común no está dado, sino que se construye sin coerción.
La anarquía relacional no es una solución sencilla, ni una fórmula relacional aplicable universalmente. Es una crítica profunda al régimen afectivo dominante, y una práctica política orientada a desmantelar el poder donde más se oculta: en lo afectivo. No se trata de tener más vínculos, ni de nombrarlos diferente, sino de abolir la arquitectura jerárquica que estructura nuestras relaciones y deseos.
En un mundo donde el Estado comienza en el afecto y el capital se cuela en las emociones, hacer de los vínculos un espacio de libertad es un acto profundamente revolucionario.
7. Conclusiones y horizonte libertario
“La revolución no comienza en la fábrica, ni en la plaza, ni en la barricada. Comienza en las relaciones: en desobedecer la arquitectura del amor, del deseo y del cuidado.”
— David Graeber
Este ensayo ha planteado que la monogamia no es una forma neutra ni espontánea de organizar la vida afectiva, sino una institución con funciones políticas precisas. Lejos de ser un rasgo cultural secundario o una simple convención social, la monogamia es una pieza estructural en la maquinaria del Estado, del patriarcado y del capitalismo. Es la forma a través de la cual se domestica el deseo, se privatiza el cuidado y se asegura la obediencia de los cuerpos.
A lo largo del texto hemos identificado sus raíces en procesos históricos de domesticación, su institucionalización mediante el control de la reproducción y la propiedad, y su persistencia bajo nuevas formas disfrazadas de libertad afectiva. También hemos analizado propuestas que, desde distintas perspectivas, buscan escapar del modelo monógamo, y hemos defendido la anarquía relacional como una vía coherente con una política de emancipación profunda.
Síntesis de los argumentos
- La monogamia es la base estructural de la familia nuclear, y por tanto del Estado moderno, que necesita unidades reproductivas aisladas para mantener su dominio.
- Su genealogía está ligada al control de la herencia, la acumulación y la jerarquía de género.
- Las sociedades sin Estado han practicado históricamente formas de vida no monógamas, basadas en el cuidado colectivo y la afectividad descentralizada.
- La monogamia es también un dispositivo simbólico que define quién merece ser considerado humano y civilizado, tal como revelan los relatos fundacionales de la cultura occidental.
- Incluso fuera del matrimonio, la lógica monógama se reproduce, en forma de jerarquías afectivas, vigilancia emocional y estructuras cerradas de pertenencia.
- Las propuestas actuales de ruptura parcial (como el poliamor) son insuficientes si no cuestionan la arquitectura de fondo del sistema monógamo.
- La anarquía relacional ofrece una herramienta política real, porque no busca gestionar mejor las jerarquías, sino abolirlas allí donde se ocultan: en lo afectivo, en el deseo, en la necesidad.
La lucha contra la monogamia es lucha contra el poder
Desde una perspectiva libertaria, el combate contra el sistema monógamo no es una cuestión individual, moral o alternativa. Es una tarea política central. No podemos abolir el Estado, el capitalismo o el patriarcado si seguimos reproduciendo en lo cotidiano las formas de posesión, exclusividad y dependencia que sustentan esas mismas estructuras.
Cuestionar la monogamia es poner en crisis la ontología del sujeto moderno, deshacer los marcos afectivos que nos hacen gobernables, y abrir paso a una vida donde el amor, el deseo y el cuidado no estén codificados por la escasez ni la obediencia.
Una política relacional de lo común
El horizonte libertario exige pensar en una política relacional basada en la autonomía, el apoyo mutuo y la abolición de toda forma de autoridad no consentida. Esto implica reconstruir lo común desde lo afectivo: formas de comunidad que no estén definidas por la pareja, la sangre o la deuda emocional, sino por la reciprocidad libre, la apertura vincular y la creación colectiva de significados.
Desarmar el sistema monógamo no es un gesto personal: es una tarea revolucionaria. Implica transformar cómo habitamos nuestros cuerpos, nuestras emociones y nuestras formas de estar con otras personas. En ese sentido, la anarquía empieza en lo afectivo, pero no se queda ahí: se proyecta hacia la totalidad de la vida.
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