I. Introducción: la invisibilidad de una violencia estructural

En los debates contemporáneos sobre las violencias estructurales, se ha avanzado notablemente en la identificación y denuncia de aquellas que afectan a colectivos históricamente oprimidos: racismo, LGTBIfobia, sexismo, capacitismo, entre otras. Estas violencias, si bien aún activas, cuentan con un marco conceptual, político y jurídico que permite nombrarlas, visibilizarlas y, en ciertos casos, enfrentarlas desde políticas públicas o movimientos sociales. Sin embargo, persiste una zona oscura en el entramado de la violencia cotidiana: un territorio donde el daño no es reconocido como tal porque se disfraza de intimidad, voluntariedad o deseo. Nos referimos al ámbito de las relaciones afectivas normativas. Es aquí donde se inscriben las violencias monógamas.

Este ensayo parte de una premisa clave: la monogamia no es únicamente una norma cultural o una preferencia relacional, sino el producto y sostén de un sistema social más amplio (el sistema monógamo), entendido como una estructura política, histórica e institucional que organiza la vida afectiva, sexual y reproductiva en torno a un modelo exclusivo, jerárquico y privatizado. Lejos de constituir una elección neutra, la monogamia se presenta como la única forma legítima de amar, convivir y cuidar, estructurando así el acceso a derechos, reconocimiento y ciudadanía.

Este sistema produce efectos materiales y subjetivos profundos, muchos de los cuales pueden y deben ser leídos como formas de violencia: exclusión jurídica, dependencia emocional inducida, patologización del deseo múltiple, vigilancia afectiva, estigmatización de disidencias relacionales, entre otros. A pesar de su potencia disciplinaria, estas formas de violencia rara vez son nombradas. Su invisibilidad no se debe a su falta de consecuencias, sino a su inscripción en una lógica simbólica profundamente naturalizada.

En este contexto, proponemos el concepto de violencias monógamas como una categoría analítica que permita nombrar y comprender los distintos tipos de daño (estructural, simbólico, epistémico, físico y emocional) producidos o facilitados por el sistema monógamo. Esta noción no se centra en un juicio moral sobre quienes sostienen relaciones monógamas, sino en una crítica estructural a un régimen que no solo prescribe una forma de vincularse, sino que penaliza o excluye sistemáticamente las alternativas.

Este enfoque implica un desplazamiento fundamental: no analizaremos únicamente la monogamia como norma (la “mononorma”), sino como sistema social de opresión (el sistema monógamo), con entidad concreta (institucional, legal, material) y abstracta (simbólica, subjetiva, ontológica), que produce sujetos obedientes, aísla a los cuerpos en núcleos reproductivos cerrados, y asegura la reproducción de las condiciones necesarias para el orden estatal y capitalista. En esta línea, sostenemos que el sistema monógamo, lejos de ser un accesorio del poder, constituye uno de sus pilares fundamentales.

La tesis que orienta este ensayo es la siguiente: el sistema monógamo, en tanto estructura civilizatoria y gubernamental, genera y sostiene múltiples formas de violencia (estructural, simbólica, epistémica, física y emocional) que permanecen invisibilizadas por su anclaje en el orden afectivo hegemónico. Nombrarlas como “violencias monógamas” es un acto político de desnaturalización, crítica y apertura hacia nuevas formas de pensar lo íntimo, lo común y lo vivible.

II. La violencia como categoría compleja: tipos, dinámicas y funciones

Para abordar críticamente las violencias monógamas, es necesario partir de una comprensión amplia y politizada del concepto de violencia. Tradicionalmente, la violencia ha sido reducida a su expresión más visible: la agresión física, el daño corporal, la coacción directa. Esta visión limitada, centrada en lo evidente, invisibiliza otras formas de violencia más sutiles, persistentes y socialmente aceptadas, pero no por ello menos reales ni menos destructivas.

Desde la teoría crítica contemporánea, especialmente a partir de autores como Johan Galtung, Pierre Bourdieu y Rita Segato, se ha ampliado el concepto de violencia para incluir dimensiones estructurales, simbólicas y sistémicas. Esta expansión no es meramente conceptual: permite reconocer como violencia aquello que, en muchos contextos, se presenta como neutral, natural o incluso deseable.

A continuación, sistematizamos los principales tipos de violencia relevantes para nuestro análisis:

2.1. Violencia directa o física

Se refiere al daño infligido de manera inmediata y corporal: golpes, agresiones sexuales, encierro forzado, coerción física. Es la forma más reconocida socialmente, pero también la más puntual y localizada. Aunque no es el foco principal de este ensayo, es importante señalar que el sistema monógamo puede facilitar este tipo de violencia al normalizar el control, la posesión y la vigilancia dentro de relaciones cerradas.

2.2. Violencia estructural

Conceptualizada por Galtung, la violencia estructural se ejerce de manera indirecta a través de instituciones y sistemas que impiden la satisfacción de necesidades básicas o el acceso equitativo a derechos. No requiere un agresor identificable: está incorporada en las normas sociales, las leyes, las políticas públicas y las formas de organización económica. La violencia estructural se manifiesta, por ejemplo, cuando la configuración legal del matrimonio excluye o penaliza formas de vida no monógamas, negándoles acceso a herencias, subsidios, reconocimiento parental o vivienda.

2.3. Violencia simbólica

Desarrollada por Bourdieu, esta forma de violencia se basa en la imposición de significados, valores y normas de forma tal que las personas las aceptan como naturales, incluso si son perjudiciales para ellas. No se ejerce “sobre” los cuerpos, sino “a través” de los cuerpos y las subjetividades. Opera por consentimiento inconsciente. La monogamia, cuando es percibida no como una opción sino como lo único legítimo, deseable o moral, se inscribe como violencia simbólica: moldea deseos, reprime posibilidades y genera culpa o vergüenza ante cualquier desviación del modelo dominante.

2.4. Violencia epistémica

Esta forma de violencia consiste en la negación, exclusión o inferiorización de otros marcos de comprensión del mundo. Es la violencia que actúa al impedir que ciertas experiencias, saberes o identidades sean nombradas o legitimadas. En el caso del sistema monógamo, la violencia epistémica se manifiesta cuando no existen categorías para describir experiencias no monógamas sin patologizarlas; cuando no hay palabras para nombrar vínculos no jerárquicos o afectos plurales sin reducirlos a “falta de compromiso”.

2.5. Violencia sistémica

Es el efecto acumulativo de todas las formas anteriores cuando se integran en un entramado social que las reproduce de manera continua. La violencia sistémica no es el resultado de una acción concreta, sino del funcionamiento regular de la sociedad. En este sentido, el sistema monógamo puede ser comprendido como una forma de violencia sistémica en sí mismo, ya que articula múltiples mecanismos (jurídicos, afectivos, culturales) para asegurar que solo un tipo de vínculo sea considerado real, legítimo y protegido.

Esta cartografía de la violencia nos permite observar que las violencias monógamas no son accidentales ni anecdóticas: son producto de un entramado relacional diseñado para mantener el orden civilizatorio que el sistema monógamo sustenta. Leídas desde esta óptica, no se trata de errores individuales o relaciones “tóxicas”, sino de expresiones de una violencia estructurada y estructurante.

III. El sistema monógamo: genealogía, función y poder estructural

El sistema monógamo no es una forma de relación entre otras. No se trata simplemente de una elección afectiva, ni de una convención cultural más o menos cuestionable. Desde una perspectiva filosófico-antropológica libertaria, debe entenderse como una estructura política de organización de la vida que articula la reproducción, la afectividad y la subjetividad de manera funcional al orden estatal, patriarcal y capitalista. Es una institución civilizatoria: produce sujetos, distribuye el deseo, delimita los cuerpos y define qué formas de vida son vivibles.

3.1. De la comunidad al encierro conyugal: origen antropológico

Las investigaciones etnográficas y arqueológicas muestran que la monogamia no es una constante antropológica. Sociedades sin Estado como los Mosuo, Pirahã o los San han organizado la vida afectiva y reproductiva de forma descentralizada, no jerárquica y comunal. En estas sociedades, el parentesco no dependía de la exclusividad sexual ni del contrato conyugal, y el cuidado de la descendencia era compartido, sin las divisiones de género ni la propiedad privada que caracterizan al régimen monógamo.

La aparición de la monogamia está vinculada a la consolidación de la propiedad, la herencia, el patriarcado y la estructura estatal. A través de ella, el deseo fue transformado en obediencia; el vínculo, en deuda; el cuerpo, en territorio a administrar. La pareja conyugal monógama emergió como la unidad mínima de producción civilizatoria, no solo reproductiva, sino también emocional y económica.

Este paso no fue natural ni espontáneo: fue una operación política. Como señala David Graeber, el paso de lo común a lo conyugal fue el momento en que se privatizaron el afecto, el deseo y la reproducción. La pareja cerrada se convierte así en una célula de encierro: sexual, patrimonial y simbólica.

3.2. Monogamia como arquitectura del Estado

El pensamiento anarquista y feminista radical ha contribuido a desmontar la idea de que lo político comienza en las instituciones formales. Como afirma M. E. O’Brien, el Estado no se limita al parlamento o a la policía, sino que habita nuestras relaciones afectivas, nuestros modos de criar, de heredar, de desear. En esta clave, el sistema monógamo no acompaña al Estado, sino que lo precede y lo reproduce. Es su condición de posibilidad.

La familia nuclear (producto directo del régimen monógamo) cumple una función de aislamiento: traslada al ámbito privado las tareas de cuidado, reproducción y sostenibilidad que antes eran comunales. Así, la dependencia entre personas se vuelve virtud, y la precariedad, destino íntimo. La vida afectiva organizada en torno a un solo vínculo garantiza obediencia, escasez emocional y chantaje material.

Desde esta perspectiva, la monogamia no puede ser entendida como forma de amor, sino como tecnología de gobierno, una forma temprana y efectiva de organizar la dominación cotidiana.

3.3. Ontología política de la monogamia

La dimensión filosófica del sistema monógamo es especialmente insidiosa porque no solo organiza lo social, sino que funda una concepción de lo humano. Como muestra la lectura crítica de mitos fundacionales como la Epopeya de Gilgamesh o producciones contemporáneas como Langosta (Yorgos Lanthimos), la capacidad de establecer un vínculo monógamo aparece como condición de humanidad, como pasaje de lo salvaje a lo civilizado.

En este sentido, quien no desea pareja, quien no quiere reproducirse, quien no se somete a la lógica del “nosotros cerrado”, es tratado como un residuo: una falla moral, un error afectivo, una disfunción política. La monogamia funciona así como una ontología social: marca los límites de lo legítimo, lo deseable y lo reconocible como sujeto.

Es esta operación (la conversión de una estructura histórica en condición ontológica) la que permite al sistema monógamo operar con tal eficacia. Al organizar la afectividad desde la escasez, el miedo y la obediencia, produce vínculos que no solo sostienen la vida, sino que la encierran.

IV. Tipologías de las violencias monógamas: estructura, reproducción y participación

Nombrar como violencia ciertas dinámicas afectivas, sexuales o convivenciales dentro del sistema monógamo implica un desplazamiento político profundo. En este apartado no nos limitaremos a identificar actos aislados de daño, sino a examinar cómo las violencias monógamas son producidas, sostenidas y legitimadas por la estructura misma del sistema monógamo, al punto de que muchas de ellas son percibidas como naturales, inevitables o incluso amorosas.

Estas violencias no son únicamente simbólicas. El sistema monógamo produce violencias estructurales, epistémicas, emocionales, físicas, reproductivas y vinculares. Algunas se ejercen sobre lxs sujetxs que se ajustan a su modelo; otras recaen sobre quienes se desvían de él. Muchas de ellas no se presentan como actos de agresión, sino como expresiones de deseo, cuidado, necesidad o compromiso. Esta ambigüedad no las exime de su carácter violento; al contrario, su invisibilidad es una de sus principales fuentes de poder.

A continuación presentamos una tipología tentativa (en constante construcción) de las formas que pueden asumir las violencias monógamas:

4.1. Violencia estructural

El sistema monógamo se encuentra inscrito en las instituciones del Estado y del mercado. Su lógica define el acceso a derechos y recursos: herencias, vivienda, ciudadanía, crianza, asistencia sanitaria. Solo quienes cumplen con el modelo de pareja reconocida (legal, conyugal, monogámica) pueden gozar de determinados beneficios jurídicos y materiales. Quienes viven fuera de este modelo (por convicción o exclusión) enfrentan barreras estructurales que precarizan sus condiciones de existencia. La estructura impone así una forma relacional específica como condición de habitabilidad.

4.2. Violencia simbólica

Esta violencia opera a través de la normalización. El sistema monógamo produce un ideal afectivo que jerarquiza la pareja exclusiva como el centro de la vida emocional, moral y narrativa. Desde esta posición, toda desviación (no monogamia, relacionalidades múltiples, vínculos no jerárquicos) es interpretada como fallida, inmadura o peligrosa. Esta lógica no se impone por la fuerza, sino por consenso: se desea lo que se ha aprendido como deseable. Quien no accede a este modelo es percibide como incompleto o disfuncional. Quien accede, se ve empujade a renunciar a partes de sí mismx para no traicionar la promesa de totalidad que la monogamia encarna.

4.3. Violencia emocional

Bajo el sistema monógamo, las emociones son domesticadas. Se espera que el deseo, el afecto, los celos o las inseguridades se orienten exclusivamente hacia una sola persona, considerada “prioritaria”. Las emociones dejan de ser territorios a explorar y se convierten en recursos a vigilar. Aparece aquí una violencia que no se nombra: responsabilizar a la otra persona de las propias emociones (como si el malestar propio fuera prueba de su falta), o imponer a otres restricciones conductuales para evitar sentimientos indeseables (como celos o inseguridad). Esta dinámica de control emocional, normalizada bajo la etiqueta de “compromiso”, configura un régimen de vigilancia afectiva que puede generar culpa, ansiedad y dependencia.

4.4. Violencia vincular

Una de las expresiones más comunes del sistema monógamo es la erosión de las redes afectivas. Ingresar a una relación monógama suele implicar, explícita o implícitamente, la sustitución de la red previa (amistades, comunidad, familia) por una centralidad exclusiva del vínculo de pareja. Esta reestructuración no es neutra: implica una concentración del cuidado, del tiempo y del deseo en una sola figura, lo cual genera aislamiento, fragilidad relacional y chantaje emocional. La pérdida de esa relación se convierte así en una forma de exilio afectivo.

4.5. Violencia reproductiva y natalista

El sistema monógamo impone también formas de coerción reproductiva. A menudo, se espera que el vínculo de pareja conduzca a la reproducción, no solo biológica, sino también cultural, jurídica o económica. El deseo de tener hijes se convierte en un mandato estructural, reforzado por expectativas familiares, estatales o materiales. Negarse a reproducirse puede ser percibido como traición o inmadurez. Aceptar la reproducción bajo presión constituye una forma de sumisión vital que no siempre es reconocida como violencia, aunque implique renuncia, sobrecarga o autoanulación.

4.6. Violencia epistémica

El sistema monógamo define no solo lo vivible, sino también lo decible. Muchas formas de vínculo, deseo o convivencia carecen de lenguaje para ser nombradas sin patologización. La cultura popular, el derecho, la psicología e incluso las ciencias sociales han operado históricamente como dispositivos epistémicos que legitiman el modelo monógamo y excluyen toda alternativa como desviación, síntoma o utopía. La inexistencia de categorías legítimas para narrar otras experiencias es una forma de silenciamiento que impide reconocer violencias, organizar resistencias o imaginar otros mundos relacionales.

Este mapa no pretende agotar la complejidad de las violencias monógamas, sino abrir un campo para su análisis. Cada una de estas formas puede solaparse con las otras, multiplicarse, y tomar formas distintas según los contextos. Lo que las unifica no es un acto puntual ni una intención consciente, sino su inserción en una arquitectura relacional hegemónica que organiza el deseo desde la escasez, la pertenencia desde el control, y la vida afectiva desde la obediencia.

V. Ejemplos de violencias monógamas: escenas cotidianas de un régimen afectivo

Aterrizar el concepto de “violencias monógamas” en ejemplos concretos nos permite visibilizar lo que, por estar tan naturalizado, suele quedar fuera del radar crítico. No se trata de patologizar relaciones particulares, sino de analizar escenas comunes de la vida relacional desde una perspectiva estructural. Cada una de estas situaciones puede parecer un malentendido, una expresión de amor torpe o una “crisis de pareja”; sin embargo, cuando se repiten sistemáticamente y responden a un orden afectivo hegemónico, se vuelven legibles como formas de violencia.

5.1. Responsabilizar al otrx de las emociones propias

Una de las formas más comunes (y menos cuestionadas) de violencia emocional monógama es la transferencia de responsabilidad afectiva: exigir a la otra persona que regule sus actos, deseos o vínculos para que uno no sienta celos, inseguridad o miedo. Esta dinámica convierte a la pareja en garante del bienestar emocional del otrx, en una especie de regulador externo del mundo interno.

Esta operación suele estar recubierta de frases como “me haces sentir inseguro/a”, “si me quisieras, no harías eso” o “tienes que demostrarme que soy tu prioridad”. Estas exigencias son presentadas como pruebas de amor, pero en realidad funcionan como herramientas de control. La afectividad deja de ser un espacio de libertad para convertirse en un campo de vigilancia. El resultado es culpabilización sistemática del deseo y represión mutua bajo el signo del cuidado.

5.2. Abandono de la red afectiva en favor de la pareja

Ingresar a una relación monógama suele implicar, explícita o implícitamente, una reconfiguración radical de los vínculos previos: amistades, familia, comunidad. La idea de que la pareja debe ser la principal fuente de tiempo, apoyo y lealtad lleva muchas veces a un aislamiento relacional voluntarizado, que debilita las redes de sostén y genera una fuerte dependencia emocional.

Este fenómeno no solo fragiliza a lxs sujetxs, sino que reproduce el modelo de la familia nuclear como célula cerrada y autosuficiente, dificultando la creación de formas colectivas de cuidado. La persona queda atada a un único vínculo que, en caso de romperse, deja un vacío no solo afectivo, sino también logístico, cotidiano, simbólico.

5.3. Imposición de un marco reproductivo normativo

En muchas relaciones monógamas, el deseo (o la negativa) de tener hijes se convierte en un campo de tensión donde el proyecto vital se transforma en mandato estructural. Quien no desea reproducirse puede enfrentar formas de chantaje emocional: “si no quieres hijxs, no te tomas en serio la relación”; “te vas a quedar solx”; “me estás quitando mi oportunidad de ser madre/padre”.

Esta presión no siempre es explícita. Puede operar como una expectativa subyacente, como una línea de tiempo implícita que estructura la relación. Cuando el consentimiento reproductivo se produce bajo la amenaza de la soledad o el abandono, deja de ser libre. Es una forma de violencia reproductiva normalizada, donde el cuerpo se vuelve campo de negociación dentro de un régimen natalista implícito.

5.4. Exigencia de clasificación y etiquetado del vínculo

Otra forma de violencia simbólica es la necesidad compulsiva de definir el vínculo según categorías legitimadas culturalmente: pareja, amigx, amante, etc. Esta necesidad responde a la lógica monógama que no permite espacios intermedios, vínculos híbridos, relaciones que escapen al binarismo jerárquico. “¿Pero qué somos?” no es solo una pregunta emocional: es una demanda de inscripción dentro del sistema de reconocimiento afectivo.

Esta exigencia tiene efectos violentos sobre experiencias que no desean, o no pueden, reducirse a una etiqueta. Impide que los vínculos se desarrollen en su singularidad, forzándolos a entrar en moldes que definen qué es lo real, lo serio, lo válido. En lugar de preguntar cómo se sienten y qué desean, se pregunta cómo se llama lo que tienen.

5.5. Regulación del deseo y la conducta bajo la promesa de amor

Finalmente, una de las violencias más extendidas y menos reconocidas del sistema monógamo es el control sobre el cuerpo y la conducta de la otra persona bajo el disfraz del amor. El deseo debe ser exclusivo. La amistad con ex-parejas se vuelve sospechosa. La cercanía con otrxs se interpreta como amenaza. La independencia es leída como desamor.

Esta lógica convierte al amor en un dispositivo de regulación. La pareja se transforma en territorio vigilado, donde todo gesto, todo silencio y todo afecto debe ser administrado según la economía emocional monógama. Se sacrifica la autonomía en nombre de la seguridad; se sacrifica la libertad en nombre de la fidelidad.

Estos ejemplos no son excepciones patológicas. Son expresiones cotidianas de un régimen afectivo estructural. Lo que se requiere no es una reforma moral de las relaciones, sino una desnaturalización política del sistema que las produce. Las violencias monógamas no se desactivan aprendiendo a “comunicar mejor”, sino cuestionando el marco que define qué vínculos valen, cómo deben organizarse, y a quién se le permite desear qué.

VI. Conclusión: hacia una teoría política de las violencias monógamas

A lo largo de este ensayo hemos propuesto una lectura estructural del sistema monógamo, entendiendo que su función excede lo relacional para operar como una tecnología de poder que organiza el deseo, la subjetividad, la reproducción y el acceso a lo vivible. No estamos ante una simple norma afectiva, sino ante una infraestructura social, jurídica y simbólica que produce obediencia, dependencia y exclusión. Es desde esta perspectiva que hemos propuesto la categoría de violencias monógamas.

Estas violencias (estructurales, simbólicas, emocionales, reproductivas, epistémicas) no son efectos colaterales de relaciones disfuncionales, sino expresiones sistemáticas de un orden afectivo hegemónico. Se inscriben en lo cotidiano, en lo íntimo, en lo que culturalmente se ha definido como “amor”, “compromiso” o “madurez”, operando desde el consentimiento inducido más que desde la imposición visible. Son violencias que muchas veces no duelen “como” violencia, pero que producen encierro, miedo, renuncia y precariedad emocional.

El concepto de violencias monógamas es, por tanto, una herramienta para nombrar lo innombrado, para sacar a la luz aquello que ha sido ocultado bajo la promesa de seguridad afectiva. Nombrarlas no significa condenar a quienes eligen vínculos monógamos, sino denunciar las condiciones estructurales que hacen de esa elección la única legítima, deseable o vivible.

En este sentido, este trabajo no solo propone una crítica, sino que abre un campo inexplorado de pensamiento y práctica política. Proponemos, como punto de partida, el siguiente esquema conceptual:

Marco propositivo inicial para una teoría de las violencias monógamas

  1. Estructura de opresión: El sistema monógamo como arquitectura relacional civilizatoria que organiza la vida en torno a la exclusividad, la jerarquía afectiva y la privatización del cuidado.
  2. Dispositivo normativo: La mononorma como expresión simbólica, emocional y cultural de ese sistema, que define lo deseable, lo legítimo y lo reconocible como amor o vínculo válido.
  3. Formas de violencia generadas o facilitadas: Las violencias monógamas, en plural, como conjunto de daños invisibilizados que afectan tanto a quienes se ajustan al sistema como a quienes lo desafían o quedan fuera de él.
  4. Condiciones de invisibilidad:
    1. La privatización del afecto.
    2. La escasez simbólica de alternativas.
    3. La ausencia de lenguaje legítimo para nombrar otras formas de vida.

Desarrollar una teoría de las violencias monógamas implica romper el consenso afectivo moderno. Significa poner en crisis el relato civilizatorio que transforma el deseo en obediencia, y el amor en contrato. Implica construir nuevas categorías, nuevos imaginarios y nuevos marcos legales y culturales para lo afectivo-común. Implica, en suma, repolitizar el deseo.

Este campo es nuevo, pero no por ello menos urgente. Comenzar a pensar estas violencias es un acto de insubordinación afectiva. Nombrarlas, un gesto fundacional. Porque si, como afirmaba David Graeber, la revolución empieza en las relaciones, entonces la desobediencia afectiva es ya una forma de lucha.

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