Por una estética anarquista de la revolución

I. Introducción: Cómo se imagina una revolución

Antes de hacerse real, toda revolución pasa por la imaginación. No se trata solo de ideas políticas o estrategias organizativas, sino de formas de sentir, narrar y desear el cambio. Por eso, la estética importa. No como adorno, sino como campo de batalla simbólica donde se define qué es una revolución, quién la protagoniza y cómo se reconoce.

Durante más de dos siglos, la revolución ha sido imaginada como un clímax: un momento de ruptura total, una toma del poder, un estallido glorioso. La barricada, el fusil, la bandera. Su forma es la de la epopeya. Su tono es el de la urgencia, el heroísmo y el sacrificio. Incluso cuando fracasa, se representa como tragedia digna. Esta estética, heredera de la política decimonónica y del relato militar-patriarcal, ha colonizado incluso los imaginarios más libertarios.

Pero ¿qué ocurre cuando la revolución no se parece a una batalla, sino a una red de cuidados? ¿Qué pasa cuando no hay clímax, ni toma, ni redención, sino transformación persistente y sin espectáculo? ¿Cómo narrar una revolución que no quiere conquistar el poder, sino disolverlo?

Este ensayo parte de esa pregunta. Y lo hace a través de un encuentro: el de la crítica anarquista al imaginario revolucionario con la propuesta de Ursula K. Le Guin en su Teoría de la bolsa de transporte de la ficción. En ese texto breve y luminoso, Le Guin propone otro modo de contar: no la historia del cazador y su presa, sino la de quien recoge, transporta y sostiene la vida común.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de imaginar la revolución como una barricada. Tal vez la revolución anarquista se parezca más a una bolsa: una forma de portar lo necesario para otro mundo, sin esperar el golpe ni el clímax. Una estética que no construya héroes, sino vínculos.

II. La estética épica de la revolución

La imagen clásica de la revolución está construida como una epopeya. En ella hay un enemigo visible, una tensión acumulada, un punto de quiebre y una resolución: la toma del palacio, la caída del régimen, la proclamación de un nuevo comienzo. Las figuras centrales son el héroe, la multitud enardecida, la bandera ondeando en el humo de la victoria.

Este relato no nació con las revoluciones. Viene de más atrás: de la mitología, del teatro trágico, del modelo de guerra justa. Pero con la Revolución Francesa se consolidó como una forma dominante de imaginar el cambio político. De ahí en adelante, toda revolución que aspirara a ser reconocida como tal debía parecerse a esa forma: concentrada, visible, explosiva, heroica. Una revolución sin épica parecía incompleta.

La estética épica no solo da forma a lo narrado. También moldea lo pensable. Reduce la revolución a una serie de imágenes codificadas: masas marchando, barricadas ardiendo, proclamas encendidas. Define un ritmo (tensión, clímax, resolución) que excluye otras temporalidades. Obliga a buscar el momento culminante, el gesto contundente, el evento memorable.

Incluso en las tradiciones más emancipadoras, esta forma ha sido difícil de evitar. El marxismo clásico, el sindicalismo revolucionario, el antiimperialismo del siglo XX: todos compartieron, en mayor o menor medida, esa sensibilidad. La revolución debía ser reconocida como tal por su intensidad y su forma dramática.

Pero este marco deja fuera muchas cosas. No representa lo cotidiano, lo lento, lo fragmentario. Invisibiliza las prácticas de resistencia que no encajan en el relato del combate. Ignora las transformaciones que no se organizan en torno a la toma del poder, sino a su disolución paulatina. En su forma misma, la épica prepara el terreno para otro mando.

III. El problema con la forma épica

La forma épica es seductora. Ofrece sentido, dirección, un clímax esperable. Pero ese orden narrativo es también un orden político: concentra el valor en el instante decisivo, invisibiliza los procesos largos, y exige figuras fuertes que encarnen el cambio. No solo narra lo extraordinario; descalifica lo que no se ajusta a su lógica.

En ese marco, la revolución aparece como algo que ocurre en los márgenes del tiempo normal: una excepción, una ruptura violenta, una promesa que debe cumplirse de una vez. Lo cotidiano queda relegado al decorado. Las tareas de reproducción, sostenimiento y cuidado (centrales para cualquier transformación real) apenas figuran. Si no hay combate, si no hay fuego, no parece haber revolución.

Esta narrativa, además, favorece la centralización. Para que haya clímax, alguien debe actuar en nombre del colectivo. Para que haya victoria, debe haber mando. La épica requiere héroes, aunque sean colectivos. Y allí donde hay héroes, casi siempre hay jerarquías, exclusiones, silencios.

Desde el anarquismo, este marco no solo es insuficiente: es contraproducente. Reproduce, en el plano estético, la lógica del poder que se quiere superar. Al privilegiar el momento de conquista, oculta las formas de vida que podrían hacer innecesaria la conquista. Al buscar grandes gestos, pierde la potencia de los vínculos sostenidos, los gestos que no imponen, las decisiones que no mandan.

Para imaginar una revolución anarquista, no basta con cambiar los personajes. Hay que romper el formato. Cambiar la forma de contar es parte de cambiar el mundo. Y eso exige mirar hacia otras estéticas, otras narrativas, otras sensibilidades. Como la que propone Ursula K. Le Guin.

IV. Le Guin y la bolsa de transporte

En su breve ensayo La teoría de la bolsa de transporte de la ficción, Ursula K. Le Guin plantea una hipótesis provocadora: que la narrativa dominante en Occidente (centrada en héroes, armas y enfrentamientos) es una extensión del mito masculino del cazador. Una historia construida en torno a lo que se golpea, se conquista o se impone. En cambio, propone otro relato: el de quien recoge frutos, los guarda, los comparte. No la lanza, sino la bolsa.

La bolsa, dice Le Guin, es una de las primeras herramientas humanas. No está hecha para atacar, sino para llevar. Su uso no exige fuerza, sino atención. Es una tecnología del cuidado. Y con ella, propone otra forma de narrar: sin héroes, sin clímax, sin necesidad de violencia para producir sentido.

Aplicado al terreno político, este gesto tiene una fuerza radical. La revolución entendida como bolsa no requiere batallas, sino espacios sostenidos de transformación. No se trata de un momento excepcional, sino de una forma de organización cotidiana que alimenta, sostiene, protege y conecta. La atención se desplaza del gesto espectacular al proceso común. La épica cede lugar al relato de lo que hace posible la vida.

Esta imagen coincide profundamente con la práctica anarquista. En lugar de una gran toma, propone una retirada paciente. En lugar de héroes, relaciones. En lugar de banderas, vínculos. La revolución no es un evento externo que vendrá a cambiarlo todo, sino un modo de relación que ya ocurre cuando el poder deja de ser necesario.

Le Guin no habla directamente de anarquismo, pero su propuesta abre un campo donde imaginar la revolución sin la estética del combate. Un relato que no necesita vencedores para ser significativo. Una forma narrativa capaz de alojar lo lento, lo ambiguo, lo colectivo.

V. Hacia una estética de la prefiguración

Si la revolución anarquista no se organiza en torno al poder, tampoco puede representarse desde las formas que ese poder ha naturalizado. Necesita otra estética: una que no glorifique el asalto ni reduzca la transformación a un momento excepcional. Una estética capaz de acompañar los procesos sin domesticarlos, de narrar sin imponer forma, de sostener lo común sin monumentalizarlo.

Esta estética no se apoya en grandes símbolos ni gestos definitivos. Prefiere los procesos abiertos, las formas fragmentarias, los relatos compartidos. No hay protagonista central, sino multiplicidad de voces. No hay clímax, sino continuidad interrumpida, conflicto sostenido, construcción sin final. En lugar de elevar lo visible, se interesa por lo que mantiene la vida: redes, afectos, cuidados, silencios.

Visualmente, narrativamente, emocionalmente, esto supone un cambio profundo. La barricada no desaparece, pero deja de ser el centro. A su lado, aparecen otras imágenes: la cocina común, la reunión que no termina en votación, el gesto de ayuda mutua que no espera reconocimiento. Escenas sin épica, pero con potencia real.

Esta estética ya existe, dispersa, a veces marginal. Se encuentra en las comunidades que se organizan sin jefes, en las formas de arte que rehúyen el espectáculo, en la arquitectura participativa, en los archivos colectivos, en las narrativas que huyen del héroe para explorar los vínculos. No se impone como modelo. Se ofrece como posibilidad.

Imaginar así la revolución no es renunciar a su fuerza. Es reconocer que esa fuerza no necesita ser grandiosa para ser transformadora. Que una narrativa más humilde puede contener formas de ruptura más profundas. Y que el mundo que queremos construir no llegará cuando se derrumbe el anterior, sino cuando aprendamos a dejar de repetirlo en nuestras propias formas de imaginar.

VI. Conclusión: Imaginar otra revolución para poder vivirla

La revolución no empieza con una toma, sino con una renuncia. No a la acción, sino al guion heredado que define qué cuenta como cambio. Mientras la imaginación esté capturada por la épica, la transformación seguirá ligada al poder, aunque se disfrace de justicia.

El anarquismo propone otro camino: no conquistar el mundo, sino dejar de reproducirlo tal como es. Esa tarea exige una estética distinta. Una sensibilidad que valore el proceso sobre el clímax, el vínculo sobre el mando, la persistencia sobre el impacto. No se trata de hacer propaganda de lo modesto, sino de reconocer su potencia política.

Como decía Le Guin, no todo relato necesita una espada. A veces basta una bolsa que contenga lo necesario para continuar. En ella caben los silencios, las decisiones compartidas, los gestos que no buscan brillar. En esa otra forma de imaginar, la revolución no estalla: se cultiva.

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