Energía, poder y vida más allá del colapso
I. Introducción: La vida como intercambio
Toda sociedad necesita energía para existir. Desde los grupos humanos más antiguos hasta las civilizaciones industriales, la vida social se ha sostenido sobre una base material: alimentos, calor, fuerza de trabajo, recursos naturales. Esta relación permanente entre sociedad y naturaleza es lo que se conoce como metabolismo social: el conjunto de flujos de materia y energía que hacen posible la reproducción de la vida colectiva.
Pero el metabolismo no es neutro. Está moldeado por las formas de organización social, por quién decide cómo se accede a la energía, quién la controla, cómo se distribuye y con qué fines se utiliza. No es lo mismo una comunidad que caza y recolecta para vivir que un Estado centralizado que moviliza ejércitos o una empresa transnacional que perfora la tierra para extraer petróleo. La estructura energética revela el tipo de sociedad que la sostiene.
Hoy vivimos dentro de un metabolismo que está profundamente desequilibrado: dependiente de fuentes de energía finitas y destructivas, basado en la explotación intensiva de cuerpos y territorios, guiado por la lógica de la acumulación infinita. Este modelo no solo es insostenible a largo plazo; ya está colapsando en múltiples niveles: climático, ecológico, económico, social. Y sin embargo, las instituciones dominantes insisten en mantener su forma, disfrazando la continuidad con discursos de transición o innovación.
Frente a esto, este ensayo propone un cambio de mirada. En lugar de gestionar la crisis desde dentro, necesitamos replantear el metabolismo social desde una perspectiva libre, ecológica y descentralizada. Para ello, dialogaremos con el análisis de En la espiral de la energía, una obra que ofrece una genealogía rigurosa de las relaciones entre energía, poder y sociedad, y lo cruzaremos con la crítica radical de la antropología anarquista, que señala cómo las formas de dominación se inscriben no solo en instituciones políticas, sino también en los flujos básicos de la vida.
El objetivo no es ofrecer soluciones técnicas, sino abrir preguntas políticas sobre cómo queremos vivir, qué tipo de relaciones podemos construir sin depender de estructuras destructivas, y cómo recuperar la autonomía energética, alimentaria y afectiva como base para una libertad real.
II. Historia del metabolismo: de la comunalidad a la máquina
El metabolismo social de los primeros grupos humanos se organizaba en torno a límites naturales y vínculos comunitarios. Cazadores-recolectores, pastores nómadas o sociedades horticultoras compartían un patrón común: autonomía local, baja densidad energética y una relación ajustada al entorno. No acumulaban más de lo necesario, no separaban producción de reproducción, y no existía una figura central que controlara los flujos vitales. La energía (obtenida de animales, plantas, el propio cuerpo) era escasa pero suficiente para sostener la vida en común.
Con la domesticación de plantas y animales comenzó una transformación profunda: el excedente. Por primera vez, grupos humanos pudieron acumular más energía de la que consumían a diario. Este cambio permitió cierta estabilidad, pero también abrió el camino a nuevas formas de desigualdad y control. Quien administraba el grano almacenado o controlaba el acceso al agua comenzaba a concentrar poder.
Las primeras civilizaciones estatales (Mesopotamia, Egipto, China, Mesoamérica) fueron también los primeros experimentos de centralización metabólica. Basaban su funcionamiento en sistemas agrícolas extensivos, canalización de aguas, construcción de ciudades y trabajo forzado o esclavo como fuente principal de energía productiva. El cuerpo humano (subordinado, castigado, movilizado) se convirtió en la primera “máquina” que permitió la expansión estatal.
Con el capitalismo, este proceso se aceleró y tomó una nueva forma. A partir de la Revolución Industrial, la energía fósil (primero carbón, luego petróleo y gas) sustituyó al trabajo humano como fuente principal de fuerza. Esto permitió niveles inéditos de crecimiento, urbanización, consumo y militarización. Pero también disoció completamente la percepción de los límites físicos de la naturaleza. La energía parecía ilimitada, la productividad infinita, la máquina inagotable.
El capitalismo fósil impuso así un metabolismo social de alta intensidad, centralizado, extractivo y alienante. La acumulación no depende solo del trabajo, sino también del saqueo energético de la tierra y de los cuerpos, especialmente los cuerpos feminizados y racializados, que sostienen la reproducción social bajo condiciones de precariedad y violencia.
Esta historia no es lineal ni inevitable. Han existido múltiples formas de organización metabólica a lo largo del tiempo que escapaban al control centralizado y que, como veremos, pueden inspirar horizontes de autonomía en el presente. Pero el trazo dominante ha sido claro: cuanta más concentración de energía, más jerarquía y más dominación. La máquina no es solo técnica; es también política.
III. Energía, poder y colapso: el diagnóstico ecosocial
El modelo energético sobre el que se sostiene nuestra civilización está en crisis. El uso masivo de combustibles fósiles ha permitido multiplicar exponencialmente la capacidad de extracción, producción y transporte, pero a un costo ecológico, social y político insostenible. El capitalismo global se comporta como una máquina que consume energía a ritmos incompatibles con los ciclos naturales de regeneración.
Según En la espiral de la energía, nos encontramos en una fase crítica del proceso histórico. No solo porque las fuentes fósiles están en declive (con tasas decrecientes de retorno energético), sino porque el modelo de sociedad que depende de ellas es estructuralmente incapaz de adaptarse a una situación de menor disponibilidad energética sin entrar en conflicto con sus propias lógicas de acumulación y expansión.
Esto significa que el colapso no es simplemente un escenario posible, sino un proceso ya en curso: degradación ambiental, pérdida de biodiversidad, crisis climática, desplazamientos forzados, guerras por recursos, crisis alimentarias, desigualdad creciente. Y frente a esta realidad, las respuestas dominantes siguen atrapadas en la misma lógica que ha producido el problema.
El llamado “capitalismo verde” o las promesas de transición energética tecnocrática no cuestionan la estructura centralizada del metabolismo fósil. Se limitan a sustituir fuentes sin modificar el patrón de consumo, la escala de producción ni la concentración del poder. La tecnología no sustituye el conflicto social, solo lo desplaza.
Desde una perspectiva anarquista, esto no es un accidente. Las infraestructuras modernas (energéticas, logísticas, informáticas) no son meramente técnicas: están diseñadas para consolidar el control central, la dependencia, la obediencia. El Estado, lejos de ser un garante de la transición, es parte del aparato que garantiza la continuidad del metabolismo fósil, no su transformación.
Además, el colapso no es igual para todxs. Afecta con más crudeza a quienes ya sostenían los costos invisibles del sistema: comunidades racializadas, campesinas, mujeres, migrantes. Mientras unos pocos acumulan poder para gestionar el descenso con control, la mayoría es arrojada al despojo o a la vigilancia.
Reconocer este diagnóstico no implica resignación. Implica asumir que una transición real no será dirigida desde arriba ni resuelta por nuevas tecnologías, sino por una transformación profunda del modo en que se organizan los flujos de energía, de trabajo, de tiempo y de vida. Una transformación que empieza por reapropiarnos de nuestra capacidad de decidir cómo queremos vivir.
IV. Una ecología anarquista: relocalizar, desjerarquizar, recomponer
Si el metabolismo social actual está construido sobre jerarquía, dependencia y extracción, pensar una alternativa implica desmontar esos pilares y reorganizar la vida en torno a otros principios: autonomía, cooperación, sostenibilidad y descentralización. Esta no es una propuesta técnica, sino política y ética. No se trata de cambiar de fuentes de energía, sino de transformar las relaciones sociales que las hacen necesarias.
Desde la antropología anarquista, sabemos que han existido y aún existen formas de vida que funcionan con un metabolismo más equilibrado y justo: comunidades que se organizan sin Estado, pueblos indígenas que gestionan sus recursos sin destruirlos, redes de apoyo mutuo que sostienen la vida sin jerarquías ni propiedad privada. Estos ejemplos no son residuos del pasado, sino posibilidades concretas que desafían la idea de que solo hay una forma de vivir en sociedad.
Inspirándonos en En la espiral de la energía, podemos imaginar un nuevo metabolismo social que se base en los siguientes principios:
- Descentralización energética: transitar hacia sistemas locales y comunitarios de energía renovable, apropiables y gestionables sin mediaciones corporativas ni estatales.
- Relocalización productiva: producir cerca de donde se consume, reducir la dependencia de cadenas globales de valor y reconstruir economías territoriales integradas y sostenibles.
- Soberanía alimentaria: priorizar la agroecología, los saberes campesinos y la autonomía de las comunidades frente al control corporativo de semillas, tierras y mercados.
- Recuperación del tiempo común: salir de la lógica productivista que convierte todo en urgencia, recuperando ritmos vinculados al cuerpo, al cuidado y a los ciclos naturales.
- Tecnologías convivenciales: como propuso Ivan Illich, elegir herramientas que potencien la autonomía y no impongan dependencia técnica, financiera o institucional.
- Reorganización del trabajo reproductivo: poner en el centro los trabajos que sostienen la vida (alimentación, salud, cuidados), distribuyéndolos de forma equitativa y no mercantilizada.
Este tipo de reorganización no puede ser dirigido desde arriba. Exige procesos lentos, arraigados y participativos. Implica tensiones, aprendizajes, conflictos. Pero también abre un horizonte realista y deseable: una forma de vida que no necesite devorar energía, cuerpos y territorios para sostenerse.
Construir ese metabolismo requiere una ruptura: no sólo con los combustibles fósiles, sino con el imaginario que los hizo inevitables. Lo que está en juego no es solo una transición energética, sino una reapropiación colectiva de la vida.
V. Conclusión: Vivir sin devorar
El metabolismo social no es una abstracción técnica: es la forma concreta en que una sociedad organiza su existencia, se vincula con la naturaleza y distribuye la energía necesaria para sostener la vida. Hoy, ese metabolismo está al borde del colapso, no por escasez material, sino por exceso de control, desigualdad y violencia sistémica.
Frente a esta crisis, no basta con cambiar de fuente energética o confiar en la eficiencia tecnológica. Necesitamos desmontar la estructura que convirtió la energía en herramienta de dominio y reconstruir, desde abajo, otras formas de relación con el mundo: más lentas, más justas, más habitables.
Este ensayo ha intentado trazar un mapa pedagógico y político: comprender cómo se ha configurado el metabolismo actual, identificar sus límites y abrir caminos para una reorganización radical basada en la autonomía, el cuidado y la reciprocidad. Ni retorno romántico al pasado ni promesa futurista: reconstrucción deliberada del presente desde formas de vida que ya existen y resisten.
Vivir sin devorar no es retroceder, es avanzar hacia una forma de libertad que no se mide por la potencia de consumo, sino por la capacidad de sostener la vida sin destruirla. No se trata de adaptar el metabolismo a los límites ecológicos, sino de reaprender a vivir dentro de ellos con dignidad y sentido común.
Esa tarea no la hará ningún gobierno ni ninguna empresa. Es un proceso colectivo, horizontal y abierto. Como todo lo que vale la pena sostener.
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