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I. Ladridos de autoridad
Hay una escena que se repite con grotesca solemnidad en todas las patrias del mundo: un desfile de uniformes relucientes, botas brillantes, miradas severas que pretenden inspirar confianza… o miedo. Da igual. Lo que importa es el efecto: la escenografía del orden. Policías, militares, gendarmes, antidisturbios (perros amaestrados del Estado) que se pavonean como si fueran algo más que engranajes. Como si hubieran sido tocados por alguna gracia ética, elevados a guardianes morales de la sociedad. Como si vestir un uniforme bastara para redimir toda violencia.
Este ensayo es una dentellada contra esa ilusión. No es una denuncia, porque denunciar implicaría esperar justicia del sistema que los creó. Es una desfiguración, un desgarrón en la máscara de autoridad que se han arrogado quienes, al servicio del poder, caminan como si fueran semidioses armados. Hablamos de esos que, armados hasta los dientes, patrullan las calles creyéndose faros éticos, cuando en realidad no son más que perros con ínfulas: sirvientes que han confundido la cadena con un cetro.
Desde la radicalidad libertaria, y con la rabia estética del punk, este texto escupe sobre la veneración de la autoridad, sobre la propaganda que convierte la bota en símbolo de salvación, y sobre la arrogancia de aquellos que, en nombre del orden, se creen el orden mismo. No hay redención posible para el que golpea con orgullo. Sólo burla, resistencia y desobediencia.
II. El mito del salvador uniformado
Toda dominación duradera necesita un mito que la justifique. Y el Estado, ese aparato de domesticación masiva, ha construido el suyo con particular esmero: el de los salvadores uniformados. No basta con que el poder reprima; necesita que lo amen por ello. Por eso se nos bombardea desde niños con cuentos de héroes con placas, soldados que “dan la vida por la patria”, policías que “nos cuidan” de un enemigo difuso (el crimen, el caos, el otro), siempre convenientemente encarnado en los pobres, los disidentes, los migrantes o cualquier cuerpo fuera de norma.
A través del cine, la escuela, las efemérides patrias y la prensa corporativa, se imprime en la mente colectiva una ficción cuidadosamente diseñada: la de que esos hombres y mujeres armados son parte del pueblo, están con el pueblo, y actúan por el bien común. Se nos enseña a aplaudir cuando marchan en fila, a llorar cuando mueren en servicio, a agradecer cuando nos interrogan o nos revisan las mochilas.
Pero esta narrativa no es un error: es ideología en su forma más pura. Y como toda ideología dominante, oculta más de lo que muestra. Porque lo que se presenta como protección es, en realidad, control. Lo que se vende como sacrificio es obediencia interesada. Y lo que se exalta como moral es, muchas veces, sadismo institucional con uniforme y justificación legal.
Desde la antropología anarquista (como la de David Graeber o las tradiciones descentralizadas que estudió Kropotkin) sabemos que las sociedades no necesitan ejércitos ni policías para existir con orden. La coerción no es una condición del lazo social, sino una deformación interesada de este. El mito del salvador uniformado es precisamente eso: un mito. Y como todo mito fundacional del poder, exige rituales, sangre y silencios.
En el fondo, el uniforme no protege: vigila. No ampara: somete. Y quienes lo portan, no importan tanto como individuos sino como símbolos de obediencia maquillada de virtud.
III. La estética de la obediencia
El uniforme es mucho más que tela militarizada: es símbolo, es guion, es máscara. Cuando alguien se lo pone, no solo adquiere un rol institucional, sino que también entra en una dramaturgia cuidadosamente escrita por el poder. La estética del uniforme es la estética del control: simetría, rigidez, impersonalidad. Cada botón es una orden. Cada hebilla, una frontera. Cada bota, una amenaza.
Este no es un detalle menor. El Estado sabe que la autoridad no se sostiene solo con armas, sino con símbolos. El uniforme convierte al cuerpo en extensión del poder, desdibujando la individualidad y reafirmando el mensaje: aquí no hay personas, hay funciones. No hay pensamiento, hay obediencia. No hay ética, hay reglamento.
Frente a esta imagen se alza otra, completamente opuesta: la del punk. Harapos, tachuelas, manchas, pelos de colores, gritos visuales contra la normalización. Mientras el policía o el militar encarna la supuesta pureza del orden, el punk encarna la belleza de la rabia, del ruido, del error. Uno camina con la frente en alto, creyéndose necesario. El otro se arrastra por los bordes, sabiendo que no lo es, y por eso escupe verdades que no pueden decirse con voz pulcra.
La estética punk no es solo una cuestión de moda: es una respuesta corporal al dogma. Es el cuerpo diciendo “no” al uniforme, a la cadena, al himno. Es desobediencia llevada al plano visual, una desprogramación simbólica que recuerda que antes del Estado, del ejército y de la policía, ya existía comunidad, conflicto y resolución sin jerarquía.
Así como el uniforme busca disciplinar, el punk se indisciplina. Donde uno exige silencio y respeto, el otro canta en gritos y desafina. Es por eso que los uniformados odian al punk, no por lo que hace, sino por lo que representa: una vida fuera del rebaño, una ética sin cañones, una moral sin medallas.
IV. Narcisismo armado: cuando el perro se cree pastor
El aparato represivo no se limita a disciplinar cuerpos; moldea conciencias. A fuerza de rituales, símbolos y recompensas, el policía o el militar internaliza el relato del Estado hasta convertirlo en parte de su identidad. Ya no se ve a sí mismo como engranaje, sino como paladín. No como servidor de un orden impuesto, sino como garante del bien. Es aquí donde el uniforme deja de ser atuendo funcional y se convierte en segunda piel, en espejo narcisista donde el sujeto se contempla como héroe.
Este delirio moral, cultivado desde las academias castrenses hasta los reality shows de “fuerzas especiales”, produce una figura especialmente peligrosa: la del agente convencido de su superioridad ética. El que ya no actúa por mandato, sino por “vocación”. El que justifica cada golpe, cada detención arbitraria, cada ejecución extrajudicial, con la lógica de la cruzada. Ya no es un perro del amo: es el pastor iluminado que cree saber qué es lo mejor para el rebaño, aunque eso implique masacrarlo.
La colonización simbólica es tan profunda que ha llegado a instalar a los propios agentes en los espacios educativos. Desde hace años, las fuerzas policiales han sido invitadas (con complicidad institucional) a ingresar en centros escolares para dar “charlas pedagógicas” sobre convivencia, civismo, e incluso violencia de género. Se naturaliza que un cuerpo armado entre en un aula a hablar de empatía mientras porta el instrumento mismo de la represión. Así, se produce la grotesca paradoja de que por la mañana un grupo de niños escuche a un policía dar lecciones sobre igualdad, y por la tarde ese mismo cuerpo policial apalee en plena calle a una mujer afrodescendiente migrante, con su hijo autista de la mano, por atreverse a criticar una identificación racista. La moral del garrote se disfraza de educación pública.
La arrogancia no surge a pesar de la institución: es su producto más acabado. Se premia la brutalidad eficiente, se aplaude la insensibilidad como profesionalismo, se venera al más leal —no al más justo. En este teatro invertido, la empatía es debilidad, y la duda, traición.
No faltan ejemplos: policías que posan con armas confiscadas como si fueran trofeos de caza, militares que se graban en TikTok al ritmo de himnos patrióticos, y hasta campañas que los presentan como modelos a seguir, como si el uso institucional de la violencia pudiera traducirse en virtud. Es un narcisismo que se alimenta del miedo social y de la ignorancia histórica: cuanto menos se comprende el origen represivo de estas figuras, más fácil es aplaudirlas.
Desde una visión anarquista, esto no es sólo un error de percepción. Es una estrategia eficaz: la del dominador que convence al dominado de amar al verdugo, y al verdugo de que su labor es divina. Es aquí donde se vuelve urgente la burla, el grito, la performance disidente. No para convencer al perro, sino para dejar de temerle. Porque nada es más peligroso que un hombre armado que cree estar haciendo el bien.
V. La verdadera amenaza: perros sueltos con ínfulas
El discurso dominante aún insiste en que los cuerpos represivos «deberían protegernos». Pero desde la perspectiva anarquista, no hay lugar para ese deseo. La policía no nació para cuidar: nació para disciplinar. El ejército no existe para salvar: existe para someter. La idea de que estas instituciones han fallado en su función protectora es una trampa conceptual: han sido siempre herramientas de control, de contención del conflicto social, de defensa de la propiedad, y de castigo a quien desborda los límites de lo permitido por la legalidad del privilegio.
La propaganda estatal, sin embargo, ha sido eficaz. Tan eficaz que ha logrado instalar esta fábula no sólo en la población, sino en los propios agentes. El policía no sólo se cree útil: se cree virtuoso. El militar no sólo se cree necesario: se cree sagrado. Ya no basta con que repriman: ahora lo hacen convencidos de estar salvando el mundo. Esa interiorización ideológica (ese narcisismo armado) es la verdadera amenaza. No es el perro rabioso el más peligroso, sino el que se cree guía espiritual.
Esta distorsión de la realidad produce fenómenos grotescos. Un agente que detiene arbitrariamente a un joven racializado, lo cachea, lo humilla, y luego vuelve a casa a contar que “cumple con su deber”. Otro que dispara contra una protesta, y luego reza antes de dormir porque “sirve a su patria”. Es la normalización del castigo, el decorado moral del autoritarismo, la glorificación del deber sobre la empatía.
Y lo peor: nadie se atreve a señalar al emperador desnudo, porque se ha enseñado a la sociedad que cuestionar a la policía es cuestionar la seguridad, que criticar al ejército es traicionar a la nación. La lógica totalitaria se camufla de orden democrático. Mientras tanto, los perros siguen sueltos, condecorados, y convencidos de que lamen por amor.
Frente a esto, la crítica libertaria no propone reformas ni mejores entrenamientos. Propone desobediencia, desmitificación, ruptura. No hay modo humano de “reformar” a quien cree tener un mandato moral para violentar. Lo único posible es despojarlo de ese pedestal simbólico, desmontar el altar donde se lo venera, y recordar que detrás del uniforme no hay virtud: hay función. Y la función es reprimir.
VI. Conclusión: mordiscos desde el subsuelo
No se trata de redención. No se trata de reforma. No se trata de pedir que los perros dejen de ladrar o que muerdan más suave. Se trata de dejar de confundir al perro con el pastor, de entender que su lealtad no es hacia la vida, sino hacia la cadena. Que su moral no es un principio, sino un disfraz.
El orden que custodian no es neutro: es el orden de las desigualdades, de las fronteras, del privilegio armado. Por eso el uniforme les da un sentido, y por eso se aferran a él como a una identidad: sin él, serían simplemente cuerpos obedientes, incapaces de sostener la mirada cuando el amo se retira. Pero con él… con él se sienten superiores, se sienten elegidos.
Frente a esto, la respuesta no puede ser tímida. No se combate el mito con diplomacia. Se combate con escarnio, con ruido, con ruptura. Con la risa sucia del punk que dice verdades que no caben en discursos, con el grafiti que ensucia la estatua del soldado, con la canción que insulta al cuerpo armado mientras en la calle se organiza otra forma de vivir, sin pastores ni perros.
Hay que bajarlos del pedestal. Hay que cortar el relato con cuchillas de crítica. Porque ningún poder cede su trono sin gritos, sin grietas, sin fuego. Porque nadie se libera pidiendo permiso a quien porta el arma. Y porque, al final, no hay nada más patético que un perro creyéndose león mientras lame botas.
Que se queden con sus medallas. Que se ahoguen en sus himnos. Nosotros seguiremos aquí, mordiendo desde el subsuelo, recordando que ningún uniforme podrá contener lo que ya se desbordó.
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