Contra la toma del poder, por la abolición de su necesidad
I. Introducción: No queremos el poder, ni siquiera nuestro
Durante dos siglos, la revolución ha sido pensada como la gran ruptura: el momento en que el pueblo se alza, toma el poder y lo pone al servicio de un nuevo orden. Se ha celebrado como el punto de giro, la conquista del Estado, el nacimiento de la historia desde abajo. Pero para la tradición anarquista, esta imagen no es liberadora, sino una trampa.
El problema no está solo en los medios (las vanguardias, la violencia, el mando provisional) sino en los fines mismos. No se trata de quién manda, ni de cómo reparte el poder. Lo que está en juego es otra pregunta: ¿por qué debería alguien mandar?
Este ensayo explora, desde el pensamiento de David Graeber, una forma distinta de entender la revolución. No como evento, ni como conquista, ni como etapa intermedia. Sino como una práctica cotidiana que no espera el poder ni lo necesita. A esto lo llamó prefiguración política: construir desde ahora los vínculos, las formas de decisión y los modos de vida que hagan innecesaria toda autoridad.
Lo que sigue es una defensa de esa forma de revolución sin promesa, sin toma, sin épica. Una revolución que ya ocurre, aunque no se anuncie.
II. La revolución como ilusión de poder
La revolución moderna nace con el Estado. Su forma está marcada por la guerra, por la toma de instituciones y por la construcción de nuevas jerarquías en nombre del cambio. Hereda de la religión su estructura de promesa: sufrimiento ahora, redención después. La historia se organiza en torno a un momento esperado, una ruptura que lo reconfigurará todo.
En las revoluciones clásicas (Francia, Rusia, China) lo que se destruye es una forma de poder, y lo que se construye es otra. Cambia el mando, no su lógica. Se celebran como triunfos del pueblo, pero ese mismo pueblo queda subordinado a nuevas estructuras. En muchos casos, más eficaces y racionalizadas, pero igual de jerárquicas.
Graeber advierte que esta idea de revolución es parte del problema. No porque haya sido mal aplicada, sino porque su premisa central es errónea: que el poder puede ser justo si está en las manos correctas. Para el anarquismo, esa distinción es falsa. La autoridad, aunque se pinte de rojo o se organice en consejos, sigue siendo un mecanismo de obediencia.
La ilusión revolucionaria moderna es pensar que el poder puede cambiar de signo sin cambiar de naturaleza. Que puede volverse instrumento del bien sin dejar de ser poder. Pero todo poder que se impone, incluso con fines nobles, sostiene la separación entre quien decide y quien obedece. Esa es la raíz que el anarquismo rechaza.
III. ¿Qué es la prefiguración política?
La prefiguración política es la práctica de vivir ya según los principios del mundo que se desea. No como ensayo o preparación, sino como afirmación presente. Para David Graeber, esta es la base de toda política verdaderamente anarquista: actuar aquí y ahora como si la libertad fuera posible, y organizarse en consecuencia.
En lugar de medios que justifiquen fines (el sacrificio del presente por la promesa del futuro), la prefiguración rechaza esa separación. No se trata de construir poder para usarlo bien después, sino de crear relaciones donde el poder deje de tener sentido. La revolución no es un puente hacia otro mundo, sino el modo en que este empieza a transformarse.
Estas prácticas no son marginales ni simbólicas. Son concretas: decisiones tomadas por consenso, cooperativas sin jefes, redes de cuidado mutuo, espacios donde nadie manda y nadie obedece. No se busca escalar, institucionalizar ni conquistar. Se busca sostener formas de vida que ya no necesitan la lógica del mando.
La prefiguración no es una estrategia menor, ni una espera pasiva. Es una forma de acción profundamente comprometida con la coherencia entre medios y fines. Lo importante no es llegar, sino no traicionar en el camino lo que se quiere construir. Por eso no acepta atajos: porque ningún atajo hacia la libertad puede pasar por la dominación.
IV. Ética anarquista de la acción presente
Prefigurar la libertad no es cómodo ni puro. Implica sostener formas de vida que desafían al orden sin aislarse de él. Es actuar desde una tensión constante: habitar un mundo regido por la dominación mientras se rechazan sus lógicas en lo cotidiano. No se trata de crear burbujas intactas, sino de ensayar vínculos que resistan, aunque sean frágiles.
Esta forma de acción exige una ética: atención permanente a las relaciones que se construyen, vigilancia sobre los medios que se emplean, disposición a corregir sin imponer. No hay delegación, ni excusas tácticas. La coherencia no es perfección, sino compromiso con lo que se declara: vivir la libertad en lugar de prometerla.
La responsabilidad no pasa por representar a nadie ni por planificar el curso de la historia. Consiste en hacerse cargo del mundo que se crea con cada decisión, sin postergar su sentido. La ética anarquista no espera condiciones ideales. Sabe que cada momento es una ocasión para decidir si se reproduce la lógica del poder o se rompe con ella.
Por eso, más que una doctrina, la acción presente se convierte en un criterio: no reforzar aquello que se quiere disolver. Aunque esa disolución sea parcial, contradictoria o inestable. Lo importante no es la pureza, sino la dirección: vivir como si el poder no fuera necesario, y demostrarlo en la práctica.
V. Contra el poder, no solo contra su mala gestión
El anarquismo no discute cómo debería organizarse el poder, sino si debería existir en absoluto. No propone mejores gobiernos ni nuevas legitimidades, sino otra lógica para lo común: sin mando, sin representación, sin obediencia. Frente a proyectos que buscan reorganizar el dominio, su apuesta es más radical: vivir sin él.
Muchas propuestas revolucionarias, incluso las más críticas con el sistema, conservan una fe en el poder transformado. Piensan que el problema está en las manos equivocadas o en la estructura corrompida. El anarquismo corta más hondo: no hay forma justa de mandar sin reproducir la subordinación.
Esa ruptura no se basa en un rechazo absoluto de toda coordinación o acuerdo, sino en la negativa a resolver el conflicto mediante imposición. Implica formas de organización donde las decisiones no requieren autoridad, donde la adhesión es libre, revocable y situada. No hay necesidad de una estructura central cuando los vínculos se sostienen desde la confianza y la afinidad.
Por eso la crítica anarquista no es solo política, sino ética. Se opone a la idea misma de que alguien tenga el derecho de decidir por otrxs. No hay redención posible en una forma de organización basada en la obediencia, por más que se le cambien los fines o los emblemas.
Construir una alternativa no requiere conquistar el poder, sino dejar de estructurar nuestras vidas en torno a él. Ahí está el corte profundo: no en gestionar el mando de forma horizontal, sino en hacer evidente que el mando no es necesario.
VI. Conclusión: Revolución sin promesa, libertad sin permiso
La idea de que la revolución consiste en tomar el poder para ponerlo al servicio del pueblo ha definido la política emancipadora durante generaciones. Pero el anarquismo propone otra cosa: no organizar la libertad desde el poder, sino organizar la vida para que el poder no sea necesario.
En el pensamiento de David Graeber, esta ruptura se expresa en la prefiguración: construir desde ahora las formas de relación que encarnen otros valores, sin esperar el momento adecuado ni el contexto favorable. No hay plan maestro ni garantía de triunfo. Lo que hay es decisión: sostener la posibilidad de vivir de otra manera en medio de un mundo que insiste en lo contrario.
La revolución ya no aparece como un evento, sino como una forma de compromiso continuo con la libertad concreta. No necesita proclamarse, ni representarse. Se hace real cuando las estructuras jerárquicas dejan de ser imprescindibles, y eso se prueba viviéndolo.
En lugar de prometer el cambio, la prefiguración lo encarna. En lugar de pedir permiso, lo practica. No hay conquista, solo retirada. Y en esa retirada, no se pierde el mundo: se abre otro.
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