Táctica libertaria contra la megamáquina
Introducción: La verdad del sistema y la acción directa
“Cuando la ley es injusta, el lugar del justo es la desobediencia.”
— Henry David Thoreau
En un mundo donde la maquinaria del poder ha aprendido a camuflar su violencia bajo los ropajes de la legalidad, el progreso y la eficiencia, toda forma de interrupción aparece como una amenaza. El sabotaje, en este contexto, no es solo un acto físico contra engranajes y estructuras: es una grieta en el relato dominante. Es una forma de decir «no» sin pedir permiso, una intervención directa que desvela lo que el sistema necesita ocultar para perpetuarse.
En este ensayo, me propongo hacer un elogio del sabotaje entendido no como violencia gratuita, sino como una táctica no-violenta, profundamente ética, dirigida no contra cuerpos ni vidas, sino contra cosas inanimadas (infraestructuras, dispositivos, sistemas) que sostienen la continuidad de un orden civilizatorio que ha declarado la guerra a la vida. Un orden basado en la explotación sistemática de cuerpos racializados, de territorios colonizados, de ecosistemas convertidos en mercancía.
Frente a esta megamáquina de muerte, el sabotaje aparece como una forma radical de cuidado: una herramienta para desacelerar la destrucción, para visibilizar lo invisible, para recordar que la obediencia no es una virtud cuando lo que se obedece es el colapso.
Desde una mirada libertaria, antiautoritaria y anticolonial, propongo situar el sabotaje como una de las principales formas de acción hacia afuera de las comunidades autónomas. No como un gesto de desesperación, sino como una táctica lúcida que revela, a su modo, que este sistema no solo no funciona, sino que no puede funcionar sin arrasarlo todo. Y por eso, sabotearlo no es atacarlo: es traerlo de vuelta a la realidad.
II. Genealogía del sabotaje: de la fábrica a la autonomía
“La destrucción es también una forma de creación.”
— Mijaíl Bakunin
Desde que existe la imposición del trabajo como obligación externa, ha existido también la resistencia a él. Mucho antes de que el término sabotaje tomara forma, pueblos, individuos y comunidades han encontrado modos de interrumpir, ralentizar o escapar de las estructuras que buscan capturar sus cuerpos, su tiempo y su energía vital. Esa resistencia contra el trabajo forzado (ya sea en plantaciones coloniales, talleres industriales o algoritmos contemporáneos) es una constante silenciosa, una corriente subterránea que conecta luchas dispersas a través del tiempo y del espacio. El sabotaje, en este sentido, no es una invención obrera del siglo XIX, sino una expresión concreta y persistente de la negación al mandato civilizatorio de la productividad.
La palabra sabotaje proviene del francés saboter (relacionada con los zuecos [sabots] que los campesinos arrojaban a las máquinas), y remite a una de las tantas formas en que los pueblos reaccionaron ante el avance de la industrialización capitalista. En Inglaterra, el ludismo fue uno de los primeros movimientos en reconocer que las máquinas no eran simples herramientas neutras, sino extensiones del poder de clase. John Zerzan ha señalado que el ataque luddita no era un gesto irracional contra la tecnología, sino una afirmación radical de autonomía frente a un proceso de desposesión: la máquina no venía a aliviar el trabajo, sino a intensificarlo, a disciplinarlo, a disolver los lazos comunitarios y los ritmos propios del vivir.
El sabotaje, desde entonces, fue adoptado como táctica por los movimientos anarquistas, sindicalistas revolucionarios y resistencias coloniales. En la fábrica, implicaba ralentizar ritmos, dañar herramientas, desorganizar el flujo de producción. En los contextos coloniales, podía tomar la forma de huelgas invisibles, destrucción de infraestructuras o desobediencia encubierta. Cada acto buscaba restituir una forma de poder sobre el propio cuerpo, sobre el entorno, sobre la propia vida. No como conquista, sino como retirada del campo de control.
Con el paso del tiempo y el avance de la mundialización capitalista, el sabotaje ha encontrado nuevas formas. Ya no se trata solamente de fábricas o talleres: el mundo entero se ha convertido en una red interdependiente de sistemas técnicos (energía, transporte, comunicación, datos, logística) que funcionan como un solo organismo: una megamáquina, en términos de Lewis Mumford. La teoría de sistemas nos muestra que, en redes de alta complejidad y dependencia mutua, pequeñas disrupciones pueden tener efectos amplificados. Un corte estratégico, un fallo inducido, una lentitud impuesta en el punto adecuado puede desencadenar reacciones en cadena.
Así, el sabotaje contemporáneo no requiere masas ni grandes infraestructuras. Puede operar desde la invisibilidad, desde la microacción, desde lo localizado. Es, en ese sentido, una táctica perfectamente adaptada a un mundo donde el poder se ha vuelto descentralizado, distribuido, abstracto. Ante un sistema que no necesita ejércitos para dominar, sino redes y flujos para sostenerse, el sabotaje se convierte en una forma de lenguaje: una gramática de la interrupción, del silencio que corta el ruido de fondo de la obediencia.
III. ¿Es violencia sabotear una máquina? Repensar la violencia
“La barbarie no está detrás de nosotros, sino delante, en la marcha ciega del progreso técnico sin alma.”
— Élisée Reclus
La pregunta sobre la violencia del sabotaje suele estar mal planteada, pues parte de una inversión moral heredada: se juzga violento aquello que interrumpe, pero no aquello que sostiene la continuidad de un sistema basado en el despojo, la explotación y la destrucción ecológica. Así, dañar una máquina que extrae litio de un salar ancestral es llamado terrorismo, pero no así el saqueo sistemático de los territorios que permite su funcionamiento.
Desde una ética libertaria, no podemos aceptar sin más la definición dominante de violencia. No se trata solo de la fuerza física sobre cuerpos vivos. Hay también violencias lentas, estructurales, normalizadas: la desertificación provocada por la agroindustria, la precarización de la vida urbana, la contaminación del agua en nombre del crecimiento. Es en este marco donde el sabotaje aparece no como una forma de violencia, sino como su interrupción.
El sabotaje, cuando se dirige a objetos, infraestructuras o flujos materiales (no a cuerpos ni a seres vivos), se sitúa en un umbral ético distinto. No hiere, no mata, no domina. Más bien desactiva. Corta un circuito de destrucción, obliga a detenerse, reabre la posibilidad de pensar. Si hay violencia, es contra las cosas, no contra las vidas. En este sentido, es más cercano a una huelga del mundo que a un ataque armado.
Además, la propia lógica de la violencia debe ser examinada críticamente. Como señaló Gustav Landauer, el Estado no es una cosa que se pueda derrocar, sino una relación social que se reproduce cotidianamente. El sabotaje no busca tomar el poder ni sustituir una dominación por otra: su gesto es más fundamental. Es una negación creativa, un obstáculo que revela la dependencia estructural de un sistema que, pese a toda su apariencia de fortaleza, no puede tolerar el más mínimo fallo.
Esta distinción es crucial: el sabotaje no pretende imponer una verdad, sino desarmar una mentira. Y en ese sentido, es profundamente no-violento. No busca convencer al adversario, sino cortar el flujo de su poder. No debate con la megamáquina: la apaga.
Frente a un orden civilizatorio que se alimenta de cuerpos racializados, de ecosistemas devastados y de trabajo forzado, sabotear es afirmar la vida. Es decir: hay algo que no estamos dispuestos a seguir soportando. Y por tanto, hay algo que estamos dispuestos a interrumpir.
IV. El sabotaje como acción directa: ética, estética y política
“La acción directa significa que cada individuo actúe por sí mismo, en lugar de esperar que otro lo haga por él.”
— Emma Goldman
En tiempos de simulacro democrático y de diálogo institucionalizado con estructuras sordas, la acción directa se presenta como una forma honesta de intervención. No se disfraza de consenso, ni busca legitimación en el marco legal del opresor. El sabotaje, cuando es expresión de esta acción directa, se convierte en un gesto ético radical: asume las consecuencias de su posición sin delegarla en representantes ni aplazarla para futuros electorales. Actúa porque no puede no actuar.
El sabotaje como acción directa rompe con la lógica de la mediación. No busca autorización ni espera condiciones ideales. Se planta como un acto inmediato de dignidad: algo está ocurriendo (la destrucción de un bosque, la instalación de una mina, la expansión de una infraestructura colonial) y alguien decide que no puede seguir ocurriendo sin resistencia. Allí donde la política institucional ofrece diagnósticos sin cura, el sabotaje corta el ciclo de la indiferencia con una decisión que afecta al mundo.
Desde esta perspectiva, el sabotaje no es solo una estrategia útil, sino también una forma de enunciación política. Es una palabra sin lengua, una frase escrita en los nervios de la infraestructura. Dice: “Sabemos lo que hacen. No estamos de acuerdo. Y no lo permitiremos”. Es una forma de comunicación que no pasa por la discursividad convencional, sino por la alteración concreta del curso de los acontecimientos. Es política no por lo que representa, sino por lo que interrumpe.
Pero además, hay en el sabotaje un componente estético que no debe ser ignorado. No en el sentido decorativo, sino en el sentido más antiguo de la aisthesis: como una experiencia sensible del mundo. El sabotaje revela las costuras del orden establecido. De pronto, una carretera queda cortada, una torre de alta tensión aparece caída, un flujo económico se detiene. Lo que parecía invencible muestra su fragilidad. Y en ese momento, algo cambia también en nuestra percepción: vemos que el sistema no es un destino, sino una construcción. Que puede dejar de funcionar.
En ese sentido, el sabotaje no es solo una negación. Es también una afirmación: de que lo real puede cambiarse, de que la obediencia no es un mandato natural, de que otras formas de vivir son posibles. Y lo dice no en el lenguaje del poder, sino en el lenguaje del cuerpo, de la acción, de la interrupción. En un mundo donde el poder opera a través del flujo constante, toda detención es una poética de la disidencia.
V. Sabotaje y comunidad: táctica hacia afuera del mundo libertario
“El Estado no es algo que se combate con fuerza, sino algo que se desvanece cuando dejamos de reproducirlo.”
— Gustav Landauer
Las comunidades libertarias, antiautoritarias y autónomas viven, por definición, en tensión con el afuera: un mundo organizado en torno a principios opuestos (jerarquía, acumulación, explotación). Esta tensión no puede resolverse ni con el repliegue purista ni con la asimilación reformista. Se requiere, más bien, una práctica intersticial: una forma de estar en el mundo sin ser del mundo. En ese horizonte, el sabotaje emerge como una táctica que permite a las comunidades actuar hacia afuera sin comprometer su ética interna.
No se trata de una estrategia de imposición, sino de interrupción. Sabotear no es convertir a otros, ni dominar instituciones, ni infiltrar aparatos de poder. Es trazar líneas de fuga, abrir grietas en la superficie monolítica del orden dominante. Es decir: hay algo que ya no estamos dispuestos a tolerar, aunque no tengamos todas las respuestas sobre qué vendrá después. Frente a un mundo que espera soluciones perfectas, el sabotaje se planta como un “no más” imperfecto, encarnado, situado.
Como táctica externa, el sabotaje también permite sostener una distancia crítica con las lógicas de cooptación. No hay subvención posible para una acción que destruye el dispositivo mismo de la dominación. No se puede legalizar lo que corta el flujo legal. En ese sentido, el sabotaje actúa como frontera ética: recuerda que no toda forma de intervención debe entrar en el juego del reconocimiento estatal o mediático. Hay acciones que, por su propia naturaleza, rehúsan ser traducidas en términos del enemigo.
Además, el sabotaje es una forma de señalar, de mostrar lo que el sistema esconde: su dependencia de la obediencia generalizada, su fragilidad oculta tras la apariencia de normalidad, su necesidad de funcionar sin pausa para no colapsar. En un mundo de sistemas hipercomplejos, donde todo está interconectado y cada subsistema sostiene a otro (logística, energía, datos, movilidad), el sabotaje no solo interrumpe: revela. Acelera el desgaste. Hace visible que el sistema no puede sostenerse sin sacrificar la vida.
Desde las comunidades libertarias, entonces, el sabotaje no es un fin en sí mismo, ni una doctrina. Es una herramienta situada, una forma de intervención coherente con una ética de la autonomía. No busca crear mártires ni héroes. Busca abrir espacio. Hacer tiempo. Permitir que algo distinto tenga lugar.
Porque cuando el afuera ya no es un campo abierto de posibilidad, sino una máquina que devora todo a su paso, sabotear es también una forma de cuidar. De defender lo que aún no ha sido contaminado. De dar una oportunidad al mundo que aún no ha nacido.
VI. Conclusión: No destruir el mundo, sino impedir que lo destruyan
“Sentarse a esperar que la civilización se derrumbe es como sentarse a esperar que un tumor se cure solo.”
— Edward Abbey
Sabotear no es destruir por destruir. Es impedir que la destrucción continúe impunemente. Es la negativa activa a seguir siendo cómplices de una maquinaria que convierte la vida en residuo, el bosque en mercancía, el cuerpo en herramienta. Frente a la lógica de la obediencia (que nos pide paciencia mientras todo arde), el sabotaje es una forma de responsabilidad inmediata: no se hace mañana, no se pide permiso. Se hace porque la dignidad no espera.
El elogio del sabotaje no es la glorificación del acto individual, ni la apología de la desesperación. Es el reconocimiento de que, en ciertas condiciones, interrumpir es cuidar. Cuidar lo común, cuidar lo viviente, cuidar el tiempo que aún no ha sido devorado por la lógica del capital. En un mundo donde la violencia real se esconde tras la apariencia de funcionamiento normal, interrumpir el funcionamiento es, quizás, el gesto más profundamente no-violento que nos queda.
Este sistema no se va a detener solo. Y no porque sea fuerte, sino porque depende de nuestra inercia. Como decía Landauer, el poder se sostiene en relaciones. El sabotaje, entonces, no es el ataque a una estructura externa, sino el corte de un hilo interno. Un cambio de posición. Una decisión de no seguir sosteniendo lo insostenible.
Si alguna virtud tiene el sabotaje como forma de acción, es que no promete redención. No construye utopías al instante. Pero dice la verdad con el cuerpo: esto no puede continuar. Y al hacerlo, abre un espacio. Un claro en medio del bosque quemado. Una grieta por donde entra el aire. Una posibilidad de volver a empezar.
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