Milgram, Arendt, Césaire y el retorno silencioso del fascismo

I. ¿Y si el fascismo llegara con batas blancas?

Imagina esta escena: una persona común (pongamos que se llama Luis, podrías ser tú o yo) entra a una sala donde le dicen que participará en un experimento científico sobre aprendizaje y memoria. Hay un tipo con bata blanca, aspecto serio, que le dice: “Cada vez que el otro sujeto se equivoque, usted le aplicará una descarga eléctrica”. Al otro lado de la pared, hay alguien que empieza a gritar de dolor. Luis duda. Pregunta si debería seguir. Y el científico responde: “Por favor, continúe”.

Luis obedece.

No una vez. No dos. Sigue presionando el botón hasta el máximo, aun cuando los gritos se vuelven insoportables, hasta que, en teoría, podría estar matando al otro sujeto.

Ese fue el experimento que Stanley Milgram realizó en los años 60. Y su resultado sigue siendo, aún hoy, más perturbador que cualquier novela distópica: más del 60% de los participantes, personas comunes, estuvieron dispuestas a causar daño extremo a otro ser humano simplemente porque alguien con autoridad se los indicó.

Milgram no inventó la obediencia. Solo la midió. Lo verdaderamente inquietante fue comprobar que la maldad no necesita fanatismo, solo instrucciones claras y una estructura de poder legitimada.

Este tipo de obediencia (automática, acrítica, institucional) es la materia prima del fascismo. Pero no el fascismo como nos lo han enseñado, con discursos grandilocuentes y estéticas militares. No. Me refiero al fascismo que se viste de normalidad, que se esconde en la burocracia, en el lenguaje técnico, en la excusa del “solo cumplo órdenes”.

Ese fue el gran descubrimiento de Hannah Arendt cuando asistió al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén. Eichmann, uno de los organizadores de la maquinaria nazi, no parecía un monstruo. Era más bien un funcionario gris, ineficiente, que repetía frases hechas. Lo espantoso, decía Arendt, era justamente su falta de pensamiento, su capacidad de hacer el mal sin odio, sin pasión, sin reflexión. Eso es lo que ella llamó “la banalidad del mal.”

Hoy, mientras en Europa se erigen muros y se normalizan políticas de exclusión, mientras en el Mediterráneo se ahogan miles de personas sin nombre, y mientras gobiernos democráticos aprueban leyes cada vez más autoritarias con la excusa de la seguridad, la pregunta vuelve con urgencia: ¿cuántos de nosotros obedeceríamos? ¿Cuántos apretarían el botón, si un uniforme o una institución nos lo pidiera?

Y más aún: ¿cuántos ya lo estamos haciendo, sin siquiera saberlo?

II. El experimento de Milgram: obedecer sin pensar

En 1961, apenas quince años después del final de la Segunda Guerra Mundial, el psicólogo Stanley Milgram llevó a cabo un experimento que reveló hasta qué punto la obediencia puede suprimir el juicio moral. Reclutó a ciudadanos comunes bajo la premisa de estudiar el efecto del castigo en el aprendizaje. El montaje era simple: uno de los participantes, el “maestro”, debía aplicar descargas eléctricas cada vez más intensas a un “alumno” que cometía errores. Lo que no se le decía al maestro era que el alumno era un actor y que las descargas eran simuladas.

A medida que el voltaje aumentaba, los gritos del alumno se volvían más desesperados: suplicaba que lo soltaran, afirmaba tener problemas cardíacos, golpeaba la pared. Finalmente, dejaba de responder. Ante todo esto, si el maestro dudaba, el experimentador (una figura vestida con bata blanca) le decía con firmeza: “El experimento requiere que usted continúe.” Y la mayoría lo hacía.

Dos de cada tres participantes llegaron hasta el nivel más alto de descarga: 450 voltios. Muchos mostraban señales de angustia (temblores, sudoración, tartamudeo) pero seguían adelante. La autoridad científica, con su tono calmo y su apariencia legítima, bastaba para que personas comunes infringieran un sufrimiento que habrían considerado intolerable fuera del contexto del experimento.

Este resultado desmontó la imagen que muchos se hacían del mal como algo extraordinario, cometido por personas crueles o enfermas. Milgram demostró que no hacía falta odio, ni ideología, ni psicopatología: bastaba con una estructura que distribuyera la responsabilidad moral hacia arriba y la obligación de ejecutar hacia abajo. El crimen ya no necesitaba pasión; solo requería organización.

La figura más inquietante que emergió no fue la del sádico, sino la del obediente. Ese que no se considera culpable porque no decide, que no se ve a sí mismo como agente porque no elige, sino que simplemente cumple una orden.

Obedecer puede parecer un acto neutro, incluso virtuoso. Nada más lejos, de hecho llevado al extremo, y despojado de reflexión, se convierte en el núcleo operativo de las mayores atrocidades.

III. Hannah Arendt y la banalidad del mal

Cuando Hannah Arendt asistió al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961, esperaba encontrarse con un monstruo. Eichmann había sido uno de los principales responsables logísticos del Holocausto: coordinaba los transportes hacia los campos de exterminio, tramitaba órdenes, optimizaba rutas para enviar personas a su muerte.

Pero Arendt no vio un demonio, ni un fanático. Vio a un hombre gris, sin carisma, que hablaba en clichés administrativos, que insistía en que solo había cumplido su deber. Su lenguaje era burocrático, su tono mecánico. No mostraba odio, ni culpa, ni siquiera verdadera comprensión de la magnitud de sus actos.

La conclusión de Arendt fue tan desconcertante como reveladora: el mal no siempre se presenta con gestos feroces o discursos incendiarios. Puede operar de manera rutinaria, desde una mesa de oficina, bajo la forma de una obediencia ciega y un pensamiento suspendido. A esa forma de operar el mal la llamó “banalidad del mal”.

Lo “banal” no se refería a que los crímenes fueran triviales, sino a que podían ser cometidos sin reflexión, sin juicio, sin profundidad interior. Arendt no exculpó a Eichmann, pero tampoco lo convirtió en una figura excepcional. Justamente lo peligroso era su normalidad.

La estructura que permitía este tipo de mal era funcional, jerárquica, legalista. Cada eslabón de la cadena podía desentenderse del conjunto. Eichmann no apretaba un gatillo, no operaba cámaras de gas: solo enviaba documentos. Pero lo hacía sin pensar en el resultado humano de sus acciones, refugiado en la maquinaria de la legalidad nazi.

Pensar (para Arendt) no era una actividad académica, sino una forma de resistencia ética. El pensamiento permitía interrumpir la cadena, decir “no” cuando todos decían “sí”. Donde el pensamiento se ausenta, el mal encuentra terreno fértil.

No se trataba de demonios aislados, sino de sistemas enteros construidos para que nadie se sintiera responsable. La tragedia era que millones de personas hicieron posible el horror sin imaginarse a sí mismas como parte de él.

IV. Genealogía colonial del fascismo: Aimé Césaire y Ramón Grosfoguel

En 1950, Aimé Césaire publicó un texto breve y radical que aún golpea como un puño sobre la mesa: Discurso sobre el colonialismo. Allí, el poeta y político martiniqueño formuló una acusación directa y demoledora: Europa no descubrió el fascismo con Hitler; simplemente lo reconoció cuando se volvió contra los blancos.

Césaire no suaviza su juicio: lo que los europeos no perdonaron a Hitler (escribe) “no fue el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no fue la humillación del hombre como tal, sino el hecho de haberlo aplicado a pueblos europeos, de haber utilizado procedimientos colonialistas que hasta entonces solo se reservaban a los árabes de Argelia, a los ‘coolies’ de la India, y a los negros de África.”

El colonialismo, decía Césaire, ya contenía en sí todos los elementos del fascismo: deshumanización, jerarquías raciales, exterminio, explotación industrializada, violencia estructural. Lo que hizo el nazismo fue aplicar en Europa lo que Europa había ensayado fuera de sus fronteras durante siglos. En otras palabras, el fascismo no cayó del cielo: es la violencia colonial vuelta hacia adentro.

Esta genealogía del fascismo, que lo sitúa como una herencia del proyecto colonial, es retomada décadas más tarde por el sociólogo Ramón Grosfoguel. Para él, el genocidio moderno no se limita al exterminio físico: es también migratorio, epistémico, económico, ecológico. Opera en múltiples niveles, de forma silenciosa, sin necesidad de campos de concentración visibles.

Grosfoguel habla de “genocidios estructurales”: aquellos que no se anuncian como tales, pero que producen muerte y destrucción sistemática a través de políticas de frontera, deuda, extractivismo, racismo institucional. Lo que antes se imponía con látigo, hoy se administra con informes, tratados y bases de datos. La violencia sigue, solo que ha cambiado de ropaje.

En este marco, el fascismo ya no es una ideología con símbolos y marchas, sino una lógica de deshumanización normalizada que se expresa en los aparatos del Estado, en los mercados, en los algoritmos, en las leyes. Una lógica que selecciona quién merece vivir, quién debe ser vigilado, quién puede migrar, quién será olvidado.

Ni Césaire ni Grosfoguel hablan del pasado como algo cerrado. Lo que denuncian es un presente que continúa las mismas dinámicas bajo otras formas. No se trata de recordar crímenes lejanos, sino de ver en los dispositivos actuales los mismos fundamentos del poder colonial y fascista: obediencia, jerarquía, impunidad.

V. El experimento nunca terminó: Europa como laboratorio de impunidad

Hoy, nadie necesita una bata blanca para inducir obediencia. Basta con una orden firmada, un protocolo aprobado, una frontera trazada. El experimento de Milgram no ha concluido: solo ha mudado de escenario. Ya no se realiza en un sótano universitario, sino en el mar Mediterráneo, en los aeropuertos, en los despachos administrativos, en las pantallas que deciden a quién se deja pasar y a quién no.

En nombre de la seguridad, el control migratorio o la eficiencia, se toman decisiones que causan sufrimiento extremo sin que nadie se sienta responsable. Miles de personas mueren intentando cruzar hacia Europa, y sus muertes son tratadas como estadísticas inevitables, efectos colaterales de una “gestión de flujos”. Mientras tanto, funcionarios, agentes, votantes y periodistas participan del dispositivo con la conciencia tranquila: están “cumpliendo su función”.

Las devoluciones en caliente en Ceuta o Melilla, las detenciones arbitrarias en las islas griegas, las patrullas que interceptan pateras para devolverlas a Libia —donde esperan tortura y esclavitud— no son accidentes ni excesos: son manifestaciones sistemáticas de una política construida para excluir y deshumanizar. La muerte no es un fracaso del sistema, sino una parte funcional de él.

Organismos como Frontex operan con opacidad institucional y casi total impunidad. Los pocos que se niegan a participar (capitanes que salvan vidas, médicos que denuncian abusos, ciudadanos que alojan a migrantes) enfrentan multas, juicios o campañas de difamación. La obediencia se premia. La desobediencia, en cambio, se castiga.

En este contexto, el sujeto obediente de Milgram ya no parece tan distante. Es el funcionario que tramita una orden de expulsión sin mirar a los ojos. Es el operador de drones que vigila una frontera invisible. Es quien repite que “no podemos acoger a todos” mientras acepta la desigualdad global como si fuera una ley natural.

El lenguaje técnico (política migratoria, gestión de flujos, seguridad nacional) reemplaza al juicio ético. Lo que se llama “eficiencia” encubre decisiones que deciden quién vive y quién muere. El mal, como decía Arendt, se desliza sin hacer ruido. Y como advirtió Césaire, ese mal no es nuevo: es el retorno de una lógica colonial adaptada al presente, que convierte la obediencia en coartada moral y la impunidad en costumbre.

Pero Césaire advirtió algo más. Señaló que cuando se normaliza la deshumanización en la periferia, tarde o temprano esa lógica retorna al centro. Lo que hoy se aplica contra los migrantes, mañana puede dirigirse contra los propios ciudadanos europeos. No porque sean racializados, sino porque la estructura ya no necesita justificar a quién excluye: solo necesita que obedezcan. El fascismo, cuando se arraiga, ya no distingue color ni pasaporte. Se vuelve contra cualquiera que estorbe al orden, al cálculo, al mandato.

El campo de pruebas fue el sur global, pero el experimento ya avanza sobre el norte. Cuando la excepción se convierte en norma y la obediencia sustituye a la conciencia, el destino de todos (migrantes o no) se vuelve precario.

VI. Desobedecer como acto de humanidad

Ante todo esto, el gesto más radical ya no es protestar, ni escribir, ni votar… El gesto más radical es pensar. Pensar por cuenta propia, detener el engranaje justo en el momento en que pide obediencia sin reflexión. Pensar no como ejercicio intelectual, sino como acto profundamente ético, como negación activa de la indiferencia.

Hannah Arendt lo entendió con claridad: el pensamiento es lo único que puede interrumpir la cadena del mal cuando este se ha vuelto rutinario. Pensar es negarse a funcionar como parte de un sistema que deshumaniza. No hay resistencia posible sin esa grieta interior que pone en duda lo que todos los demás aceptan.

La obediencia, cuando no va acompañada de juicio moral, se convierte en la infraestructura invisible del horror. Eichmann no fue un psicópata: fue un profesional eficiente. Los sujetos de Milgram no eran sádicos: eran personas comunes. Los crímenes más terribles, entonces, no siempre se cometen por maldad explícita, sino por lealtad ciega a sistemas que ya no requieren justificar el daño que producen.

Aimé Césaire nos obliga a recordar que el fascismo no comenzó en Europa en los años treinta. Viene de más lejos. La historia del fascismo es también la historia del colonialismo. Es la historia de cuerpos racializados despojados de humanidad en nombre del progreso, de la civilización o del orden. Y si hoy no reconocemos esas continuidades, corremos el riesgo de que esa violencia, normalizada y reciclada, se vuelva contra todos.

Ramón Grosfoguel extiende esa advertencia al presente: el genocidio no siempre lleva uniforme. Puede usar traje, sellar documentos, programar algoritmos. El exterminio hoy no necesita discursos de odio: le basta con el silencio administrativo, la indiferencia institucional y la obediencia programada.

Por eso desobedecer, cuando se ha automatizado el daño, no es una infracción: es una afirmación de humanidad. Es el gesto pequeño pero decisivo que puede interrumpir un engranaje entero. Es negarse a empujar el botón. Es mirar a los ojos, cuando el sistema pide mirar hacia otro lado.

Y por eso, en este tiempo donde el fascismo ya no grita, sino que administra, el pensamiento crítico no es un lujo académico: es una forma de resistencia. No para salvar al mundo en abstracto, sino para recuperar, aquí y ahora, el lugar de la conciencia en un mundo que parece haberla tercerizado.

Coda: Palestina, el espejo que nadie quiere mirar

Nada de lo que se ha dicho en este ensayo es teoría abstracta. Todo está ocurriendo ahora. Y ocurre, de forma atroz, en Palestina.

Allí, la obediencia ha tomado forma de doctrina de seguridad; la impunidad, de defensa nacional. Y el fascismo, despojado de sus viejos símbolos, aparece con rostro democrático, rodeado de tecnócratas, legitimado por silencios diplomáticos y alianzas estratégicas.

Durante décadas, se ha deshumanizado sistemáticamente a un pueblo. Se le ha encerrado, desplazado, bombardeado, privado de agua, alimento, electricidad, movimiento, infancia, duelo. Se ha matado en nombre de la legalidad, se ha bombardeado en nombre del derecho a defenderse. Y a quienes denuncian este horror, se les acusa de antisemitismo, de radicalismo, de incomprensión histórica. Como si la memoria de un genocidio sirviera como permiso para perpetuar otro.

Lo que se vive en Gaza no es una crisis humanitaria espontánea. Es una operación prolongada de limpieza étnica, sostenida por tecnologías del control, discursos del miedo y el consentimiento pasivo de las grandes potencias. Es un crimen meticulosamente organizado en nombre del orden. Exactamente el tipo de estructura de obediencia sin pensamiento que Milgram retrató, que Arendt analizó, que Césaire denunció, que Grosfoguel nombra con su nombre: genocidio.

Y lo más brutal es que el mundo lo ve. Lo ve todo. Pero ya no le duele.

La banalidad del mal ha llegado a su fase más perfeccionada: el crimen se transmite en vivo y no conmueve. Las cifras reemplazan los cuerpos, los eufemismos anulan las lágrimas, la opinión pública se acostumbra. El genocidio palestino nos muestra lo que ocurre cuando la deshumanización alcanza su forma más sofisticada: aquella en la que se sigue matando incluso después de que se han perdido todas las palabras.

Frente a eso, pensar ya no basta. Hay que desobedecer. Hay que negarse a aceptar lo inaceptable, aunque venga envuelto en tratados, resoluciones, comunicados, excusas. Hay que romper el hechizo de la normalidad, allí donde se está construyendo el horror a plena luz del día.

Porque si no somos capaces de nombrar un genocidio cuando ocurre delante de nosotros, ¿qué humanidad queda aún por salvar?

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