Antropología anarquista, ecologismo radical y la abolición de la familia como horizonte libertario
Vivimos en la era del exceso y de la escasez. Del ruido y de la soledad. De la hiperpoblación y del vacío afectivo. Nunca antes en la historia humana fuimos tantos y tan desconectados al mismo tiempo. Enormes masas humanas apretujadas en ciudades que palpitan como úlceras sobre la Tierra, sin saber muy bien por qué siguen existiendo. Nos dicen que todo esto es el resultado inevitable del progreso, de la mejora de las condiciones de vida, del triunfo de la razón sobre la superstición. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si ese aumento poblacional, esa escala descomunal de nuestras sociedades, no fuera signo de éxito, sino de derrota?
No hay libertad posible en una muchedumbre. Lo sabían los pueblos sin Estado, que no fueron versiones atrasadas de lo que somos, sino elecciones conscientes de lo que no querían ser. Sabían que más allá de cierto número, el rostro desaparece. La mirada se pierde. La palabra se vuelve decreto. La vida, administración. El número de Dunbar, ese umbral cognitivo que sugiere que los seres humanos sólo podemos mantener relaciones significativas con unas 150 personas, no es un dato biológico sin más: es una advertencia cultural, una frontera ética. Traspasarlo es abrir la puerta a la abstracción, a la jerarquía, al anonimato que permite mandar sin amar, obedecer sin comprender, castigar sin mirar.
Pero ¿por qué, entonces, nuestras sociedades han crecido tanto? ¿Por qué ese impulso suicida hacia la multiplicación sin sentido? Aquí entra el corazón oscuro del problema: no fue el bienestar el que disparó la población, sino el control. No fue la libertad, sino el patriarcado. Un sistema civilizatorio que no solo domesticó animales y semillas, sino también cuerpos, placeres y afectos. Que impuso la familia como célula de encierro y producción. Que codificó la sexualidad bajo la monogamia obligatoria. Que premió la maternidad como deber sagrado, y castigó toda desviación con marginalidad o violencia.
La natalidad no ha sido una consecuencia espontánea de la mejora de condiciones, sino una estrategia de expansión. Se nos forzó, se nos adoctrinó, se nos estructuró para reproducir un mundo que nadie pidió. Y lo hicimos en nombre del amor, la tradición, la seguridad o el futuro. Pero lo que creamos fue una cárcel afectiva. Una fábrica de más seres para un sistema que ya no puede sostenerse.
Frente a este panorama, esta disertación propone una ruptura radical. No se trata solo de desmontar las estructuras visibles del poder, sino de desactivar sus cimientos invisibles: la familia, la escala, el crecimiento. Propondremos aquí una crítica del natalismo, del sistema monógamo y de toda forma de organización cerrada que replique las lógicas jerárquicas y reproductivas del Estado. Y a cambio, esbozaremos una alternativa: comunidades pequeñas, permeables, no identitarias, organizadas horizontalmente y confederadas entre sí sin centro ni frontera. Grupos humanos que no aspiren a expandirse, sino a profundizar.
Este texto es, ante todo, una invitación. A imaginar una vida más densa, no más numerosa. A desafiar el culto a la escala, la familia, la reproducción y el progreso. A reconocernos como animales afectivos y políticos que necesitan el rostro, no el número; el vínculo, no la masa.
No queremos más mundo. Queremos otro.
I. El límite humano: Dunbar, la escala y la sociabilidad
Hay un umbral en la sociabilidad humana más allá del cual la palabra pierde calor, la mirada se vuelve delegación, y el rostro se disuelve en estadísticas. Ese umbral ha sido observado empíricamente por el antropólogo Robin Dunbar, quien propuso que los seres humanos sólo pueden mantener relaciones estables y significativas con unas 150 personas. Más allá de ese número, comienza la administración, la burocracia, el rol asignado. La persona deja de ser alguien y pasa a ser algo: un agente, un votante, un expediente, un caso.
Pero el número de Dunbar no es simplemente una limitación neurológica o evolutiva. Es una advertencia política. Porque todo intento de escalar la vida humana más allá de ese umbral exige la aparición de estructuras de control, mediación y jerarquía. Exige especialización, vigilancia, autoridad. Y con ello, se abre el camino a las instituciones que reemplazan el vínculo con el mandato, el acuerdo con la norma, el deseo con la ley.
Las sociedades sin Estado entendieron esto desde otro lenguaje: no el de la neurociencia, sino el de la experiencia viva. Pueblos indígenas, comunidades campesinas, tribus nómadas; tantas formas de vida que no se organizan en función de la eficiencia o la expansión, sino del equilibrio, la reciprocidad y la memoria compartida. No se trata de que no hayan podido escalar, sino de que no lo han querido. Han evitado activamente la formación del Estado, porque saben que este no es un garante de la paz, sino una tecnología de separación. Saben que allí donde crece el aparato, muere la relación.
El mito del progreso nos dice que hemos superado esas formas de vida “arcaicas” para alcanzar niveles de organización superiores. Pero ¿qué significa organizarse a gran escala si eso implica despersonalización, coacción, y estructuras verticales que se perpetúan a sí mismas? ¿De qué sirve un sistema capaz de coordinar millones si para hacerlo debe aplastar la autonomía y diluir el afecto?
La escala no es neutra. Es una forma de organización cargada de ideología. En el mundo moderno, la escala ha sido el caballo de Troya del poder. Allí donde se plantea la necesidad de “abarcar más”, se nos prepara para obedecer más. El lenguaje del crecimiento y la complejidad sirve como disfraz técnico de una imposición política: nos hacen creer que no hay otra forma de vivir que en grandes conglomerados, administrados desde arriba y justificados por abajo.
Pero si tomamos en serio los límites de nuestra capacidad relacional, si reconocemos que el rostro es insustituible, entonces debemos imaginar formas de vida que giren en torno a lo íntimo, lo manejable, lo cercano. No como nostalgia del pasado, sino como condición de posibilidad para el presente. Porque en la escala pequeña cabe el cuidado. En la comunidad limitada cabe la horizontalidad. En el grupo reducido, la palabra aún tiene peso, y la mirada, aún tiene sentido.
En este sentido, el número de Dunbar no es una cifra, sino una consigna: no escalar, sino enlazar. No crecer, sino profundizar. No conquistar más territorio, sino habitar con más presencia el espacio común.
La libertad no necesita millones. Necesita vínculos.
II. La falacia del progreso: crecimiento poblacional y condiciones de vida
Uno de los dogmas más persistentes del imaginario moderno es la creencia de que el crecimiento poblacional es un indicador de éxito civilizatorio. Se repite, casi como un acto de fe, que a medida que mejoran las condiciones de vida, aumenta la población. Esta relación, asumida como obviedad, sirve para justificar todo tipo de violencias: desde la expansión urbana hasta la tecnocracia del desarrollo. Pero ¿qué ocurre si cuestionamos la dirección de esta causalidad? ¿Y si no es el bienestar el que genera población, sino que es el crecimiento poblacional el resultado de una arquitectura civilizatoria basada en la coacción?
La evidencia histórica y etnográfica contradice la narrativa optimista. Las condiciones de vida, para la mayoría de la humanidad, no han mejorado con la modernidad. Al contrario: el advenimiento del Estado, del capitalismo, del patriarcado y de la agricultura intensiva trajo consigo enfermedades, guerras, hambre, desigualdad y una erosión sin precedentes de las relaciones sociales y ecológicas. Lo que creció no fue el bienestar, sino el aparato de control y la capacidad de extracción de cuerpos y recursos.
El aumento de la población no ha sido una consecuencia espontánea de la libertad, sino una tecnología de poder. Una forma de saturar el mundo con más manos para trabajar, más vientres para parir, más cuerpos para controlar. Se institucionalizó la maternidad como función obligatoria, se impuso la heterosexualidad reproductiva como norma, y se criminalizó todo lo que no contribuía a la multiplicación del sistema: el aborto, la esterilidad elegida, la no-monogamia, el deseo sin propósito productivo.
Las condiciones materiales que permiten el aumento de población (acceso a alimentos, agua, salud mínima) no se distribuyen de forma igualitaria. Su gestión está mediada por estructuras extractivistas y violentas que crean zonas de sacrificio para sostener centros de acumulación. El crecimiento, por tanto, no es signo de bienestar general, sino de desequilibrio estructural: allí donde unas vidas se multiplican, otras se extinguen. Es un desequilibrio ecosistémico, pero también ético.
Detrás de este proceso hay un conjunto de coacciones estructurales que actúan como matrices invisibles del natalismo. La economía capitalista necesita cuerpos consumidores y fuerza de trabajo. Las religiones patriarcales glorifican la procreación como deber espiritual. Las políticas públicas miden su éxito en número de nacimientos. Y la familia (esa institución omnipresente pero naturalizada) funciona como la fábrica que asegura que esta maquinaria siga reproduciéndose sin resistencia.
Y sin embargo, hay más. El sistema no solo necesita que haya más gente, sino que esa gente esté dispuesta a aceptar su lugar en la cadena de producción y obediencia. Para eso, es necesario romper los vínculos comunitarios reales, las formas no jerárquicas de organización, y reemplazarlas por una estructura familiar donde la autoridad se aprende en miniatura. La familia no es sólo un lugar donde se nace, sino donde se ensaya la sumisión.
Por eso, cuestionar el crecimiento poblacional no es solo una cuestión ecológica, sino profundamente política. No se trata de idealizar la escasez, sino de preguntarnos qué tipo de vida queremos sostener. ¿Una vida orientada al número, al rendimiento, a la expansión sin sentido? ¿O una vida orientada al cuidado, a la libertad, a la profundidad de los vínculos?
Es urgente desmontar la falacia del progreso natalista. No porque seamos demasiados, sino porque somos producidos bajo condiciones que nadie eligió. Porque el problema no es cuántos somos, sino cómo se nos organiza. Y porque detrás de cada cifra hay una historia de imposición, una geografía del despojo y una ecología del colapso.
No es el mundo el que está lleno de gente. Es la gente la que ha sido vaciada del mundo.
III. Patriarcado, monogamia y natalismo: genealogía de una civilización expansiva
El crecimiento poblacional no es un fenómeno natural. Es un proyecto político. Y como todo proyecto político, tiene arquitectos, dispositivos, instituciones. Entre ellas, ninguna ha sido más persistente ni más normalizada que la familia. No la familia como afecto, sino como estructura. No como elección, sino como mandato.
La familia nuclear (monógama, heterosexual, reproductiva, propietaria) no es una forma espontánea de organización humana, sino una invención específica del patriarcado civilizatorio. Se trata de una unidad de producción y obediencia diseñada para asegurar la transmisión de propiedad, el control del deseo, la división sexual del trabajo y la multiplicación ordenada de la fuerza de trabajo. Es una fábrica de roles: madre cuidadora, padre proveedor, hijxs dependientes y futuros contribuyentes.
Su consolidación histórica no puede separarse del nacimiento del Estado, la propiedad privada y el sometimiento de las mujeres. Desde la caza de brujas en Europa hasta la criminalización de las formas de vida no reproductivas en las colonias, el patriarcado ha operado como una tecnología de control poblacional basada en el encierro del cuerpo femenino y la canalización del deseo en vínculos regulados. Y en el corazón de ese dispositivo: la monogamia.
La monogamia no es una práctica sexual, sino una arquitectura del vínculo. Su función no es proteger el amor, sino administrarlo. En el contrato monógamo se aseguran la exclusividad sexual, la filiación biológica y la fidelidad afectiva, todo en nombre del orden. Se convierte el deseo en propiedad, la relación en deber, la sexualidad en función social. Se trata de un cercamiento afectivo que reproduce a escala íntima las mismas lógicas que organizan la tierra, el trabajo y el poder: cercar, vigilar, explotar.
Y es esta maquinaria la que hace posible el natalismo sistémico. No porque la gente quiera tener más hijxs, sino porque se espera de ella que los tenga. Porque la vida sin descendencia es mirada con sospecha, cuando no con desprecio. Porque la identidad femenina sigue construida alrededor de la maternidad. Porque todo un aparato ideológico, cultural y económico sostiene la idea de que traer más vidas al mundo es un deber, incluso cuando ese mundo se derrumba.
El antinatalismo, en este contexto, no es una postura individualista o nihilista, como a veces se caricaturiza. Es una crítica estructural a un sistema que convierte la reproducción en mandato. Es una afirmación radical de la libertad corporal y existencial. Una forma de resistir a la lógica expansiva de un mundo que se alimenta de cuerpos nuevos para sostener viejas jerarquías.
Del mismo modo, la lucha por el aborto libre y garantizado no es una cuestión secundaria o puntual, sino central en cualquier proyecto libertario. Es la negativa absoluta a que otro cuerpo decida por el nuestro. Es el punto donde se pone en juego la soberanía más radical: la de no ser instrumento de reproducción de un sistema que no hemos elegido.
La abolición de la familia, en este marco, no es una consigna vacía ni un gesto de provocación. Es una necesidad política. No se trata de destruir los afectos, sino de liberarlos de su forma carcelaria. De crear vínculos que no se estructuren en torno a la propiedad, la exclusividad o la sangre. De deshacer los moldes que producen sumisión en nombre del amor.
Porque mientras exista la familia como célula básica de obediencia y producción, el Estado no necesita presencia constante. La jerarquía se reproducirá sola. Y mientras exista el mandato de tener hijxs como destino o como prueba de madurez, la expansión seguirá, aunque nos lleve al abismo.
Lo que proponemos, entonces, es un corte radical con esta genealogía. No más vientres para el sistema. No más vínculos obligatorios. No más amores enjaulados.
Solo cuando dejemos de nacer para el poder, podremos comenzar a vivir para la libertad.
IV. Contra la familia, contra la frontera: hacia comunidades permeables
Abolir la familia no significa vivir sin afecto, sino liberarlo de su forma disciplinaria. No se trata de destruir los vínculos, sino de impedir que se fosilicen en instituciones. Porque cuando los afectos se organizan según lógicas de exclusividad, pertenencia y propiedad, dejan de ser espacios de libertad y se convierten en mecanismos de control.
La familia no es el único dispositivo que reproduce esta lógica. También lo hacen las comunidades identitarias cerradas, los grupos elitistas, las estructuras organizativas que replican jerarquías internas disfrazadas de afinidad. Muchas veces, incluso en espacios autodenominados libertarios, se cuelan los mismos moldes afectivos de la familia tradicional: celos, posesión, expectativas normativas, exclusividad emocional. Cambian los nombres, pero la forma permanece.
Por eso, abolir la familia es también abolir todo lo que la replica sin llamarse así. Es rechazar la frontera afectiva, la pertenencia como trinchera, la comunidad como enclave. Porque allí donde hay adentro y afuera definidos, hay también vigilancia, hay también miedo, hay también obediencia.
La propuesta no es el aislamiento individual, sino la permeabilidad colectiva. Grupos humanos de escala íntima, organizados no por identidad, sino por relación. No por sangre, sino por afinidad ética. No por permanencia obligatoria, sino por la voluntad de estar mientras tenga sentido.
Comunidades no identitarias porque no exigen adhesión a una esencia, sino que permiten la transformación constante. Pequeñas, porque reconocen los límites de nuestra capacidad de cuidado real. Permeables, porque se abren y se cierran con porosidad, sin encierro ni dispersión total. Y confederadas, porque saben que ningún grupo puede ni debe bastarse a sí mismo.
La clave está en la horizontalidad como praxis viva, no como estructura fija. Porque también la horizontalidad puede fosilizarse en forma, y dejar de ser crítica viva contra la concentración de poder. La verdadera horizontalidad es incómoda, porque no permite que nadie se acomode en un lugar de mando o de pasividad. Es una danza constante de roles y cuidados, de escucha y descentralización.
Esto exige otro régimen de los vínculos. Uno en el que las relaciones no estén aseguradas por el miedo a perderlas, sino por el deseo de sostenerlas. Uno en el que el cuidado no sea una obligación invisible, sino una práctica elegida. Uno en el que podamos entrar y salir sin traición, porque lo que une no es el cerrojo, sino la confianza.
Contra la familia, proponemos redes afectivas libres. Contra las comunidades identitarias, proponemos comunidades de práctica. Contra la lógica del encierro, proponemos redes de presencia. Espacios donde vivir no sea repetir un papel asignado, sino crear colectivamente un mundo respirable.
No se trata de tener “otro tipo de familia”. Se trata de salir del paradigma de la familia. De abandonar la idea de que el afecto necesita ser garantizado por una forma. De desmantelar la expectativa de que nuestros vínculos deben seguir un guión.
Porque cada vez que protegemos un molde, traicionamos una posibilidad.
V. Horizontes libertarios: ecología, afectos y organización sin escala
Imaginar un mundo sin familia, sin natalismo, sin jerarquía afectiva ni poder centralizado no es un ejercicio de utopía, sino de realismo radical. Porque si algo ha demostrado la historia reciente es que las estructuras actuales no solo son opresivas: son insostenibles. Estamos presenciando el colapso de un orden que se creía eterno, y con él, la posibilidad de abrir mundos que ya no estén regidos por el mandato de crecer, acumular y obedecer.
En este escenario, la pregunta ya no es si es posible vivir sin esas estructuras, sino cómo hacerlo de forma habitable. ¿Qué formas de vida pueden sostenerse fuera del paradigma familiar, estatal y jerárquico? ¿Qué tipo de comunidad puede albergar libertad sin cristalizarse en poder?
Una propuesta emergente (no acabada, no perfecta, pero profundamente necesaria) es la de los colectivos anarquistas relacionales. No como modelos cerrados, sino como prácticas en movimiento. Se trata de espacios donde los vínculos no se organizan por sangre, propiedad ni contrato, sino por afinidad, deseo y cuidado mutuo. Colectivos que no funcionan como nuevas familias, ni como organizaciones formales, sino como tejidos de reciprocidad sin centro, donde la autonomía individual y la responsabilidad colectiva no se contradicen, sino que se nutren.
Estos colectivos son pequeños por decisión, no por limitación. Asumen el límite como umbral de intensidad: donde hay pocas personas, hay espacio para mirarse, escucharse, desmontar el poder cuando aparece, y transformarse sin la necesidad de leyes externas. Su interconexión no responde a un esquema piramidal, sino a una lógica de confederación horizontal: redes de apoyo mutuo que se vinculan por necesidad, afinidad y cuidado, no por pertenencia obligatoria.
Aquí la organización no es un aparato, sino un flujo. No hay centro, ni líder, ni escalafón. Lo que hay son acuerdos siempre revisables, roles rotativos, decisiones tomadas por quienes son directamente afectadas. Y una conciencia constante de que el poder tiende a coagularse, incluso en los espacios más libertarios. Por eso, toda organización anarquista debería incluir en su núcleo la práctica de su propia disolución: la capacidad de replantearse, disolverse o reconfigurarse cuando el poder amenaza con cristalizarse.
Desde esta perspectiva, el imaginario post-familiar se entrelaza con el imaginario ecológico. No hay vida libre en un mundo devastado. No hay comunidad libre en un ecosistema colapsado. La escala pequeña, la descentralización, la horizontalidad, no son solo deseos políticos: son condiciones ecológicas de habitabilidad. Allí donde el poder se concentra, el suelo se agota. Donde la vida se organiza en red, el ecosistema florece.
La organización sin escala no es un retroceso, sino una bifurcación. Es abandonar la fantasía del “crecer para mejorar” y sustituirla por la ética de “vivir para sostener”. Es entender que la vida no necesita más estructuras, sino más vínculos vivos. Más escucha. Más apertura. Menos institución, más relación.
Y si bien este horizonte puede parecer frágil ante el peso de las estructuras heredadas, su fuerza está precisamente ahí: en su flexibilidad, su adaptabilidad, su potencia para recomenzar sin repetir.
Los colectivos anarquistas relacionales no son el futuro. Son el presente posible en cada intersticio de este mundo agrietado. Son semillas de otra forma de estar juntxs. No para fundar una nueva familia, ni una nueva patria, ni una nueva identidad. Sino para dejar de necesitar todas esas ficciones.
Para ser, simplemente, redes libres de afecto, cuidado y libertad.
Conclusión
Planteamos al inicio una sospecha: que el crecimiento poblacional no es signo de bienestar, sino de sometimiento. Que la organización a gran escala no es una conquista, sino una pérdida. Que las condiciones de vida no han mejorado, sino que se han reorganizado para hacer más eficiente la obediencia. Que lo que llamamos civilización se ha construido sobre una maquinaria que fuerza cuerpos, deseos y vínculos hacia la reproducción de un sistema que se sostiene sobre su propia expansión suicida.
A lo largo de este texto, hemos desenterrado las raíces de esa maquinaria: el patriarcado, la familia, la monogamia, la identidad cerrada, la pertenencia obligatoria. Todas ellas son formas de frontera. Fronteras íntimas, fronteras afectivas, fronteras sociales que delimitan quién cuida, quién manda, quién obedece, quién pertenece.
Contra ese mundo de fronteras, hemos propuesto otra lógica: la de los grupos pequeños, permeables, confederados. Comunidades sin centro, sin propiedad, sin linaje. Redes relacionales que no nacen para durar eternamente, sino para sostenerse mientras haya deseo y cuidado. Una política del vínculo y no de la institución. Una ecología del afecto y no del mandato.
Pero no se trata solo de imaginar, sino de practicar. La transformación no vendrá de una gran revolución que sustituya un centro por otro. Vendrá de la capacidad de vivir los principios libertarios aquí y ahora, con honestidad radical. Practicar la horizontalidad sin idealizarla. Luchar contra el poder incluso cuando lo ejercemos sin querer. Desmontar las jerarquías incluso en el terreno minúsculo de lo cotidiano.
No hay método fuera de la práctica. No hay libertad que no se entrene. Por eso, los cambios que necesitamos no vendrán de una ingeniería social, sino de la asimilación profunda y honesta de los principios libertarios: la autonomía, el cuidado mutuo, la crítica constante al poder, el rechazo a la jerarquía, la voluntad de vivir sin obedecer ni mandar.
No se trata de esperar un mundo nuevo. Se trata de dejar de sostener este.
Porque vivir de otro modo no es una esperanza: es una decisión. Y cada día que la postergamos, reproducimos el mundo que decimos querer abolir.
La pregunta ya no es si podemos vivir sin familia, sin jerarquía, sin crecimiento. La pregunta es: ¿cuánto más estamos dispuestos a vivir con ellos?
Deja un comentario