“La excelencia suprema consiste en vencer sin combatir”, escribió Sun Tzu hace más de dos milenios. Esa frase, pensada para la guerra, resuena hoy en la política y en los movimientos sociales: muchas batallas no se ganan en el choque frontal, sino en la definición del terreno donde se librarán. Quien sitúa el marco del debate, quien decide desde qué axiomas se piensa, ya ha conquistado medio territorio antes de que empiece la discusión.

En política, el marco no es un detalle retórico: es la arquitectura invisible que determina qué preguntas son legítimas y cuáles quedan fuera. George Lakoff lo explicó con claridad: los marcos no se discuten, se asumen. Y cuando se asumen, condicionan lo pensable. Pensemos en el feminismo: cuando se acepta que el género es una construcción social, se abre un campo entero de políticas, derechos y transformaciones. Pero aquí aparece una advertencia crucial: incluso en ese terreno, hay batallas no ganadas. Siempre tendremos batallas no ganadas. Una de ellas es la tendencia a situar el camino del feminismo blanco occidental como el único legítimo, cuestión que ha sido criticada por feminismos negros, islámicos, comunitarios de Abya Yala y otras corrientes no hegemónicas. Esto muestra que ganar un marco no significa clausurar el debate, sino abrirlo a nuevas tensiones que exigen pluralidad y vigilancia crítica.

Esta idea se volvió tangible en la preparación de un taller sobre no monogamias. Desde el inicio, decidimos no entrar en la discusión sobre si la monogamia es o no una opresión estructural. En lugar de eso, la presentamos como un eje de opresión, al mismo nivel que género, clase o raza. Ese simple movimiento estratégico cambió todo: evitamos el bucle interminable de “¿es lícito criticar la monogamia?” y nos situamos en un escenario donde la pregunta ya no era si se puede cuestionar, sino cómo hacerlo y qué alternativas imaginar. El resultado fue un espacio fértil para pensar ideas nuevas, imposibles en un marco defensivo. Ganamos esa batalla ideológica sin darla, porque la dimos por ganada desde el principio. Y eso nos permitió avanzar hacia lo que realmente importaba: la creación.

Este ejemplo ilustra una lección más amplia: situar los debates a la vanguardia no es un gesto autoritario, sino una estrategia para desplazar la energía del conflicto hacia la invención. Cuando aceptamos como axioma que ciertas violencias son estructurales (como ya ocurre con género, raza o clase), liberamos recursos para discutir soluciones, no para justificar diagnósticos. El reto, claro, es hacerlo sin caer en dogmatismos, manteniendo la apertura para que otros marcos emergentes (como los feminismos no hegemónicos) cuestionen nuestras propias certezas.

Este aprendizaje adquiere una relevancia especial en un contexto de derechización general de los discursos y políticas en Occidente. Cuando fuerzas reaccionarias logran imponer sus marcos (por ejemplo, situando la agenda en torno a la “ideología de género”, la “defensa de la familia tradicional” o la “seguridad frente al caos”), no solo condicionan las leyes, sino también el imaginario colectivo. Si la estrategia progresista se limita a responder dentro de esos marcos, la batalla está perdida antes de empezar. Por eso, la capacidad de proponer escenarios discursivos propios, de situar debates en términos que amplíen derechos y no que los restrinjan, se convierte en una herramienta crucial para resistir y avanzar.

En tiempos donde la política parece reducirse a la confrontación permanente e infertil, vale la pena recordar a Sun Tzu: “Conquista el territorio antes de la batalla”. Hoy, ese territorio no son las colinas ni los ríos, sino el imaginario colectivo. Quien define el lenguaje, los supuestos y las preguntas iniciales (marco), define también el horizonte de lo posible. Ganar sin combatir, en política, significa diseñar escenarios donde lo nuevo pueda nacer sin pedir permiso a las viejas trincheras.

Coda para la acción

Si algo nos enseña esta reflexión es que no basta con responder a los marcos dominantes: hay que decidir sobre qué se debate y desde qué axiomas. Igual que en el taller sobre no monogamias, donde dimos por sentado que la monogamia es un eje de opresión y abrimos un espacio creativo, necesitamos replicar esta estrategia en todos los lugares donde se construye sentido: aulas, tertulias, centros sociales, colectivos culturales.

La propuesta es clara: empecemos a definir los puntos de partida. No más debates defensivos sobre si la crisis climática existe, si la diversidad es legítima o si la justicia social es necesaria. Situemos el diálogo en el “después”: ¿cómo reorganizamos la vida para frenar el colapso ecosocial?, ¿qué instituciones necesitamos para redistribuir poder y cuidados?, ¿cómo reinventamos la economía para que deje de devorar el planeta? Cada espacio puede convertirse en un laboratorio donde se ensayen estas preguntas, desplazando la energía del choque hacia la imaginación política.

Concretar esta estrategia implica preparar dinámicas que partan de axiomas innegociables: la inviabilidad del modelo actual, la urgencia climática, la interdependencia como principio. Desde ahí, diseñemos debates que no giren en torno a justificar lo obvio, sino a crear lo posible. Porque, como diría Sun Tzu, la mejor victoria es la que se logra antes de la batalla, y hoy esa victoria empieza por decidir qué batallas ya no vamos a dar y cuáles vamos a inventar.

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