Cualquiera podría pensar que una persona que lucha contra la monogamia difícilmente sufre por soledad. Sin embargo, en muchos encuentros de este colectivo —especialmente en los más politizados— es común encontrar talleres para aprender a sobrellevar la soledad no deseada. A primera vista parece extraño, pero tras leer este ensayo se comprende con absoluta claridad: es el efecto combinado de intentar cambiar la sociedad por partes. Cuando quitas una columna del edificio opresivo desde el sótano, el resto del edificio se desploma sobre tu cabeza.

Ese edificio, que se vislumbra como una estructura ultracompleja e interseccional de opresiones, tiene habitaciones que explican fenómenos como el de la soledad. No somos las únicas personas que detectamos este fenómeno en nuestro colectivo —fenómeno que, en distinto grado, se generaliza en todas las sociedades occidentalizadas—. De hecho, hay quienes han decidido crear un modelo de negocio alrededor de este sufrimiento. Las “mandarinas” (así las llamo por imitar el cruel modelo de negocio de Open Mandarina) proliferan como hongos venenosos, lucrándose mientras esconden lo que trataremos en este breve ensayo y repiten una mentira hasta convertirla en verdad: “el problema eres tú, que quieres vivir diferente, y eso no es fácil; por eso necesitas mis servicios”.

Para describir esta habitación oscura del edificio opresivo propongo la siguiente tesis y un diagrama que la ilustra.

La soledad no deseada en contextos de disidencia afectiva no es una contradicción, sino el resultado estructural de un sistema monógamo que regula el deseo, restringe las formas legítimas de vinculación y reproduce la escasez afectiva mediante instituciones coercitivas. Para romper este círculo, es necesario transformar simultáneamente las condiciones materiales, ideológicas y relacionales que lo sostienen.

El rol monógamo de noviazgo

He resistido la tentación de llamar a este apartado “rol de género”, porque hacerlo sería caer en un error binarista y patriarcal, muy influenciado por el discurso reaccionario de los incel. El rol que se suele asignar a las personas socializadas como mujeres, como condición para la elección óptima de pareja, no es exclusivo del «género femenino»: es una versión del rol de noviazgo que atraviesa cualquier género y hunde sus raíces en el sistema monógamo.

Si se destaca este carácter ultraselectivo en personas socializadas como mujeres, es evidente que se trata de una herramienta discursiva de culpabilización. La ultraselectividad en lo que nos interesa —apertura a intimidades, confianzas, cuerpos, proyectos de vida, apoyo mutuo, militancias— es propia de cualquier género dentro del marco monógamo. Lo que cambia son los discursos y las motivaciones (reales, expresadas o legitimadas) que conducen a esta actitud ultraselectiva. Actitud que, por un lado, reprime el deseo, pero por otro también lo construye: no solo niega la legitimidad de lo que alguien desea, sino que configura lo deseable y lo deseado.

Por todo esto, el “rol monógamo” es una pieza esencial de nuestro diagrama y el primer punto del círculo de la soledad. Al ser un círculo, no debemos olvidar que este punto es también el último: si lo vemos como final, entendemos que de este círculo emerge como única forma viable, legítima y concreta la monogamia para crear redes de sostén afectivo y social.

Deseo ultraselectivo

El deseo ultraselectivo es el resultado visible del círculo de la soledad. Es aquello que aparece como causa aparente y que, desde ciertos rincones políticos reaccionarios, se utiliza para culpabilizar —siempre en clave binaria— a las personas socializadas como mujeres. Sin embargo, en realidad se trata de un deseo modulado y coherente con el sistema monógamo. Este sistema se explica y se reproduce a sí mismo definiendo qué es una pareja y qué no lo es. La pareja se presenta como la única unidad legítima para concentrar apoyo mutuo, intimidad (sexual y no sexual), complicidad, proyectos compartidos y militancias sin restricciones.

Todo lo que no sea una pareja carece, según la norma, de muchas —o incluso de todas— estas propiedades. Por tanto, si alguien desea acceder a alguno, muchos o todos estos sentidos en una relación, debe tener una pareja o varias. Tanto en el marco de la exclusividad absoluta como en el de la poligamia limitada, la dificultad y la escasez son tales que la estrategia para conectar con otras personas no puede ser otra que la ultraselección.

Esta ultraselección opera de manera distinta según los roles y expresiones de género, la clase, el racialismo y otros ejes de opresión, pero el marco generalizado en sociedades occidentalizadas sigue siendo el mismo: el noviazgo monógamo (o sus oposiciones) como referencia dominante para todas las personas.

El supermarco que sostiene esta tipología de relaciones es el propio de la ideología dominante: un mercado liberal donde se mercadea con capitales —erótico y social, principalmente, aunque intercambiables con otros—. La libertad se entiende aquí en términos liberales: libertad para comprar y vender. Así, las personas tienen la “libertad” de obtener una relación exclusiva seleccionando en función del capital de la persona deseada. Este supermarco se presenta en la práctica matizado por dos fuerzas: el marco reaccionario estatista y la propuesta de promiscuidad radical.

Tres tendencias ideológicas

Aunque las formas liberales de relación —basadas en el mercado del deseo— son absolutamente dominantes, también existen otras tendencias que se presentan como críticas, aunque con motivaciones y objetivos muy distintos.

Por un lado, está la reacción patriarcal incel. Su propuesta consiste en eliminar la autonomía de las personas socializadas como mujeres para participar en el mercado del deseo. Pretenden convertirlas en objetos, no en sujetos, restringiendo su libertad y regulando su capacidad de elección. Aunque se disfrace con un discurso antiliberal, esta propuesta es profundamente reaccionaria y suele ir acompañada de instituciones coercitivas como la familia y el matrimonio.

Por otro lado, encontramos la propuesta libertaria, que rechaza tanto la lógica mercantil como la regulación autoritaria del deseo. No busca convertir a nadie en objeto ni en sujeto liberal, sino abolir el mercado del deseo y abrir la posibilidad de conocerse de manera radicalmente abierta, desde la confianza, el cuidado y el apoyo mutuo. Esta visión apuesta por una promiscuidad integral y radical: una apertura crítica hacia las personas, los cuerpos, las colectividades y las redes, rompiendo con la escasez afectiva y la exclusividad que sostienen las instituciones monógamas. Sin estas estrategias y nuevas formas sociales, no podemos aspirar a crear las condiciones materiales para que seres supersociales como los humanos construyan colectividades autónomas y creativas.

Esta conclusión conecta con una advertencia que ya insinuaba la teoría de la interseccionalidad: no puede haber anarquía relacional sin anarquía política, y viceversa. Por extensión, no podemos aspirar a una transformación política sin cuestionar, destruir y proponer nuevas formas de socialización. En el terreno de los afectos y los cuidados, la exclusividad, la escasez, la desconfianza, el mercadeo liberal y la represión son armas del Estado que debemos desactivar sin reparos.

Condiciones de ruptura y abolición

Llegamos al tercer elemento de nuestro círculo de la soledad: las condiciones que tenemos para romperlo. Aquí entra en juego el grado de autonomía o dependencia que mantenemos respecto a las trampas del Estado. Los Estados, como entramados de instituciones y estructuras coercitivas, nos plantean un problema y nos ofrecen una única solución: nos impiden cuidarnos colectivamente y, con la otra mano, nos dicen que solo podemos acceder a esos servicios vitales en las formas que ellos consideran legítimas. Esas formas son monógamas, opresivas, inscritas en el género, la familia, el matrimonio. Poco importan los maquillajes adaptativos que adopten estas instituciones: el fondo sigue siendo el mismo. Son mecanismos de reproducción social que, si no se cumplen, nos dejan fuera de muchas cosas que son vitales y queridas.

Aquí se evidencia que el mantra “cuanto peor, mejor” no es cierto. Cuanta más autonomía ganan las colectividades respecto al Estado —ya sea por reformas conquistadas o por colapsos institucionales—, mejores son las condiciones para aumentar y sostener esas autonomías. En nuestro círculo, no podemos pretender cambiar el “rol de noviazgo” sin cambiar las condiciones de acceso a afectos, cuidados, intimidad y redes de apoyo. Sin estas bases materiales, cualquier intento de ruptura queda atrapado en la escasez.

Por tanto, volvemos al inicio y al final del círculo: el rol monógamo como único formato legítimo de apertura. Si no se interviene en las condiciones estructurales, la monogamia seguirá apareciendo como la única salida viable para garantizar sostén afectivo y social.

Del círculo de la soledad al círculo de la promiscuidad radical

Cambiar este círculo de la soledad, incidiendo en cada una de sus tres partes, es todo un reto. La propuesta que traemos no es una fórmula cerrada, sino una exploración con algunas líneas ideológicas que deberán contrastarse en la práctica y el aprendizaje colectivo.

En lugar del rol monógamo de noviazgo, proponemos inspirarnos en la anarquía relacional —no en sus versiones diluidas por ópticas liberales que vacían su contenido emancipador—. Apostamos por politizar el deseo, por cultivar una confianza radical y crítica, y por mantener una apertura hacia colectividades, individualidades, cuerpos, actividades y redes de todo tipo. Romper con la escasez, con el rechazo y con la soledad sentida es crear mejores condiciones para esos cambios y para la construcción de colectividades autónomas.

Lejos de las propuestas del “socialismo de Estado” que intentó “colectivizar los cuerpos” y los afectos —una versión incel de cosificación vestida de rojo—, lo que aquí se plantea es comenzar a reflexionar sobre qué estrategias ponemos en marcha, qué ideas nos guían y cómo estamos socializando, conociendo gente y dejando al margen a tantas otras. Preguntas incómodas se vuelven necesarias: ¿Quién queda fuera de los afectos? ¿Quién queda fuera de los cuidados? ¿Por qué nos da valor la exclusividad? ¿Cómo sacamos valor de la escasez ajena? ¿En qué momento esta ideología capitalista y estatista se infiltró hasta lo más profundo de nuestros deseos y anhelos? ¿Cómo podemos expulsar este veneno?

Conclusión

Seguir pensando, equivocándonos y aprendiendo es nuestra tarea. No hay fórmulas mágicas ni atajos para desmontar las estructuras que moldean nuestros deseos y sostienen instituciones opresivas. Lo que sí hay son preguntas urgentes: ¿cómo socializamos?, ¿a quién dejamos fuera?, ¿qué valor le damos a la exclusividad y por qué? Cada respuesta que ensayemos debe abrir caminos hacia redes más densas, hacia prácticas que rompan la escasez afectiva y la lógica del mercado del deseo.

La promiscuidad radical no es un capricho ni una moda para vender nada: es una estrategia para recuperar la potencia colectiva que nos permita imaginar y construir mundos donde la autonomía no sea privilegio, sino condición común. Mundos donde no se viva en soledad ni la escasez y la exclusividad manejen nuestros deseos y relaciones. Si queremos abolir lo que nos oprime, necesitamos empezar por lo más íntimo: nuestras formas de vincularnos. Porque ahí, en el terreno de los afectos y los cuidados, se juega la posibilidad real de cualquier transformación política.

Glosario de conceptos clave (resumidos)

  • Monogamia: Sistema relacional dominante que establece la exclusividad afectiva y sexual como norma legítima para el vínculo entre dos personas.
  • Deseo ultraselectivo: Forma de deseo moldeada por el sistema monógamo y el mercado afectivo, que restringe las posibilidades de vinculación y los filtra por criterios de capital simbólico, erótico o social.
  • Mercado del deseo: Lógica liberal que convierte las relaciones afectivas en transacciones, donde las personas son valoradas según atributos intercambiables.
  • Promiscuidad radical: Estrategia política y afectiva que propone una apertura crítica y no exclusiva hacia las relaciones, basada en el cuidado, la confianza y la colectividad.
  • Anarquía relacional: Propuesta que cuestiona las jerarquías afectivas y apuesta por vínculos libres, horizontales y no normativos, sin reproducir lógicas de exclusividad ni coerción.
  • Rol monógamo de noviazgo: Modelo relacional que define la pareja como única forma legítima de sostén afectivo, reproduciendo exclusividad y escasez.
  • Reacción patriarcal incel: Ideología que busca restringir la autonomía afectiva de las personas socializadas como mujeres, proponiendo una regulación autoritaria del deseo.
  • Condiciones materiales de ruptura: Factores estructurales (económicos, sociales, institucionales) que permiten o impiden la transformación de los vínculos afectivos y la superación de la escasez.
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