Hay pensadores que no solo escriben libros: abren grietas en los muros de lo inevitable. Pierre Clastres fue uno de ellos. Con su tesis sobre las sociedades contra el Estado, no redactó simplemente antropología: trazó un mapa para la libertad. Sin proclamas ni dogmas, sin la necesidad de llamarlo anarquismo, nos mostró que la historia podía contarse de otro modo, que la política podía existir sin dominación, que la ausencia de Estado no es vacío, sino plenitud organizada desde la autonomía.

Clastres nos regaló una idea que es al anarquismo lo que el materialismo histórico al comunismo: una herramienta para pensar, argumentar y soñar. Su mirada nos permite comprender que la centralización no es destino, sino opción; que la violencia del poder no es natural, sino construida; que la humanidad ha sabido vivir sin jerarquías, y que esas formas no son reliquias, sino posibilidades.

En palabras que James C. Scott recupera como un estandarte, Clastres escribió:

“La historia de los pueblos que tienen una Historia es la historia de la lucha de clases. La historia de los pueblos sin Historia es, diremos con la misma verdad, la historia de su lucha contra el Estado.”

Esta frase es dinamita contra la narrativa única, contra la idea de que todo camino conduce al Leviatán. Nos recuerda que la resistencia no es excepción, sino norma; que la libertad no es utopía, sino memoria.

Tras él, dos voces recogieron el fuego y lo hicieron hoguera: David Graeber y James C. Scott. Ellos nos dieron ejemplos, estructuras, relatos que sostienen la esperanza de mundos libres y justos. Gracias a ellos, la utopía dejó de ser espejismo y se volvió brújula. Hoy sabemos que la antropología no es solo ciencia: es también poesía de la libertad, un canto contra la servidumbre voluntaria, una invitación a imaginar sociedades donde la cooperación vence a la coerción.

Por eso este elogio: porque Clastres no solo pensó el mundo, sino que nos devolvió la posibilidad de reinventarlo. Y en tiempos donde el Estado parece omnipresente, su voz resuena como un desafío: la historia no está escrita, la libertad nunca fue imposible.

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