Cuando pensamos en cambiar el mundo, solemos imaginar leyes nuevas, instituciones más justas o discursos emancipadores. Pero hay un terreno más profundo: el deseo. Lo que anhelamos —cuerpos, objetos, estatus, reconocimiento— no es natural; es una construcción histórica que reproduce sistemas de poder. El capitalismo fabrica el deseo de consumo, el patriarcado modela el deseo sexual, y ambos sostienen jerarquías que decimos combatir.
Podemos criticar el sistema, pero si seguimos deseando lujo, exclusividad o prestigio, la crítica es superficial. El deseo es el motor oculto que perpetúa la dominación. Como advierten Graeber y Scott, la libertad no es un estado abstracto, sino una práctica cotidiana: si no transformamos lo que deseamos, nuestras revoluciones serán reversibles.
Ámbitos donde el deseo nos ata son:
Sexualidad y afectividad. Los cánones patriarcales orientan el deseo hacia cuerpos normativos y relaciones basadas en posesión. La monogamia, presentada como “natural”, refuerza la lógica de propiedad. Las disidencias afectivas —anarquía relacional, vínculos no jerárquicos, amistad radical— son ensayos para imaginar otras formas de construir afectos.
Consumo y clase. El capitalismo no vende objetos, vende deseo. El prestigio social y la acumulación son pulsiones que alimentan el clasismo. Hablar de decrecimiento sin cambiar lo que nos seduce es incoherente: necesitamos valorar tiempo, cuidado y reciprocidad por encima del lujo.
Poder y reconocimiento. Incluso en movimientos emancipadores, el deseo de liderazgo y protagonismo reproduce jerarquías. La horizontalidad fracasa cuando persiste la pulsión de controlar. Deconstruir este deseo implica redefinir el prestigio como capacidad de cuidar y escuchar.
No basta con discursos racionales: necesitamos prácticas colectivas que cuestionen afectos y fantasías. Espacios de reflexión, pedagogías críticas y micropolíticas del deseo son claves. Como señala Holzkamp, la emancipación pasa por transformar la subjetividad.
Algunas cosmovisiones indígenas y espiritualidades ecofeministas ofrecen marcos donde el deseo se orienta a la reciprocidad y la interdependencia, no a la acumulación. Las teologías de la liberación proponen desear justicia y comunidad por encima del poder. ¿Podemos reapropiarnos del deseo sin caer en dogmas? Sí, si entendemos la espiritualidad como vínculo, no como norma.
Deconstruir el deseo no es reprimirlo, sino liberarlo de las cadenas que lo convierten en instrumento de dominación. Aprender a desear de otra manera es la condición para vivir de otra manera. Sin esta transformación, nuestras utopías seguirán siendo espejismos.
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