I. Genealogías y sentidos de la libertad

1. Libertad fascista

La libertad fascista nace como una paradoja: se invoca para justificar la obediencia. En su versión clásica, el fascismo concibe la sociedad como un cuerpo orgánico donde cada individuo es una célula subordinada al mando central. La “libertad” no significa autonomía, sino cumplir el destino colectivo dictado por la jerarquía. Es la libertad de ser parte de una totalidad que no admite disidencia.

En sus mutaciones contemporáneas, esta idea se reviste de nuevos ropajes:

  • Ecofascismo: la naturaleza se convierte en excusa para imponer control demográfico, militarizar la sostenibilidad y legitimar exclusiones. “Salvar el planeta” se traduce en vigilar y castigar.
  • Technofeudalismo: las élites globales redefinen la libertad como interoperabilidad bajo gobernanza privada. Las plataformas digitales funcionan como señoríos: el usuario es súbdito, no ciudadano. La obediencia se racionaliza mediante métricas y algoritmos.

Rasgos esenciales: verticalidad, sacrificio, pureza. La libertad fascista es obediencia estética, disciplina travestida de destino.

2. Libertad liberal

La tradición liberal surge como reacción contra el absolutismo: proclama la autonomía individual, la propiedad privada y el contrato como garantías de libertad. Isaiah Berlin la definió como “no interferencia”: ser libre es que nadie te impida actuar. Pero esta definición oculta una trampa: ¿quién garantiza que la ausencia de interferencia no se convierta en dominio?

El neoliberalismo lleva esta lógica al extremo: el mercado se erige como árbitro absoluto, devorando lo público y privatizando riesgos. Aunque sabemos que esto siempre ha sido un falso discurso que escondía la privatización de ganancias y la comunalización de pérdidas. La libertad se reduce a elegir bajo restricciones estructurales: competir, endeudarse, sobrevivir. Si fracasas, es tu culpa. La retórica de “sé tu propio jefe” oculta la precariedad y la dependencia.

Rasgos esenciales: individualismo, competencia, responsabilización moral. La libertad liberal es elección ilusoria en un tablero amañado.

3. Libertad anarquista

La idea anarquista de libertad rompe con ambas tradiciones: no se limita a negar la interferencia ni a obedecer un mando, sino a abolir toda dominación. Es libertad como práctica colectiva: autogobierno, apoyo mutuo, federación de comunidades autónomas. No es un estado, sino un proceso instituyente que exige corresponsabilidad y cuidado.

Antropológicamente, esta visión reconoce al ser humano como relacional, capaz de cooperar y crear acuerdos libres, horizontales y reversibles. La libertad no es propiedad ni destino: es capacidad compartida de decidir sin amos.

Rasgos esenciales: equidad radical, autonomía, solidaridad. La libertad anarquista es difícil de vender porque no promete mando ni atajos, sino responsabilidad compartida.

II. Comparación semántica de la “libertad”

Aunque la palabra “libertad” parece compartir un significado universal, en realidad se convierte en un campo de batalla semántico donde cada tradición la carga de sentidos opuestos. No hablamos de matices, sino de mundos incompatibles. La libertad fascista, por ejemplo, se presenta como una virtud colectiva: no es la autonomía del individuo, sino su integración obediente en un cuerpo orgánico que se concibe como destino. En este marco, la libertad consiste en ocupar el lugar asignado y cumplir la misión dictada por la jerarquía. Es una libertad que se gana obedeciendo, que se mide en sacrificio y pureza, y que convierte la diferencia en amenaza.

La libertad liberal, en cambio, se articula en torno a la figura del individuo propietario. Su genealogía la define como ausencia de interferencia: ser libre es que nadie impida actuar. Sin embargo, esta promesa se quiebra cuando se observa que la no interferencia no elimina la dominación económica, sino que la naturaliza. El neoliberalismo lleva esta lógica al extremo: la libertad se reduce a la capacidad de elegir en un tablero amañado por el mercado. Competir, endeudarse y sobrevivir se convierten en actos de “autonomía”, mientras la precariedad y la dependencia (en general cualquier opresión) se ocultan bajo el discurso de la responsabilidad individual. Así, la libertad liberal se transforma en una ilusión: elegir entre jaulas no es elegir.

Frente a ambas, la libertad anarquista introduce una ruptura radical. No se limita a negar la interferencia ni a obedecer un mando, sino que busca abolir toda forma de dominación. Aquí la libertad no es propiedad ni destino, sino práctica colectiva: autogobierno, apoyo mutuo, federación de comunidades autónomas. Es una libertad que se construye en común, que exige acuerdos horizontales y reversibles, y que se sostiene en corresponsabilidad. Por eso resulta más difícil de transmitir: no promete mando ni atajos, sino la tarea compleja de instituir cooperación real.

En definitiva, cada concepción responde a preguntas distintas: ¿quién ejerce la libertad?, ¿frente a qué poder?, ¿qué límites la regulan?, ¿qué mundo produce? Si la libertad fascista fabrica orden y homogeneidad, la liberal genera competencia y desigualdad estructural, mientras la anarquista apuesta por comunes, cooperación y diversidad radical. Y aquí emerge la tesis mordaz: si tu libertad necesita jerarquías, deuda o vigilancia, no es libertad; es una coartada para el poder.

III. Antropologías implícitas

Detrás de cada concepción de libertad se esconde una idea de lo humano, una antropología que no siempre se enuncia, pero que orienta la práctica política. La libertad fascista presupone que el individuo no es un fin en sí mismo, sino una pieza subordinada en una máquina orgánica. El ser humano aparece como función del cuerpo nacional, incapaz de existir fuera de la jerarquía que le asigna un lugar. La diferencia se percibe como amenaza, y la obediencia se convierte en virtud. En este marco, la libertad no es autonomía, sino liberación del caos mediante la disciplina: ser libre significa aceptar el destino impuesto por el mando.

La libertad liberal, por su parte, descansa sobre una antropología individualista. El ser humano se concibe como propietario racional, aislado, que maximiza intereses en un mercado que se presenta como natural. La sociedad no es más que la suma de voluntades privadas, y la dependencia se oculta bajo la ficción del contrato. Esta visión convierte la libertad en una cuestión de elección, pero ignora que las condiciones materiales y las estructuras de poder determinan esas elecciones. Así, la antropología liberal fabrica sujetos que compiten, endeudan y se responsabilizan de su fracaso, mientras el sistema que los constriñe permanece invisible.

Frente a estas dos, la libertad anarquista propone una antropología radicalmente distinta. El ser humano no es ni pieza subordinada ni individuo aislado, sino un ser relacional, capaz de cooperar y crear vínculos horizontales. La libertad no se entiende como propiedad ni como ausencia de interferencia, sino como capacidad colectiva de autoorganización sin dominación. Esta concepción exige reconocer la plasticidad de lo social: las jerarquías no son inevitables, las instituciones pueden ser prefiguradas, y la cooperación no es utopía, sino práctica. Por eso la libertad anarquista implica una tarea más compleja: desarmar las estructuras que nos han enseñado a obedecer y desaprender la lógica de la competencia.

En suma, cada idea de libertad fabrica un tipo de humanidad: la fascista produce cuerpos disciplinados, la liberal individuos atomizados y endeudados, la anarquista comunidades autónomas que instituyen equidad y cuidado. Y aquí emerge la pregunta decisiva: ¿qué antropología queremos reproducir cuando hablamos de libertad? Porque si la respuesta es obediencia o aislamiento, la palabra se convierte en máscara del poder.

IV. Consecuencias políticas y materiales

Las ideas no son inocuas: cada concepción de libertad fabrica instituciones, economías y tecnologías que modelan la vida cotidiana. La libertad fascista, al situar la obediencia como virtud, desemboca en estructuras verticales y centralizadas. El Estado se convierte en un aparato de mando que no admite fisuras, y la política se reduce a disciplina y sacrificio. Esta lógica se extiende a la economía: militarización, austeridad y control social se justifican como defensa del orden. Incluso la tecnología se somete a la misma racionalidad: sistemas de vigilancia, crédito social encubierto y plataformas que monitorizan la conducta en nombre de la seguridad. El resultado es una sociedad donde la libertad se invoca para legitimar la sumisión.

La libertad liberal produce un escenario distinto, pero no menos problemático. Al concebir la autonomía como elección individual, desplaza el poder hacia el mercado y convierte la competencia en principio organizador. Las instituciones se vacían de contenido público y se transforman en gestores de riesgos privatizados. La economía se articula en torno a la deuda y la precariedad: la libertad se mide en capacidad de consumo, aunque las condiciones materiales estén determinadas por estructuras que el discurso liberal oculta. La tecnología, lejos de emancipar, se convierte en herramienta de extracción: datos convertidos en mercancía, algoritmos que perfilan conductas, plataformas que prometen acceso mientras consolidan dependencia. Así, la libertad liberal se traduce en una paradoja: más opciones aparentes, menos poder real.

Frente a estas lógicas, la libertad anarquista plantea una alternativa radical. Si la autonomía es colectiva, las instituciones no pueden ser jerárquicas: deben ser asamblearias, federativas y reversibles. La economía se orienta hacia la autogestión y la redistribución, con prácticas de apoyo mutuo que desmercantilizan lo necesario. La tecnología, lejos de ser monopolio, se concibe como infraestructura común: código abierto, redes comunitarias, herramientas apropiables. Esta visión no promete neutralidad, sino una tarea política: construir espacios donde la cooperación sustituya a la dominación. No es un ideal abstracto, sino una práctica que desafía la lógica del capital y del mando.

En definitiva, cada idea de libertad produce un mundo material coherente con su antropología: el fascismo fabrica cuerpos vigilados, el liberalismo individuos endeudados y conectados a plataformas, el anarquismo comunidades que instituyen igualdad y cuidado. La pregunta es inevitable: ¿qué instituciones queremos reproducir cuando decimos “libertad”?

V. Casos contemporáneos: la captura de la palabra “libertad”

La disputa por el significado de la libertad no es un ejercicio académico: se juega hoy en escenarios concretos donde la palabra se convierte en herramienta de poder. El primer ejemplo es el ecoautoritarismo, una mutación del discurso ambiental que utiliza la urgencia climática para justificar políticas de control social. Bajo el lema de “salvar el planeta”, se normalizan medidas que restringen derechos, militarizan territorios y convierten la sostenibilidad en un dispositivo de exclusión. La libertad, en este marco, se redefine como obediencia a una autoridad que se presenta como garante de la supervivencia. El resultado es perverso: la crisis ecológica se instrumentaliza para reinstalar jerarquías y legitimar la violencia contra los más vulnerables.

El segundo escenario es el technofeudalismo, donde las plataformas digitales han sustituido la ley por términos de servicio y la ciudadanía por la condición de usuario. Aquí la libertad se traduce en “acceso” y “conectividad”, pero en realidad significa dependencia absoluta de infraestructuras privadas que gobiernan sin control democrático. Las métricas y algoritmos no solo regulan el comportamiento, sino que lo anticipan y lo moldean. La promesa de autonomía digital se convierte en vasallaje: trabajamos, consumimos y nos relacionamos en feudos corporativos que extraen datos como renta. En este contexto, la libertad se convierte en un simulacro: elegir entre plataformas no es elegir, es rotar entre señores.

El tercer caso es el neoliberalismo cultural, que ha convertido la libertad en una marca aspiracional. “Sé tu propio jefe”, “emprende”, “elige tu camino”: consignas que ocultan la precariedad estructural y la privatización del riesgo. La autonomía se reduce a gestionar la propia vulnerabilidad en un mercado que devora lo común. La deuda se presenta como oportunidad, la competencia como virtud, y el fracaso como responsabilidad individual. Así, la libertad se transforma en un imperativo moral que culpabiliza al sujeto mientras exculpa al sistema.

Estos ejemplos muestran que la captura de la palabra “libertad” no es retórica: produce realidades materiales. Bajo el ecofascismo, la libertad se convierte en disciplina ecológica; bajo el technofeudalismo, en dependencia digital; bajo el neoliberalismo cultural, en autoexplotación. Frente a estas distorsiones, la pregunta es urgente: ¿qué prácticas pueden devolver a la libertad su sentido emancipador? Porque si no se disputa el significado, la palabra seguirá siendo el disfraz más eficaz del poder.

VI. Conclusión

La palabra “libertad” no es un concepto neutro: es un campo de batalla donde se enfrentan proyectos de civilización. El fascismo la convierte en obediencia glorificada, el liberalismo en elección ilusoria, y el neoliberalismo en una marca que oculta dependencia. Cada una de estas versiones fabrica instituciones, economías y tecnologías que reproducen dominación mientras proclaman emancipación. La libertad se invoca para legitimar jerarquías, deuda y vigilancia, y así se convierte en el disfraz más eficaz del poder.

Frente a estas distorsiones, la libertad anarquista no es la más cómoda ni la más vendible, pero sí la única que no necesita dominación para existir. No promete salvación ni atajos: exige corresponsabilidad, cooperación y la tarea difícil de instituir igualdad real. Es una libertad que se construye en común, que no se mide en propiedad ni en consumo, sino en la capacidad colectiva de decidir sin amos.

La disputa por esta palabra no es semántica: es política, material y urgente. Porque quien controla el significado de la libertad controla el horizonte de lo posible. Y aquí la afirmación final es rotunda: no hay libertad sin justicia; no hay justicia sin comunes. Si queremos que la palabra recupere su sentido emancipador, debemos arrancarla de las manos del poder y devolverla a la práctica que la hace verdadera.

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