Consecuencias de una asombrosamente ilimitada idiotez colectiva.

Resulta difícil de creer: ciudadanos que viven en Venezuela piden a gritos una invasión extranjera, como si la ocupación militar fuera sinónimo de libertad. ¿En qué momento la historia dejó de enseñarnos que cada invasión es una herida abierta? ¿Cómo hemos pasado de las manifestaciones masivas contra la guerra (como ocurrió con Iraq) a la apatía o incluso la celebración de la violencia imperial?

El discurso que pretende justificar esta barbarie se sostiene sobre pilares podridos: “rescate democrático”, “lucha contra el narcotráfico”, “defensa de los derechos humanos”. Sin embargo, los propios informes de organismos estadounidenses e internacionales reconocen que Venezuela no es un epicentro del comercio de drogas. La narrativa es pura ficción, diseñada para fabricar consenso y legitimar el saqueo.

¿Y qué ocurre cuando las bombas caen? Primero, la devastación inmediata: ciudades reducidas a escombros, hospitales colapsados, cadáveres anónimos en las calles. Después, el éxodo: millones de desplazados, hambre, enfermedades. Y más allá, la amputación definitiva de la soberanía: gobiernos títeres, recursos naturales convertidos en botín, una nación transformada en colonia. Basta mirar Iraq, Afganistán o Libia para entender que la “libertad” prometida es solo humo que precede al fuego.

Lo inconcebible no es solo la violencia, sino la magnitud de la idiotez colectiva. Una sociedad zoombificada por los grandes medios, anestesiada por titulares que reducen la complejidad a eslóganes vacíos. Las redes sociales amplifican la consigna: “¡Que vengan los marines!”, como si la historia no gritara que cada invasión deja cicatrices que tardan generaciones en cerrar. ¡¿A qué creen que vienen los marines?! ¡¿Qué creen que hacen los marines en los países que invaden?!

Hoy más que nunca urge recuperar la lucidez y la dignidad. Pedir una invasión es renunciar a la vida, a la autonomía, a la memoria. Ninguna bomba trae democracia; ninguna ocupación trae paz. Solo devastación y sometimiento. Que no nos engañen: la guerra nunca es solución, siempre es negocio.


Más allá de las diferencias: la realidad es tozuda

Por muchas críticas que podamos hacer a las élites bolivarianas, la realidad se impone con una contundencia que no admite frivolidades. Estamos ante un proceso que, con todas sus contradicciones, ha sacado de la pobreza a millones de personas y ha reducido desigualdades históricas que parecían inamovibles. Las cifras son claras: las tasas de escolarización han mejorado notablemente, el acceso a la salud se ha ampliado, y la calidad de vida de amplios sectores populares ha experimentado avances que antes eran impensables.

Todo esto, además, en condiciones extremas: bloqueos económicos asfixiantes, atentados, intentos de golpe de Estado, robo y malversación de reservas en oro, y un sinfín de sabotajes internos y externos, desde las guarimbas hasta campañas internacionales de deslegitimación. A pesar de ello, el país resiste. Y resiste porque ha puesto sus recursos al servicio de la población, porque ha promovido mecanismos de descentralización mediante comunas federadas, porque ha abierto espacios de debate en ámbitos políticos, ecológicos, educativos y culturales que son inéditos en la región.

Este proyecto, con todas sus imperfecciones, defiende algo esencial: la soberanía frente al imperialismo. En un mundo donde las potencias se arrogan el derecho de decidir quién gobierna y cómo, Venezuela ha optado por un camino propio, con errores y aciertos, pero con una voluntad clara de no arrodillarse ante los dictados de Washington. Esa es la línea roja que explica por qué se ha convertido en objetivo prioritario del intervencionismo: porque ha osado desafiar el orden impuesto.

Quien ignore estos hechos, quien reduzca todo a una caricatura de “dictadura” sin matices, está contribuyendo a la narrativa que justifica invasiones y saqueos. Y eso, más allá de cualquier discrepancia ideológica, es inadmisible. Porque la defensa de la soberanía no es un capricho: es la condición mínima para que un pueblo pueda decidir su destino.


El contexto: petróleo, declive y desesperación imperial

Para comprender la ferocidad del asedio contra Venezuela, hay que mirar más allá de sus fronteras. Estamos en un momento histórico marcado por el pico del petróleo y, en general, por el agotamiento de los recursos que sostienen la civilización industrial. Estados Unidos, endeudado hasta la médula, apenas dispone de unos pocos años —tres, según estimaciones energéticas— para mantener su nivel de extracción y consumo antes de entrar en una crisis irreversible.

El imperio ha perdido el control del extractivismo global. África y Asia ya no son territorios dóciles: China ha desplazado a Washington como actor dominante en los mercados internacionales, asegurando contratos, infraestructuras y alianzas estratégicas que dejan a EE.UU. en una posición cada vez más marginal. Incluso en América Latina, su patio trasero histórico, la influencia estadounidense se erosiona frente al avance chino y la emergencia de proyectos soberanos.

En este escenario, Venezuela no es solo un país: es un flotador. Sus reservas de crudo —las mayores del planeta— son la última tabla de salvación para un imperio que se hunde. De ahí la urgencia, la agresividad, la obsesión por desestabilizar, invadir, controlar. No se trata de democracia ni de derechos humanos: se trata de energía, de supervivencia imperial en un mundo que ya no gira en torno a Washington.

Quien ignore este contexto, quien crea que la guerra es por “libertad”, está cayendo en la trampa propagandística. La realidad es tozuda: el imperialismo no negocia cuando se trata de recursos vitales. Y por eso Venezuela resiste, porque sabe que detrás de cada sanción, de cada amenaza, de cada intento de golpe, hay un objetivo claro: arrebatarle la soberanía para convertirla en combustible del declive estadounidense.

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