Estados Unidos como colonia de sí mismo (a la luz de Aimé Césaire)

“Una civilización que juega con sus principios es una civilización moribunda… Europa es indefendible.” — Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo

La escena norteamericana ya no puede describirse como “crisis” ni como “exceso” ocasional: es un régimen de violencia difusa que ordena la vida cotidiana. Las calles militarizadas, el aumento de los grupos armados civiles, la represión sobre migraciones y disidencias, y la normalización del miedo racializado no son errores del sistema; son su gramática. Desde un punto de vista anarquista y decolonial, nada de esto sorprende: el Estado‑imperio se degrada hacia dentro cuando se agotan sus márgenes de despojo hacia fuera. Es el bumerán colonial del que hablaba Aimé Césaire: aquello que Europa (y su heredero estadounidense) ejerció sobre las colonias regresa a la metrópoli con su mismo rostro (campos de excepción administrativos, deshumanización burocrática, guerra social de baja intensidad).

Quien siga creyendo que se trata de un “problema doméstico” debería mirar la continuidad imperial: ICE convierte la frontera en interior, la seguridad nacional redefine al “enemigo” como población sobrante, y el excepcionalismo estadounidense se revela como excepción permanente para gobernar lo ingobernable. En este marco, resultan menos estridentes las advertencias de Ramón Grosfoguel sobre un escenario pre‑guerra civil en EE. UU.; en charlas y entrevistas recientes ha sostenido que el país se encamina hacia un conflicto interno en el corto plazo. En esa línea ha afirmado que, pese a ser una tragedia humanitaria, una guerra civil en EE. UU. podría significar un respiro para millones de personas hoy sometidas a sanciones, injerencias y guerras impulsadas por el imperio a escala global; un argumento que solo puede leerse como diagnóstico geopolítico, nunca como deseo.

A la vez, caen las máscaras en la retórica de las élites atlánticas: la gestión tecnocrática del mundo ya ni siquiera necesita el barniz humanista; habla el cálculo desnudo del poder. Si Césaire diagnosticó que Hitler no fue una anomalía sino el retorno a Europa de los métodos coloniales practicados “fuera”, hoy el espejo estadounidense muestra la misma estructura: un imperio que, al agotarse, coloniza su propio interior. Desde el decrecentismo y la crítica radical al poder, la pregunta no es si habrá “otra guerra” sino qué formas de vida (comunitarias, federativas, ecosociales) podrán sustraerse a su administración cotidiana de la muerte.

La violencia como lenguaje político cotidiano: de la excepcionalidad al régimen

En el contexto estadounidense actual, la violencia ha dejado de ser un acontecimiento extraordinario o un fallo puntual del sistema para convertirse en su lenguaje político ordinario, en el medio a través del cual se gobierna una sociedad crecientemente fragmentada y desigual. Lejos de tratarse de una acumulación de “excesos” (abusos policiales, tiroteos, represión de protestas) lo que observamos es la consolidación de un régimen de violencia difusa, distribuida y administrada, que atraviesa lo policial, lo jurídico, lo económico y lo simbólico. Desde una mirada anarquista, esto no resulta sorprendente: todo poder estructurado necesita recurrir, tarde o temprano, a la coacción para sostenerse, y cuando pierde legitimidad social ya no puede disimularla bajo el lenguaje del consenso.

Así, la violencia policial no aparece como un último recurso frente al conflicto, sino como su punto de partida, inaugurando una relación asimétrica entre Estado y población en la que determinados cuerpos (racializados, empobrecidos, migrantes) son marcados como riesgo permanente. Esta violencia no actúa sola, sino que se articula con una violencia burocrática mucho más silenciosa, hecha de formularios, bases de datos, plazos, detenciones administrativas y suspensiones selectivas de derechos, que produce sufrimiento sin necesidad de espectacularidad. A ella se suma la violencia del mercado, inseparable del capitalismo tardío, que expulsa a millones de personas a la precariedad vital mientras destruye los ecosistemas que hacen posible la existencia colectiva. En este sentido, la violencia económica y la violencia ecológica son una misma cosa: ambas responden a la lógica de una megamáquina que convierte la vida en recurso y el territorio en mercancía.

Todo este entramado se sostiene sobre una infraestructura de miedo cuidadosamente dosificada. La racialización no opera aquí como prejuicio individual, sino como tecnología de gobierno que permite asignar peligrosidad, justificar presupuestos policiales, desplegar dispositivos de vigilancia y legitimar estados de excepción informales. El miedo se convierte así en capital político, y su administración constante explica por qué la violencia no disminuye, sino que se normaliza. En este contexto, la protesta deja de ser un derecho tolerado y pasa a ser redefinida como amenaza: se legisla contra la disidencia, se criminaliza la organización de base y se castiga ejemplarmente cualquier intento de reapropiación del espacio público. La calle, despojada de su función política, es devuelta al orden como espacio a vigilar.

Desde una ética libertaria, la respuesta a este escenario no puede limitarse a exigir una reducción de la violencia estatal, porque es el propio Estado (y el sistema económico que lo atraviesa) quien la produce estructuralmente. Por ello, la apuesta anarquista no pasa por la confrontación fetichizada, sino por la sustracción: retirar parcelas de vida de la gramática violenta del poder y reorganizarlas desde el apoyo mutuo, el cuidado y la autonomía material. Cocinas comunitarias, cooperativas de vivienda, redes de cuidados, huertas agroecológicas, asambleas barriales y economías de suficiencia no son prácticas marginales, sino formas concretas de desactivar la rentabilidad política de la violencia. Cuando las necesidades básicas se resuelven de manera colectiva y sostenible, el miedo pierde eficacia y el poder pierde terreno.

Leído a la luz de Aimé Césaire, este proceso confirma que la violencia que hoy atraviesa la metrópoli no es una anomalía, sino el retorno de las técnicas coloniales al centro. Como ya advirtió, el fascismo no fue una excepción moral de Occidente, sino la aplicación interna de métodos largamente ensayados en las colonias. En el presente, ese retorno adopta formas administrativas, policiales y económicas que gobiernan mediante la degradación cotidiana de la vida. Frente a ello, el horizonte decrecentista y anarquista no propone una utopía abstracta, sino una estrategia de supervivencia: reducir la escala, limitar el poder, restaurar los vínculos sociales y ecológicos, y construir sociedades capaces de convivir sin coacción. Solo así la violencia deja de ser lenguaje y la vida recupera la palabra.

3. El retorno de las Panteras Negras (o su fantasma): autodefensa comunitaria frente al colapso del contrato social

Hablar hoy del retorno de las Panteras Negras no significa afirmar una repetición histórica ni una reaparición orgánica de aquella experiencia concreta, sino reconocer la persistencia de un fantasma político que emerge cada vez que el Estado deja de cumplir incluso sus propias promesas mínimas de protección y bienestar. Lo que vuelve no es la iconografía armada ni la épica del enfrentamiento, sino una intuición radicalmente vigente: cuando el poder se revela como fuerza hostil, extractiva y racial, la vida solo puede defenderse desde la comunidad. En ese sentido, la autodefensa no nace del deseo de violencia, sino del vaciamiento del contrato social, de la constatación de que el Estado no garantiza seguridad, justicia ni dignidad, sino que administra la precariedad y distribuye el miedo.

El legado más fértil de las Panteras Negras nunca estuvo en las armas, sino en sus programas de supervivencia, en la decisión de organizar desde abajo aquello que el Estado negaba sistemáticamente: alimentación, salud, educación, transporte, cuidado. Esa dimensión material y cotidiana es la que reaparece hoy bajo formas diversas y descentralizadas, desde cocinas comunitarias y clínicas populares hasta redes de apoyo legal, cajas de resistencia y sistemas de acompañamiento frente a la violencia policial. Lo que se expresa en estas prácticas no es una lógica militar, sino una política del cuidado que entiende que proteger la vida implica reducir la dependencia de instituciones que funcionan como dispositivos de control. Desde una ética anarquista, esta orientación es central: no se trata de disputar el monopolio de la violencia, sino de hacerlo irrelevante mediante la construcción de autonomía.

En este contexto, la autodefensa comunitaria debe entenderse como un proceso profundamente desmilitarizador, porque rompe tanto con la delegación estatal de la fuerza como con la fascinación por el conflicto. Defenderse es, ante todo, organizar información, cuidados, mediaciones y apoyos mutuos que impidan la escalada del daño y limiten la capacidad del poder para aislar, criminalizar y destruir. La violencia estatal prospera allí donde hay soledad, desinformación y fragmentación; por eso, la respuesta libertaria no es el choque frontal, sino la densificación de vínculos, la creación de redes de confianza y la inteligencia colectiva. En lugar de reproducir jerarquías y mandos, estas formas de organización se sostienen en la rotación de responsabilidades, la transparencia y la revocabilidad, evitando que la defensa se transforme en un nuevo poder.

Leída a través de Aimé Césaire, esta reaparición del “fantasma pantera” confirma que la metrópoli comienza a tratar a sus propios barrios como colonias interiores. Allí donde el Estado clasifica poblaciones como peligrosas o prescindibles, la comunidad responde reapropiándose de su capacidad de cuidarse y de decidir. No es casual que estas experiencias emerjan en territorios marcados por la racialización, la pobreza y la violencia policial: son los espacios donde la ficción del humanismo imperial se ha desmoronado por completo. En ese sentido, la autodefensa comunitaria no es una desviación del orden democrático, sino una respuesta política a su fracaso estructural.

Este retorno implica una crítica directa a la lógica expansiva que alimenta tanto la violencia social como la destrucción ecológica. Defender la vida hoy exige reducir la escala, relocalizar la producción, acortar cadenas de dependencia y reconstruir relaciones sostenibles con el territorio. No puede haber autodefensa real en un mundo que consume más de lo que puede regenerar, ni comunidad posible sobre ecosistemas devastados. Por eso, la herencia más radical de las Panteras, leída desde el presente, no apunta a la confrontación, sino a la institución de formas de vida autónomas, capaces de sostener la felicidad colectiva sin recurrir a la coacción.

Así, el retorno de las Panteras Negras no anuncia una guerra, sino algo mucho más inquietante para el poder: la posibilidad de que amplios sectores de la población dejen de esperar soluciones desde arriba y comiencen a organizar su existencia al margen del Estado y del mercado. Ese es el verdadero peligro que el fantasma encarna, y también la esperanza que contiene: la de una sociedad que, frente a la violencia estructural del imperio en declive, responde no con más violencia, sino con autonomía, cooperación y cuidado radical de la vida.

4. ICE como policía colonial: de la frontera externa a la frontera interior

Si hay un dispositivo que condensa con nitidez la mutación colonial del Estado estadounidense en su fase de declive, ese es ICE. No como anomalía, ni como exceso coyuntural, sino como forma de gobierno. ICE no se limita a hacer cumplir leyes migratorias: produce una frontera móvil, interiorizada, que atraviesa barrios, centros de trabajo, escuelas, hospitales y carreteras, convirtiendo la vida cotidiana en un espacio permanentemente expuesto a la captura. La frontera deja así de ser una línea geográfica para transformarse en un régimen político, una tecnología de poder que clasifica cuerpos, suspende derechos y administra el miedo. Lo que se despliega es una policía colonial clásica, solo que ya no opera en territorios ultramarinos, sino en el corazón mismo de la metrópoli.

ICE encarna una violencia eminentemente burocrática, tanto más eficaz cuanto menos visible. Detenciones administrativas sin garantías penales, deportaciones exprés, centros de internamiento que no se reconocen como cárceles pero funcionan como tales, y una red de bases de datos opacas que deciden el destino de las personas sin mediación humana significativa. No hay aquí espectáculo ni retórica grandilocuente: hay expedientes, formularios y algoritmos. Esta es la forma contemporánea del castigo colonial, aquella que Aimé Césaire identificó como especialmente peligrosa porque se presenta como técnica, neutral y necesaria. La deshumanización no se grita; se tramita.

La colaboración de ICE con policías locales, mediante programas de delegación y cooperación, refuerza esta lógica colonial al difuminar la distinción entre control migratorio y seguridad pública. Cualquier interacción con el Estado (una parada de tráfico, una denuncia, una solicitud de ayuda) puede convertirse en el inicio de un proceso de expulsión. De este modo, amplios sectores de la población quedan empujados a una clandestinidad estructural, no solo jurídica sino existencial. El resultado es un disciplinamiento generalizado que no afecta únicamente a las personas migrantes, sino que reconfigura el conjunto del espacio social, introduciendo una pedagogía del miedo que fragmenta comunidades y destruye la confianza.

Desde una genealogía colonial, este mecanismo es perfectamente reconocible. Las policías imperiales nunca se concibieron para proteger, sino para gestionar poblaciones consideradas peligrosas, improductivas o excedentes. Su función era garantizar la extracción económica y la estabilidad política mediante la identificación constante del enemigo interno. ICE cumple hoy ese mismo papel: produce al “ilegal” como figura abstracta y amenazante, despojada de historia, vínculos y derechos, legitimando así un régimen de excepción permanente. En este sentido, no es exagerado afirmar que la lógica colonial ha regresado a casa, confirmando la tesis de Césaire sobre el bumerán del colonialismo que golpea finalmente a la metrópoli.

Pero este retorno no se limita al plano jurídico o policial; tiene una dimensión profundamente social y moral. ICE no solo detiene y deporta, sino que descompone comunidades, rompe familias y erosiona los lazos de apoyo mutuo que hacen posible la vida colectiva. La separación forzada, la amenaza constante y la incertidumbre prolongada generan un daño que no puede medirse en estadísticas, pero que atraviesa generaciones. Este daño no es colateral: es constitutivo de un poder que solo puede sostenerse produciendo sufrimiento y desarraigo. La megamáquina imperial necesita cuerpos disponibles, precarios y atemorizados, y ICE es uno de sus engranajes más eficaces.

Frente a este dispositivo, la respuesta no pasa por deslegitimar radicalmente la frontera como principio organizador de la vida. Las redes de apoyo a migrantes, los santuarios comunitarios, el acompañamiento legal colectivo y la negativa a colaborar con el aparato represivo no son prácticas de desobediencia decolonial que socavan la capacidad operativa del poder. En ellas reaparece, una vez más, la lógica de la autodefensa comunitaria: proteger a quienes el Estado persigue es una forma de proteger la posibilidad misma de convivencia sin coacción.

Además, ICE revela la conexión íntima entre control migratorio, extractivismo y colapso ecosocial. Las migraciones que el Estado criminaliza son, en gran medida, consecuencia directa del despojo imperial, de guerras, sanciones económicas y destrucción ambiental. Perseguir a quienes huyen de un mundo devastado por la propia megamáquina es la máxima expresión de su cinismo. Por ello, abolir el régimen fronterizo no es solo una exigencia ética, sino una condición para cualquier proyecto de sociedades sostenibles y autónomas.

ICE no es, en definitiva, un problema sectorial, sino un síntoma mayor del agotamiento imperial. Allí donde el poder ya no puede gobernar mediante consenso, gobierna mediante expulsión. Y allí donde expulsa, deja al descubierto su verdadero rostro. Nombrarlo, analizarlo y combatirlo desde la comunidad es parte de la tarea anarquista en este tiempo histórico para hacer posible un mundo sin fronteras, sin miedo y sin dominación.

5. Aimé Césaire y la clave interpretativa: Hitler no cayó del cielo

Volver a Aimé Césaire hoy no es un necesario ajuste de foco: su Discurso sobre el colonialismo explica que el fascismo europeo no fue una anomalía moral ni una interrupción del humanismo, sino el retorno a la metrópoli de los métodos de dominación ya ensayados contra pueblos colonizados; lo que Césaire llamó el “terrible efecto bumerán”(cuando las técnicas de excepción aplicadas “allá” son reutilizadas “aquí” como gramática de gobierno) permite comprender por qué la violencia que hoy se despliega en Estados Unidos no deriva de un accidente doméstico, sino de la lógica imperial que vuelve sobre sí misma. En su formulación más cruda, Césaire denuncia que lo imperdonable de Hitler para la burguesía europea no fue el crimen “en sí”, sino que aplicara a Europa procedimientos coloniales que hasta entonces se reservaban para árabes, indios y africanos; es decir, que la barbarie colonial, normalizada y justificada fuera, se practicó por fin dentro de Europa.

Desde esa clave, la metrópoli imperial vista como escenario prebélico no es el inicio de nada nuevo, sino la consecuencia terminal de un proceso descrito por Césaire: “nadie coloniza inocentemente… una civilización que justifica la colonización llama irresistiblemente a su Hitler, quiero decir, a su castigo”. El argumento completo no es una boutade; está sostenido por una acusación sistemática: Europa (y por extensión su heredero estadounidense) es moralmente indefendible cuando naturaliza la violencia en nombre de la civilización, y esa hipocresía vuelve como descomposición interna. De ahí que Césaire hable de una “decivilización del colonizador”, un embrutecimiento que despierta “instintos enterrados” y racializa el mundo hasta convertir la excepción en normalidad; la frase sigue resonando porque describe sin esfuerzo el pasaje de la frontera como línea geográfica al régimen fronterizo como método cotidiano.

Este bumerán imperial no fue solo intuición de Césaire: la idea ha sido reconstruida por la teoría política (de Arendt a Foucault) y por historiografías que documentan cómo técnicas coloniales (vigilancia masiva, internamientos, trabajos forzados, contrainsurgencia) migran y se reimportan a la metrópoli en ciclos de crisis; de ahí que hoy podamos nombrar con propiedad el “boomerang imperial” al observar su repetición contemporánea. Incluso lecturas recientes han afinado sus capas temporales: un retorno rápido, que deshumaniza de inmediato al colonizador, y un retorno lento, que culmina en fascismos domésticos cuando la estructura imperial se agrieta. En todos los casos, la tesis de Césaire se mantiene: lo que se perfecciona “fuera” sobre poblaciones declaradas sacrificables, termina siendo política interior sobre sectores precarizados, racializados o disidentes. La IA de muerte en Gaza vuelve a los barrios de la metrópoli yankee de la mano de ICE y Palantir.

Si leemos el presente estadounidense desde esa luz, conceptos como “seguridad nacional” o “defensa del orden” pierden su aura normativa y se revelan como transcodificaciones de una misma práctica colonial: identificar enemigos internos, suspender derechos, administrar deportaciones y militarizar la vida civil. Césaire lo sintetiza con precisión cuando afirma que la supuesta civilización europea, al enfrentarse a los problemas que ella misma creó (el proletario y el colonial), se refugia en la hipocresía y acelera su agonía moral. Por eso su diagnóstico no es moralista sino estructural: mientras exista un dispositivo que convierte a otros en sub‑humanos para sostener la acumulación, ese dispositivo tenderá a ensanchar su radio hasta abarcar el interior; la metrópoli será tratada como colonia de sí misma cuando el coste de expandir hacia afuera sea mayor que el de controlar hacia adentro.

La lección de Césaire se vuelve programa: no basta con denunciar la violencia imperial como incoherencia ética, hay que desactivar la máquina que la hace posible. Primero, nombrando su genealogía para que no se nos venda como “novedad” lo que es repetición; segundo, sustrayendo la vida cotidiana de sus incentivos (autonomía material, apoyo mutuo, federaciones sin mando); y tercero, restringiendo materialmente el campo de acción del bumerán mediante prácticas que reduzcan escala y dependencia: si decrecer es reorganizar necesidades fuera de los circuitos que requieren coacción, entonces decrecer es también una política antifascista en el sentido cesairiano. En última instancia, el Discurso propone descolonizar sociedad y subjetividad a la vez (“decolonizar la mente” y las instituciones) porque solo así la retórica humanista deja paso a una práctica de humanidad.

Por eso, cuando afirmamos que no hay celebración de la violencia en una ética anarquista, Césaire acompaña: lo que se busca no es un “mejor” monopolio coercitivo, sino abolir su necesidad construyendo mundos donde la coacción no sea funcional a la supervivencia. Y por eso mismo la tesis del bumerán sigue siendo brújula: si la metrópoli ya es tratada como colonia, la alternativa no es elegir un “colonizador” más amable, sino descolonizar la vida; es decir, sacar del circuito imperial aquello que nutre su retorno. En esa apuesta, militamos por una salida post‑imperial que, fiel al espíritu de Césaire, combina lucidez y insumisión.

6. Davos y la caída de las máscaras: del humanismo de vitrina al cálculo desnudo

Si algo ha dejado claro Davos en su última edición es que la retórica humanista que durante décadas barnizó el orden occidental se deshilacha en público: las élites ya no necesitan ni pueden ocultar que la geopolítica se gobierna por la coerción económica, la fragmentación del derecho internacional y la política de alianzas ad hoc, porque lo dicen ellas mismas. El discurso de Mark Carney (ahora primer ministro de Canadá) no fue un lapsus, sino un sincericidio programático: declaró que “el viejo orden no va a volver”, diagnosticó una “ruptura” del orden basado en reglas y llamó a las “potencias medias” a reconfigurarse en coaliciones pragmáticas frente a grandes potencias que emplean aranceles, cadenas de suministro y finanzas como armas. Es la admisión de que el llamado “orden” solo funcionaba mientras fue útil a quienes podían imponerlo, y que, agotado su rendimiento, la norma es la fuerza.

Carney articuló esta “nueva realidad” apelando al gesto desenmascarador: ya no vivir “dentro de la mentira”, como escribió Havel, es decir, dejar de fingir que el universalismo liberal estructura el mundo cuando, en rigor, se ha vuelto un ritual vacío de legitimación. Esa apelación (repetida en el propio texto y transcrita del WEF, en medios canadienses y en la prensa internacional) es menos un plan de paz que la aceptación pública de una gobernanza por presión: “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, cita Carney, para justificar un realismo estratégico que llama a autonomías selectivas y coaliciones variables. En su formulación, las reglas han dejado de proteger; ahora hay que aprender a resistir la coerción, incluso la de los antiguos aliados. El reconocimiento no es menor: el derecho pierde centralidad frente a las palancas materiales del poder (suministros, tecnología, pagos, sanciones), y el mundo se reorganiza en geometrías variables de interés.

Esta franqueza (recogida también por crónicas, transcripciones y análisis posteriores) confirma la intuición cesairiana: cuando el imperialismo deja de necesitar la coartada moral, muestra su rostro administrativo sin adornos. El “bumerán imperial” que Césaire describió (las técnicas coloniales que retornan a la metrópoli) reaparece en un lenguaje que normaliza la coerción económica y la excepcionalidad permanente: si antes se llamaba “reglas”, hoy se llama “nuevo realismo”, pero el contenido es el mismo cálculo desnudo del que Césaire advirtió que acabaría descivilizando al colonizador.

No es un detalle semántico sino un cambio de régimen. El propio Carney subraya que la integración puede ser arma y que la interdependencia ya no garantiza paz, sino vulnerabilidad: aranceles como palanca, finanzas como coerción, cadenas de suministro como cuello de botella; y, en consecuencia, recomienda construir autonomías estratégicas y bloques de conveniencia. La prensa reprodujo la idea con titulares que enfatizan que “el viejo orden no vuelve” y que la “protección” de las reglas ya no opera. El eco mediático (desde el sitio del WEF, pasando por CBC/Radio‑Canada y Global News, hasta el Independent y el National Post) no discute el diagnóstico: solo debate cómo reposicionarse. Es precisamente este consenso tecnocrático lo que revela la caída de la máscara humanista.

Esta sinceridad exige organización. Porque si las potencias medias están invitadas a jugar con las mismas reglas de la coerción (solo que con menos músculo), lo que se normaliza es un tablero donde todo se vuelve instrumento: desde las sanciones a la infraestructura financiera, desde la energía a los alimentos. De ahí que el eje decrecentista no sea un lujo moral, sino un requisito de supervivencia política: reducir escala, recortar dependencias, relocalizar la reproducción material, desdolarizar prácticas cotidianas, construir soberanías energéticas y alimentarias comunitarias y federaciones sin mando que sostengan intercambios no capturables por la coerción estatal‑corporativa. Si la élite admite que el mundo se regirá por presiones materiales, la contra‑política libertaria debe desactivar esas palancas donde vivimos: menos cadena global, más tejido cercano; menos promesa de “seguridad” por arriba, más resiliencia por abajo.

Por eso Davos, leído con Césaire, no inaugura nada, confiesa. Y al confesar, legitima la gramática que ya sufrimos en las calles: controles, criminalización, gestión del miedo y administración del daño. Si “el viejo orden no vuelve”, tampoco debería volver nuestra obediencia a su léxico. El horizonte libertario es abolir la necesidad del poder mediante autonomías sostenibles y creatividad social y no competir en su terreno; abandonarlo. Y al abandonarlo, hacer caer la última máscara: la que pretende que la paz se obtiene por disuasión y no por vida organizada sin coacción.

7. Estados Unidos como laboratorio del colapso imperial: no anomalía, sino anticipo

Mirado desde la lente de Césaire, Estados Unidos no es el primer gran laboratorio donde el imperio prueba, hacia dentro, lo que ya no logra imponer hacia fuera. La frontera convertida en régimen interior; la coerción económica asumida sin rubor como gramática de la política internacional; la excepcionalidad normalizada como método de gobierno sobre poblaciones sobrantes: tres rasgos que, combinados, configuran un tipo de colonia metropolitana cuya función no es expandir el orden, sino administrar su descomposición. Lo vemos en la ampliación territorial y funcional del control migratorio, mecanismos que trasvasan al interior de la metrópoli lógicas policiales de enemigo interno y suspensión diferencial de derechos.

Ese ensayo de excepción se sostiene en la violencia burocrática: detainers que prolongan privaciones de libertad sin control judicial equivalente al penal; automatismos sobre bases de datos erróneas; y, tras años de litigio, concesiones parciales que reconocen la necesidad de revisión neutral y limitan la emisión automática, como en el acuerdo Gonzalez v. ICE. La frialdad del dato no es un tecnicismo: es el modo en que la metrópoli naturaliza detenciones administrativas y reproduce, hacia dentro, el dispositivo colonial de la arbitrariedad “legal”. A su vez, el paso al circuito penal de la movilidad (Operation Streamline) mostró cómo la eficiencia sustituye al debido proceso en audiencias en cadena, sin que exista evidencia robusta de efecto disuasorio; el resultado fue saturar juzgados y cárceles con delitos de entrada, convirtiendo la excepción en rutina judicial.

En paralelo, la confesión de Davos (“el viejo orden no vuelve”) opera como guion exterior: si las potencias admiten que la integración es arma (aranceles, finanzas, cadenas), la vida material en la metrópoli se vuelve geopolítica aplicada. Estados Unidos se prueba a sí mismo como economía‑fortaleza hacia dentro, mientras exporta coerción: sanciones, amenazas arancelarias, diplomacia punitiva. La normalización pública de esa geopolítica por parte de líderes del núcleo atlántico marca un cambio de fase: la máscara del humanismo cae y manda el cálculo. En el interior, ese cálculo se traduce en vulnerabilizar a quienes menos capacidad tienen de absorber choques: migrantes, racializados, pobres y disidentes, justo los “nativos internos” que el paradigma colonial señalaba como gobernables por excepción.

Si la colonia exterior fue laboratorio de tecnologías de control, hoy Estados Unidos es laboratorio de su retorno: lo prueban los circuitos administrativos de separación familiar (con informes oficiales que documentan retenciones de menores más allá de los límites, fallas de identificación y ausencia de sistemas integrados de reunificación) y la consolidación de zonas grises donde la ley se aplica como ritual y el daño como coste asumible. La racionalidad que Césaire denunció (el bumerán imperial que “supura” y “se filtra por todas las grietas”) deja aquí su estela: no es que la democracia “falle”, es que está diseñada para gobernar por excepción distribuida cuando la legitimidad se agota.

Entender a Estados Unidos como anticipo obliga a modificar las preguntas. No “¿cómo reformar un orden que vuelve?”, sino “¿cómo sustraer la reproducción cotidiana de la vida del circuito que lo hace rentable?”. Si la élite admite que el juego será por presiones materiales, la respuesta no puede ser competir por músculo, sino reconfigurar necesidades: energías y alimentos en común, vivienda cooperativa, cadenas cortas y confederaciones de barrio que agujereen el poder de chantaje de aranceles, créditos, tarifas y algoritmos. Es decir, llevar al terreno de lo concreto: autonomía, cuidado, escala. Porque si Estados Unidos es laboratorio del colapso imperial, entonces el contralaboratorio libertario (discreto, persistente, material) es lo único que puede desactivar la rentabilidad de su violencia.

8. ¿Escenario prebélico o guerra ya en curso? Cuando la guerra deja de declararse

Llamar “prebélico” al presente estadounidense supone imaginar una frontera nítida entre paz y guerra, cuando, en realidad, la guerra de baja intensidad se ha vuelto régimen: no necesita declaración formal ni frentes definidos; se administra, se dosifica y se tramita en expedientes, algoritmos y operativos donde la excepción se hizo costumbre. En este paisaje, la violencia burocrática opera como artillería silenciosa (detainers sin control judicial equivalente al penal, retenciones prolongadas, automatismos basados en bases de datos con errores) hasta el punto de que los tribunales han tenido que imponer salvaguardas mínimas (como la revisión neutral y pronta que emergió del caso Gonzalez v. ICE y su acuerdo de 2025 que limita la emisión automatizada de detainers), prueba de que el “tiro” administrativo no es metafórico, sino una forma sostenida de privación de libertad con sellos oficiales.

A la vez, el teatro de operaciones se expande dentro del país: la llamada zona de 100 millas alrededor de fronteras y costas (donde se reclaman atribuciones ampliadas para controles sin orden judicial en determinados supuestos) convierte vastas áreas metropolitanas en espacios grises de derechos, de modo que dos tercios de la población viven bajo una extensión de la frontera que normaliza la interpelación, el control y la detención sumaria. En términos estratégicos, es una logística de cercamiento permanente: puestos de control, abordajes en transporte público, patrullas móviles. No hay declaración de guerra, pero sí una geografía de hostigamiento cotidiana.

La misma lógica de guerra secuencial se evidencia en la gestión de familias migrantes: separaciones, custodia sin trazabilidad fiable, retenciones de menores más allá de los límites legales de celdas de tránsito, sistemas informáticos incapaces de garantizar reunificación; lo que la oficina del inspector general (OIG) documentó desde 2018 no fue un “error” puntual, sino un protocolo de daño que, aunque no se nombre guerra, produce sus efectos: desposesión, trauma, tierra arrasada de vínculos. Este tipo de prácticas son el reverso doméstico de la excepción colonial que Césaire describió: un bumerán que, cuando vuelve, “supura por todas las grietas” hasta hacer de la barbarie un procedimiento.

La dimensión político‑económica cierra el cerco: cuando desde Davos se reconoce que “el viejo orden no vuelve” y que la integración será usada como arma, lo que se anuncia es una guerra sin uniformes donde la coacción material sustituye a la legalidad como principio de orden, y donde la metrópoli internaliza los métodos de coerción antes externalizados. La paz deviene un interludio contable entre sanciones, embargos, tarifazos, cierres logísticos y “medidas de seguridad” que disciplinan tanto fuera como dentro, tal y como dejó claro el discurso de Carney al normalizar el realismo de la presión como lengua franca del sistema.

Si, como advertía Césaire, “nadie coloniza inocentemente”, entonces la administración de la vida bajo excepción distribuida no anuncia una guerra por venir; es la guerra, pero en su forma administrada: la que desarticula comunidades, racializa el riesgo, convierte la ayuda en amenaza y confunde la ley con el trámite que valida la fuerza. Operation Streamline mostró cómo ese dispositivo puede penalizar la movilidad en cadena sin evidencias sólidas de disuasión, saturando juzgados y cárceles con “delitos de entrada” y dejando que la “eficiencia” desplace al debido proceso. No hay tanques en la calle todos los días; hay filas ante la corte y audiencias masivas. No hay toque de queda oficial; hay zonas grises que operan como curfew social para ciertos cuerpos.

Nombrarlo así tiene efectos prácticos: si la guerra se ha vuelto mantenimiento, entonces la paz no puede ser una firma ni un decreto; tiene que ser infraestructura. Esto es, autonomía energética y alimentaria para retirar a las comunidades del chantaje logístico; cooperativas de vivienda y cuidados para neutralizar la economía del miedo; redes legales y observación comunitaria para encarecer políticamente cada acto de excepción; federaciones sin mando y cadenas cortas para que la coerción económica pierda agarre. Del mismo modo que la guerra contemporánea se libra en los intersticios de la vida, la no‑violencia instituyente debe habitar esos mismos intersticios hasta volver inútil la gramática de la fuerza.

En suma, la pregunta “¿estamos antes de la guerra?” pierde sentido porque lo que define el presente no es el umbral sino la administración: una continuidad de procedimientos que gestiona el daño al por menor (o no) mientras negocia la dominación al por mayor. La tarea consiste en retirar la vida de su ciclo de rentabilidad. Y eso,no se promete: se organiza.

9. Cierre: lucidez, insumisión y vida organizada

“Nadie coloniza inocentemente; nadie coloniza con impunidad.” — Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo

A la luz de Césaire, este presente no es prebélico: es una guerra administrada de baja intensidad que se libra con detainers, algoritmos, zonas grises y procedimientos que suspenden derechos según el cuerpo y el barrio. Los fallos judiciales que exigen revisión neutral y pronta de detenciones por orden de ICE, o los informes oficiales sobre separaciones familiares y retenciones irregulares de menores, no describen errores: documentan métodos. Y esos métodos no son otra cosa que el bumerán imperial del que nos advirtió Césaire, “supurando por todas las grietas” mientras convierte la excepción en norma.

El horizonte es abolir la necesidad del poder mediante autonomías sostenibles que retiren la vida del circuito de la coacción rentable: soberanías energéticas y alimentarias en común, hogares cooperativos, redes de cuidados y cajas de resistencia, asambleas federativas con mandatos revocables y límites ecológicos explícitos; en suma, instituciones libres diseñadas para no concentrar poder y para retirarse cuando ya no son necesarias. Ésta es la traducción práctica de la lucidez de Césaire: no se trata de pedir que el imperio vuelva a su mejor versión, sino de dejarlo sin objeto.

No hay mascarada humanista que sobreviva al impacto del bumerán colonial; y, sin embargo, sí hay vidas que sobreviven cuando abandonan la gramática de la excepción y se reúnen para producir felicidad sin coacción. Por eso, si damos por bueno que “Europa es moralmente indefendible” en el sentido ampliado que Césaire da a Occidente, la tarea ya no es salvar su relato, sino fabricar otros mundos con los materiales cercanos de la cooperación, el límite y el cuidado.

Este cierre no busca convencer a los conversos, sino invitar a la práctica. Si las élites han oficializado la era del cálculo (y su “nuevo realismo”), respondamos con una realidad más vieja y más nueva a la vez: la vida organizada en común, capaz de hacer obsoleta la violencia como tecnología de gobierno. Que la última palabra, entonces, sea de Césaire, pero en clave de programa: decolonizar la mente y la sociedad a la vez, porque sólo así la crítica deja de ser espejo y se vuelve camino.

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