El texto que sigue nace a partir del taller “La monogamia como eje de opresión invisibilizado: repolitizando las no monogamias”, impartido el 14 de febrero de 2026. El encuentro puso en común trabajos de compañeras de Madrid, Segovia y València, y buscó recuperar la genealogía política de las disidencias anti‑monógamas: prácticas colectivas que surgieron de experiencias de exclusión y de formas autónomas de cuidado, no de la búsqueda de nuevos estilos de vida. Para ilustrar el proceso de asimilación estatal de estas disidencias (su captura, vaciamiento y conversión en opciones liberales compatibles con el orden) utilicé la metáfora del “unicornio estatal”, que recorremos en las líneas siguientes. Este texto es, en esencia, una reflexión sobre cómo el poder digiere lo que no puede destruir, y sobre la necesidad de recuperar la politicidad perdida de las prácticas afectivas insurgentes.
Por qué un unicornio
El unicornio es la imagen perfecta para describir cómo el Estado convierte la disidencia en fantasía domesticada. A la izquierda, el “pasto”: prácticas, comunidades y experiencias que históricamente han desbordado la monogamia como régimen político. A la derecha, el excremento en forma de arcoíris: la digestión institucional de esas prácticas, convertidas en estilos de vida inofensivos, compatibles con el orden liberal. La metáfora funciona porque revela el proceso material: del conflicto al consumo, de la insubordinación afectiva a la promesa de una diversidad gestionada. El unicornio estatal no aparece para liberar nada, sino para asegurar que incluso lo que nació contra el poder pueda ser absorbido por él.
La monogamia como régimen político
La monogamia no es una opción privada; es un dispositivo histórico de gobierno. Organiza la distribución legítima de cuidados, afectos y recursos, define quién pertenece a la familia reconocida por el Estado y quién queda fuera, y articula un régimen de transmisión patrimonial, filiación y obediencia. Su fuerza proviene de su invisibilidad: se presenta como naturaleza, romanticismo o preferencia personal, cuando en realidad es una arquitectura de control que regula cuerpos, alianzas y dependencias. La pareja monógama funciona como unidad mínima del Estado moderno: estabiliza la propiedad, administra la vulnerabilidad y garantiza un orden afectivo que facilita la reproducción de jerarquías patriarcales, coloniales y económicas. Bajo su apariencia íntima opera una maquinaria política que condiciona qué formas de vida son inteligibles, válidas y gobernables.
Genealogía breve de la disidencia anti-monógama
La disidencia contra la monogamia nace en los márgenes y nace política. No surge como exploración personal ni como ampliación de opciones relacionales, sino como respuesta a la exclusión estructural generada por el régimen monógamo. Comunidades precarizadas, redes de apoyo mutuo, hogares no normativos y experiencias colectivas de supervivencia fueron articulando prácticas que escapaban al modelo de pareja estatal, no por elección estética sino por necesidad vital. En ese suelo se inscriben las tradiciones libertarias y anarquistas que vinculan la autonomía afectiva con la crítica a la propiedad, la autoridad y la reproducción social del Estado. Su apuesta no era “diversificar vínculos”, sino desmontar la arquitectura política que define quién merece cuidados y bajo qué condiciones. Esa genealogía, borrada por el discurso liberal, constituye el sustrato insurgente del que el Estado intentará apropiarse más tarde. Por tanto no hay un evolucionismo de los menos «transgresor» como lo swingger por ejemplo, hacia lo más «transgresor» como la anarquía relacional. Son cosas esencialmente diferentes.
El unicornio y su pasto: las disidencias previas a la captura
Antes de la asimilación, existía el “pasto”: un conjunto heterogéneo de prácticas y colectividades que desbordaban la monogamia sin pedir permiso ni autoidentificarse como alternativa. Algunas eran explícitamente anticapitalistas; otras simplemente vivían al margen de la forma pareja por dinámicas comunitarias, identitarias o materiales. Las unía un rasgo fundamental: la incompatibilidad estructural con las lógicas de orden, control y transparencia que exige el Estado moderno. No eran propuestas armónicas ni programáticas, sino espacios donde el conflicto, la interdependencia y la experimentación afectiva producían modos de vida difíciles de clasificar. Ese es el pasto que alimenta al unicornio estatal: vidas no gobernables que, al no poder ser destruidas, son digeridas y traducidas a categorías administrables. La metáfora subraya que antes de la captura existía una potencia colectiva (inestable, contradictoria, pero ingobernable) que señalaba otros modos de organizar la vulnerabilidad y el cuidado fuera del régimen monógamo.
La digestión estatal: de disidencias a “diversidades gestionables”
El Estado no reprime únicamente; también asimila. Cuando una disidencia no puede ser destruida, se la integra mediante procesos de simplificación, regulación y traducción normativa. Es la lógica que James C. Scott describió como la necesidad estatal de volver legible lo que es complejo, conflictivo o autónomo. Las prácticas anti-monógamas nacidas en los márgenes (inestables, impredecibles, sin centro ni vocación identitaria) resultaban ingobernables. La respuesta institucional fue convertirlas en categorías estables, en discursos psicologizantes, en estilos de vida compatibles con el marco liberal. Este proceso de digestión vacía su contenido político: donde antes había crítica a la propiedad, al patriarcado o al orden afectivo y de cuidados del Estado, ahora aparece un catálogo de opciones relacionales que pueden coexistir sin fricción con las mismas estructuras que se pretendían subvertir. El conflicto es reemplazado por la oferta; la desobediencia, por la identidad; la potencia colectiva, por la autorreforma personal.
El arcoíris del unicornio: el poliamor liberal
El producto final de esta digestión es el poliamor liberal: una forma de “diversidad afectiva” que preserva intacta la arquitectura monógama del Estado. Cambia el número de vínculos, pero no las lógicas de propiedad, transparencia y control que sostienen la pareja como unidad política. Son nuevos modelos relaiconales del sistema monógamo. Una página más en el libro de gestión estatal. Su promesa de libertad se reduce a la ampliación del consumo emocional, sin cuestionar quién distribuye cuidados, qué vidas son reconocibles o cómo se gestionan las desigualdades estructurales. Funciona de manera análoga al multiculturalismo liberal: celebra la diferencia siempre que no implique transformación material del poder. Obama podía habitar la Casa Blanca sin alterar su blanquitud estructural; del mismo modo, el poliamor puede multiplicar relaciones sin tocar el régimen monógamo que organiza legalidad, legitimidad y ciudadanía afectiva. Bajo su apariencia libertaria opera una lógica profundamente liberal: gestionar la diversidad como válvula de escape, no como amenaza para el orden. Es la cooptación perfecta de una insurgencia que nació para desbordar el Estado, no para adornarlo.
Libertario vs. liberal: la diferencia que lo explica todo
La confusión entre lo libertario y lo liberal no es accidental: es el mecanismo central de la captura estatal. El liberalismo consagra la libertad individual dentro de los límites del orden existente; es una política de la gestión, de la autorregulación, de la diversidad administrada. Su horizonte es ampliar opciones sin alterar la estructura que define qué es opción y qué no. Lo libertario, en cambio, cuestiona las bases mismas del poder: la propiedad, la autoridad, la jerarquía y la dependencia forzada. No busca diversificar la norma, sino desactivarla. Mientras el liberalismo convierte las relaciones en elecciones privadas, lo libertario entiende que la forma en que organizamos los cuidados es un problema colectivo y político. La repolitización de las no monogamias exige recuperar esta distinción: sin ella, toda disidencia corre el riesgo de convertirse en un producto más del catálogo emocional del Estado. La neutralización opera precisamente ahí: donde la insubordinación se traviste de libertad de elección.
Recuperar la politización perdida
Desenmascarar al unicornio estatal implica reconocer cómo el Estado transforma la disidencia en fantasía inofensiva. Las prácticas anti-monógamas nacieron como crítica material al régimen que organiza la vulnerabilidad y los afectos; no como experimentos estéticos ni como ampliaciones del menú relacional. Repolitizarlas hoy exige volver al conflicto que las originó: cuestionar la centralidad de la pareja, la privatización del cuidado, la dependencia legalizada y la arquitectura afectiva que sostiene la maquinaria estatal. Frente al arcoíris digerido del poliamor liberal, se trata de recuperar la potencia colectiva del pasto: modos de vida que no buscan reconocimiento, sino autonomía; que no amplían el catálogo, sino que disputan el orden que lo produce. Recordar esto es un gesto estratégico: sólo comprendiendo cómo funciona la captura podemos construir prácticas afectivas que no alimenten al unicornio, sino que lo dejen sin pasto.

Deja un comentario