¿Existe un estigma en no monogamias? En el pasado taller «La monogamia como eje de opresión. Repolitizando la disidencia no monógama» se dijo que NO existe todavía un estigma. Creo que esta afirmación merece una aclaración.
Ciertamente esta afirmación cayó incómoda, porque todas vivimos con prejuicios y desprecios desde fuera de nuestras colectivas. Además podemos llegar a ver muchas veces como algunas personas con las que nos relacionamos priorizan relaciones con personas que se presentan como «más seguras» o «que apuesta más por ti» porque prometen exclusividades. Esto huele a estigma… ¿no?
Por qué todavía no existe un estigma
La no monogamia ya es objeto de estigmatización, pero aún no puede describirse como un estigma plenamente constituido en el sentido sociológico del término. Lo que encontramos hoy son marcas, prejuicios y narrativas incipientes, pero no un dispositivo completo y estructurado. Por eso es importante el matiz: no negamos que exista rechazo, patologización o burla; solo señalamos que, por ahora, no operan de forma articulada como un mecanismo social totalizante. Estamos ante un campo de tensiones donde aparecen elementos preestigmáticos, pero no, todavía, un estigma consolidado.
Qué es un estigma
Desde una perspectiva sociológica, siguiendo la lectura que ofrece Crítica de la razón puta al analizar la putofobia, un estigma no es solo un prejuicio ni una mirada moralizante, sino un dispositivo social complejo que articula varios niveles simultáneos:
(1) Una marca moral negativa.
Se asigna a un colectivo una identificación degradada (“mala víctima”, “peligro moral”, “fallo de carácter”), que permite clasificarlo como menos valioso o menos digno. En el caso de la putofobia, esta marca asocia automáticamente trabajo sexual con suciedad, descontrol o amenaza.
(2) Una estructura institucional que fija esa marca.
El estigma se consolida cuando esa valoración negativa se vuelve parte del funcionamiento de las instituciones: legislación, políticas públicas, prácticas policiales, clasificaciones sanitarias, discursos escolares o mediáticos. Con la putofobia esto es evidente: regulación punitiva, intervenciones policiales selectivas, discursos médico-jurídicos que patologizan o infantilizan.
(3) Una narrativa experta que legitima la jerarquía.
Profesiones con autoridad simbólica (medicina, psicología, trabajo social, criminología) producen categorías que justifican la inferiorización. Lo que en el libro se denomina la “razón puta”: un conjunto de saberes que convierten un prejuicio en razón, en “diagnóstico”.
(4) Internalización y autoestigma.
Las personas del colectivo estigmatizado pueden acabar interiorizando la mirada degradante, ya sea defendiéndose permanentemente, ocultándose o reproduciendo fragmentos del discurso dominante. El daño no es solo externo: se convierte en parte de la subjetividad.
(5) Consecuencias materiales y vitales.
Un estigma se reconoce como tal cuando genera efectos concretos en la vida: pérdida de empleo o vivienda, vulnerabilidad jurídica, violencia específica, exclusión económica, restricciones de movilidad, negación de derechos. La putofobia, de nuevo, es paradigmática: la violencia institucional y social no es abstracta, sino cotidiana y sistemática.
Por eso es clave distinguir:
Un estigma solo existe cuando todos estos elementos están articulados y producen una degradación estable, estructural y material. No basta con un rechazo difuso o con estereotipos.
Por qué todavía
La razón por la que hoy no podemos hablar de un estigma consolidado sobre la no monogamia no es que falten los elementos necesarios para que tal estigma exista. De hecho, casi todos los ingredientes están ya en circulación: prejuicios moralizantes, discursos patologizantes, jerarquías afectivas, percepciones de inestabilidad y narrativas expertas que empiezan a problematizar estas prácticas. Cada vez aparecen más ejemplos que encajan con los parámetros clásicos que utilizamos para identificar un estigma.
Sin embargo, lo que no existe todavía es la articulación sistemática de esos elementos en un dispositivo social completo. Y este punto es fundamental:
no es que “no se pueda” formar un estigma, sino que aún no ha sido históricamente “necesario” para el orden social hegemónico.
Dicho de otro modo: la no monogamia todavía no constituye un peligro estructural para las instituciones que organizan la vida afectiva, económica y reproductiva. Mientras no suponga una amenaza a gran escala al orden monógamo-parejocéntrico (y aún se perciba como un estilo de vida minoritario, excéntrico o manejable) no aparece la urgencia de desarrollar un sistema de control estigmatizante plenamente operativo.
Aun así, es importante subrayar que todos los vectores preestigmáticos están presentes:
– narrativas morales degradantes,
– lecturas patologizantes incipientes,
– jerarquizaciones internas que reproducen valores dominantes,
– y efectos materiales (dificultades familiares, laborales o comunitarias).
Lo que vemos hoy es el umbral de un posible estigma: un campo en el que ya se insinúan los contornos de lo que, si el fenómeno creciera o se repolitizara más, podría convertirse en un dispositivo estigmatizante con todas sus capas.
Por eso podemos decir que no existe un estigma como tal, pero sí un paisaje preestigmático que anticipa su posible despliegue.
La estigmatización incipiente
Aunque todavía no exista un estigma plenamente constituido, sí podemos describir con precisión cómo opera la estigmatización incipiente en torno a la no monogamia. Esta estigmatización funciona en dos niveles complementarios: externo (cómo se nos mira) e interno (cómo reproducimos esa mirada desde dentro del propio campo).
De puertas hacia afuera:
En el plano externo, la no monogamia es leída desde un repertorio de atribuciones negativas que funcionan como pequeñas “marcas morales”, aunque aún no estén institucionalizadas:
- Inmadurez afectiva: se nos percibe como personas que “no han sentado la cabeza”, incapaces de compromiso o de estabilidad.
- Sexualización excesiva: el vínculo no monógamo se reduce a una supuesta obsesión con el sexo, invisibilizando la dimensión ética y relacional del modelo.
- Inseguridad personal: se interpreta la no monogamia como consecuencia de un carácter “poco seguro”, “confuso” o “inestable”.
- Identidad difusa o fallida: la práctica se patologiza mediante categorías asociadas al desorden, la irresponsabilidad o la incapacidad para sostener vínculos “reales”.
Estas percepciones no son equivalentes a un estigma consolidado, pero constituyen el imaginario social que prepara su terreno. Son los prejuicios que, si fueran articulados estructuralmente por instituciones, profesionales y discursos expertos, podrían convertirse en un dispositivo estigmatizante pleno.
De puertas hacia dentro:
La estigmatización no solo llega desde fuera. Dentro de los propios espacios no monógamos se observan dinámicas que reproducen la jerarquía monógama-parejocéntrica y que refuerzan, de manera incipiente, los mismos valores que nos degradan externamente.
- Jerarquización interna del valor de los vínculos: se otorga mayor legitimidad, reconocimiento o centralidad a las relaciones que incluyen sexo y/o romance, relegando a un segundo plano relaciones no sexuales, afectos queerplatónicos o vínculos no jerarquizados.
- Validación social diferencial: en muchos grupos, quien tiene “una relación de verdad” sigue siendo leído como más estable, más deseable o más “hecho”, mientras quien mantiene vínculos menos normativos queda en los márgenes simbólicos.
- Performatividad del vínculo: aparece la necesidad de demostrar que se mantienen relaciones “válidas”, lo que reproduce la presión normativa de mostrar pareja estable para ser reconocido socialmente.
- Autoestigmatización sutil: interiorizamos el discurso de que ciertos modos de relación son “menos serios”, “menos legítimos” o “menos respetables”, y adaptamos nuestras prácticas para evitar esa mirada degradante.
Estas dinámicas internas no constituyen un estigma, pero sí estructuran el campo afectivo en formas que anticipan cómo podría cristalizar un estigma en el futuro. La estigmatización incipiente opera así como un laboratorio emocional: reproduce los valores del orden dominante a pequeña escala, sin necesidad de instituciones que lo impongan.
Conclusión
Es fundamental subrayar que un estigma es algo mucho más complejo que un conjunto de prejuicios o una estigmatización dispersa. Los prejuicios pueden generar malestar, exclusión puntual o incomprensión, pero no son suficientes para hablar de estigma. Un estigma, como hemos visto, requiere una articulación estructural: instituciones que fijan la marca, discursos expertos que la validan, internalización sostenida y consecuencias materiales que afectan a la vida cotidiana de las personas estigmatizadas.
Aceptar que todavía no existe un estigma de la no monogamia no es una forma de optimismo ni un intento de minimizar el rechazo que ya experimentamos. Más bien al contrario: es una forma de precisión política. Nos permite nombrar con claridad el tipo de violencia simbólica que enfrentamos hoy y, a la vez, reconocer que todos los elementos preestigmáticos están ya presentes y podrían ensamblarse en un futuro si la no monogamia llegara a percibirse como una amenaza estructural al orden monógamo.
Este matiz es clave:
- Decir que hoy no hay un estigma no significa que “no vaya a haberlo”.
- Significa que aún no ha cristalizado en un dispositivo totalizante, pero sí se están acumulando las condiciones para que pueda hacerlo.
Reconocer esta diferencia es una herramienta para leer el presente y anticipar posibles formas de regulación, patologización o control. Nos permite afrontar la estigmatización incipiente sin sobredimensionarla, pero también sin ingenuidad: un estigma puede aparecer cuando el sistema lo necesite. Y la historia de otros colectivos muestra que, cuando surge, lo hace apoyándose en prejuicios que parecían “inofensivos” o “socialmente tolerables”.
Por eso es importante insistir:
no hay un estigma todavía, pero sí un paisaje preestigmático que ya define cómo se nos mira, cómo nos miramos y qué tensiones anticipan el tipo de control que podría desplegarse sobre nuestras vidas afectivas. Nombrarlo con rigor es el primer paso para resistirlo antes de que se complete.
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