Estatismo y anarquía puede leerse retrospectivamente como un texto axial para la genealogía de la antropología anarquista: no porque Bakunin practique etnografía en sentido disciplinar, sino porque formula una teoría histórico-comparativa del Estado como forma específica de dominación, exterior a la vida social autoorganizada y sostenida por burocracia, ejército, fiscalidad, representación política y minorías “sabias”. Su tesis central es que el Estado moderno (incluso bajo formas democráticas, republicanas o socialistas) no expresa al pueblo, sino que lo administra “de arriba abajo” mediante una minoría dirigente; por ello, la emancipación sólo puede consistir en la organización libre “de abajo a arriba” mediante asociaciones, comunas, federaciones y la abolición del poder estatal.

Desde esta perspectiva, Bakunin anticipa uno de los problemas fundacionales del canon antropológico anarquista posterior: la distinción entre sociedad, poder y Estado. En Pierre Clastres, la cuestión reaparecerá como crítica al evolucionismo político: las sociedades llamadas “primitivas” no serían sociedades “sin Estado” por carencia, sino sociedades “contra el Estado”, dotadas de mecanismos activos para impedir la autonomización del mando. Bakunin, aunque escribe desde el horizonte revolucionario europeo del siglo XIX y no desde la etnología amerindia, ya opone la potencia social de comunas, campesinados, asociaciones obreras y federaciones libres a la máquina estatal centralizada, militar y conquistadora. Su análisis de los pueblos eslavos como históricamente comunales, agrícolas, federativos y poco estatistas constituye, con todos sus límites romántico-etnológicos, una proto-antropología política de las formas sociales resistentes a la estatalización.

La afinidad con Clastres se percibe especialmente en la idea de que el Estado no nace como simple instrumento técnico de coordinación, sino como separación, expropiación y monopolización de la decisión colectiva. Bakunin insiste en que todo Estado implica dominación, violencia y una minoría que gobierna al pueblo en nombre del pueblo; Clastres radicaliza esta intuición al mostrar que la política no se agota en el Estado y que existen sociedades que organizan el poder precisamente para impedir que se convierta en coerción separada. En ambos casos, la antropología anarquista no busca una “ausencia” de política, sino una política no estatal: dispersa, comunal, federativa, ritualizada o socialmente contenida.

La relación con James C. Scott es igualmente fecunda. Scott ha mostrado cómo las poblaciones campesinas, montañesas, fronterizas o periféricas han desplegado históricamente estrategias de evasión, ilegibilidad y fuga frente a la fiscalidad, el reclutamiento, el trabajo forzado y la administración centralizada. Bakunin formula una intuición paralela al describir el Estado moderno como aparato militar, policial, burocrático y fiscal que necesita centralizar para explotar el trabajo y convertir a los pueblos en gobernables. Su elogio de la insurrección popular, de la autonomía comunal española e italiana, de la federación local y de la organización social al margen de parlamentos y gobiernos conecta con el núcleo scottiano: la historia política no debe escribirse sólo desde los centros estatales, sino desde las prácticas de resistencia, retirada, opacidad y autogobierno de quienes rehúsan ser incorporados plenamente a la maquinaria estatal.

Con David Graeber, la relación es todavía más directa en términos de canon anarquista contemporáneo. Graeber recupera la posibilidad de una antropología orientada por la imaginación política libertaria: atención a la ayuda mutua, a la democracia directa, a las formas no jerárquicas de organización, a la crítica de la deuda, de la burocracia y de las abstracciones soberanas. Bakunin aparece aquí como antecedente mayor de una crítica de la representación: la democracia parlamentaria no elimina la dominación, sino que puede perfeccionarla al convertir la voluntad popular en ficción legitimadora de una minoría intelectual, burocrática o burguesa. Graeber traduce esta sospecha a una antropología de las prácticas: allí donde Bakunin llama a federar comunas y asociaciones obreras, Graeber observa asambleas, movimientos horizontales, economías morales y formas cotidianas de cooperación que desmienten la necesidad antropológica del Estado.

El punto más potente del texto es su crítica simultánea del estatismo burgués y del estatismo socialista. Bakunin no sólo combate la monarquía, el liberalismo o el nacionalismo; también denuncia el “Estado popular” marxista como una nueva prisión para el proletariado, administrada por una minoría de socialistas científicos, dirigentes de partido o intelectuales revolucionarios. Esta crítica resulta decisiva para la antropología anarquista porque desplaza el problema desde la titularidad del poder hacia su forma: no basta con preguntar quién gobierna (burguesía, proletariado, partido, nación) sino qué tipo de relación social produce el gobierno. En ese sentido, Bakunin inaugura una sensibilidad que Clastres, Scott y Graeber desarrollarán de maneras distintas: la sospecha ante toda autonomización institucional del mando.

Sin embargo, el texto también muestra sus límites. Su lectura de pueblos “eslavos”, “germánicos”, “latinos” o “nacionales” conserva rasgos esencialistas propios del siglo XIX; su confianza en ciertas disposiciones históricas o temperamentales de los pueblos debe ser sometida a crítica desde una antropología contemporánea antiesencialista. Aun así, esas generalizaciones conviven con una intuición más duradera: las formas políticas no son universales ni lineales; la centralización estatal no es destino necesario; y las sociedades pueden producir orden, solidaridad y coordinación sin soberanía separada.

En conclusión, Estatismo y anarquía puede situarse como un pretexto fundador de la antropología anarquista. Bakunin proporciona la matriz normativa y polémica: antiestatismo, federalismo, comunalismo, internacionalismo proletario, crítica de la representación y desconfianza hacia las vanguardias. Clastres aportará la demostración etnológica de sociedades contra el Estado; Scott, la historia comparada de las fugas y resistencias a la legibilidad estatal; Graeber, la reapertura antropológica de la imaginación libertaria. Leído desde ese canon, Bakunin no es sólo un clásico del anarquismo político: es uno de los primeros teóricos modernos de la exterioridad social frente al Estado.

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